Un nuevo humanoide llamado Moya, presentado por la empresa china DroidUp, está siendo descrito como el primer robot de inteligencia artificial totalmente biomimético del mundo, cuyo realismo extremo lo ha situado justo en el borde del llamado “valle inquietante”.
Moya combina un cuerpo que camina con una precisión cercana al 92% respecto al movimiento humano, una cabeza con 25 actuadores faciales y un sistema de IA que le permite mantener contacto visual, sonreír, guiñar el ojo y replicar microexpresiones que imitan las emociones humanas. Durante su presentación en Shanghái, varios asistentes describieron la experiencia de interactuar con el robot como fascinante, pero también incómoda y perturbadora, precisamente por lo poco que se diferencia de una persona real.
El robot cuenta con músculos artificiales y una estructura que imita la forma en que los humanos se mueven, incluyendo el balanceo natural de los brazos y el ajuste de la postura al caminar. Además, su sistema de visión por computadora le permite reconocer rostros, seguir el movimiento de los ojos de su interlocutor y anticipar gestos, como sonreír o parpadear, con una anticipación de apenas unos milisegundos, lo que refuerza la sensación de que “entiende” lo que está ocurriendo.
DroidUp explica que Moya está pensado como un robot modular, cuya apariencia externa puede personalizarse sin cambiar su estructura mecánica, con posibles usos en atención al cliente, salud, terapia o educación. Sin embargo, su nivel de realismo ha reavivado el debate sobre los límites éticos de la robótica biomimética y sobre cómo los humanos reaccionamos cuando un robot se acerca demasiado a parecer uno de nosotros.
Expertos en robótica y psicología recuerdan que el “valle inquietante” describe esa zona de incomodidad que sentimos cuando un artefacto se parece casi por completo a un humano, pero aún se percibe como “no del todo real”. Moya, al situarse justo en ese límite, obliga a pensar en qué tan cerca queremos que los robots se parezcan a las personas y qué implicaciones tiene que un ser artificial pueda imitar, incluso anticipar, nuestras emociones y gestos más íntimos.
