Los sucesos ocurridos en Venezuela la madrugada del 3 de enero del presente año abrieron y cerraron muchas puertas en la política latinoamericana y a nivel mundial. La detención de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, y su esposa, Cilia Flores, dirigente política de izquierda con mucho arraigo en la lucha armada en los años 60, libera a Venezuela de uno de los peores neodictadores que utilizó la Constitución y las leyes para poner al país al servicio de sus intereses personales y económicos, en detrimento del bienestar de la nación.

El presidente Maduro representaba a una corporación conformada por militares, jueces, diputados, ministros y funcionarios que obedecía a los postulados de la «revolución bolivariana», cuyo norte no era el desarrollo del país, sino el enriquecimiento de quienes manejaban el poder. Para todos en el mundo es conocido que cometieron fraude electoral, persiguieron y encarcelaron a quienes se les oponían, torturaron y asesinaron a dirigentes medios y altos; muchos se fueron al exilio forzado, y no solo políticos, sino también profesionales, empresarios, artistas y ciudadanos comunes que huyeron de la represión, la hambruna y la miseria general.
En Venezuela se instaló un presidente provisional, siguiendo el orden constitucional, pero tutelado por el gobierno de Estados Unidos. No hay una invasión militar como tal, pero sí hay un cerco naval y aéreo que refleja quién realmente gobierna. Se han comenzado reformas legislativas aceleradas para permitir la inversión petrolera extranjera y el control de los recursos que se obtengan. Se viene liberando a los presos políticos, proceso que ha sido lento y que se atribuye al mal estado de salud de los detenidos.
En Venezuela hay mucha alegría por lo sucedido; agradecen a Estados Unidos su papel determinante, aunque no lo expresan porque el aparato represivo está intacto y siguen vigentes leyes que castigan el apoyo a EE. UU. y a Trump, así como la crítica al gobierno o a sus funcionarios, que se cataloga como incitación al odio y traición a la patria. Es común en Venezuela que la policía revise los teléfonos móviles de las personas buscando algo que las comprometa para arrestarlas o extorsionarlas, pero en la medida en que avancen los cambios y reformas con el apoyo de Washington, se verá el apoyo masivo de la población al gobierno norteamericano.

Hay que destacar la crítica de muchos gobiernos a la acción norteamericana, a la que tildan de «violación a la soberanía», siendo que la misma estaba siendo violada por el gobierno de Maduro. Esto nos lleva a reflexionar sobre el papel ya agotado de la OEA y de las Naciones Unidas, organismos limitados o superados para responder a las nuevas caras del fascismo.
Quiero cerrar este artículo refiriéndome al presidente Trump. Quizás no comparta sus políticas económicas, su estilo de gobernar, su vida privada ni sus excesos, pero es un hombre práctico y decidido: hace lo que dice, toma decisiones y se hace responsable de las mismas. Enfrenta un futuro político incierto; vienen las elecciones legislativas y los demócratas se vislumbran como ganadores, pero Estados Unidos es un imperio político y militar que ha tomado el control de su hemisferio.


