Beber alcohol durante el embarazo podría dejar una huella permanente en el cerebro de los hijos y aumentar su vulnerabilidad al consumo problemático de alcohol en la adultez, según un estudio de 20 años realizado con monos rhesus. La investigación, desarrollada por científicos de la Universidad de Wisconsin-Madison y publicada en la revista JNeurosci, muestra que la exposición prenatal al alcohol altera el sistema de dopamina en las crías, un circuito clave para el placer y la recompensa.
En el experimento, monas rhesus preñadas consumieron cantidades moderadas de alcohol, fueron sometidas a estrés leve o a la combinación de ambos factores, con el objetivo de simular condiciones frecuentes en embarazos humanos. Cuando las crías alcanzaron la edad adulta, los investigadores evaluaron tanto el funcionamiento de su sistema dopaminérgico como la forma en que consumían alcohol, y observaron que los animales expuestos al alcohol antes de nacer bebían más rápido que los no expuestos.
El estudio concluye que la exposición prenatal al alcohol y al estrés modifica de manera duradera los circuitos cerebrales relacionados con la motivación y el refuerzo, lo que podría facilitar el paso de un consumo social a un trastorno por consumo de alcohol en la vida adulta. Los autores sostienen que estos resultados, obtenidos en primates no humanos, son especialmente relevantes porque el modelo usado imita de forma muy cercana el desarrollo cerebral y las condiciones de vida de los seres humanos.
Este trabajo se suma a otras investigaciones que han evidenciado que la exposición al alcohol en el embarazo puede reducir neuronas en estructuras como el hipocampo y provocar alteraciones permanentes en la memoria, el aprendizaje y la conducta, bases del llamado espectro de trastornos por alcohol fetal. Por ello, especialistas insisten en que no existe un nivel “seguro” de consumo de alcohol durante la gestación y recomiendan abstinencia total para proteger el desarrollo neurológico del feto.
