La voz es una de las señas de identidad más personales del ser humano. Permite reconocer a una persona incluso antes de verla, transmite emociones y refleja transformaciones físicas y mentales. Aunque suele darse por sentada, la voz evoluciona a lo largo de toda la vida, desde el llanto del recién nacido hasta los cambios propios de la vejez, según explican la foniatría y la neurociencia.
En los primeros años de vida, la voz cumple una función básicamente refleja. El llanto del bebé, controlado por el tronco cerebral, actúa como mecanismo de supervivencia. En esta etapa, las cuerdas vocales son cortas y muy flexibles, lo que genera sonidos agudos y poco modulados. Con el crecimiento, el cerebro comienza a coordinar la respiración, la laringe y las cavidades de resonancia, permitiendo el desarrollo del habla y la imitación vocal, clave para el aprendizaje del lenguaje.
Durante la infancia y la preadolescencia, aproximadamente entre los 6 y 10 años, la voz gana control, claridad y resistencia. El aparato fonador crece de manera progresiva y sin cambios bruscos, por lo que las voces de niños y niñas resultan muy similares en tono y timbre. Especialistas señalan que actividades como el canto o el teatro pueden favorecer la coordinación vocal, siempre que se eviten esfuerzos excesivos.
El cambio más notable se produce con la pubertad. La influencia hormonal, especialmente de la testosterona, provoca un crecimiento significativo de la laringe, sobre todo en los varones. Las cuerdas vocales se alargan y engrosan, generando un descenso del tono y la conocida “voz quebrada”, una fase transitoria de inestabilidad vocal. En las mujeres, el cambio también ocurre, aunque de forma más sutil.
En la edad adulta, la voz alcanza su mayor estabilidad. El control neuromuscular es óptimo y el timbre se vuelve más rico en matices, reflejando personalidad, emociones y estado de salud. Factores como el uso profesional de la voz, el tabaquismo, el estrés o la hidratación influyen directamente en su calidad, motivo por el cual locutores, docentes y cantantes prestan especial atención a su cuidado.
Con el paso del tiempo aparece la presbifonía, el envejecimiento natural de la voz. Los músculos laríngeos pierden fuerza, las cuerdas vocales se adelgazan y la respiración se vuelve menos eficiente, lo que puede derivar en una voz más débil o ronca. De forma particular, las voces masculinas tienden a agudizarse y las femeninas a volverse más graves, reduciendo la diferencia entre sexos en edades avanzadas.
Especialistas coinciden en que la voz es un reflejo del cuerpo y del cerebro. Alteraciones neurológicas, hormonales o emocionales pueden manifestarse en la voz incluso antes de que aparezcan otros síntomas. La ciencia respalda así una idea conocida desde antiguo: la voz narra la historia vital de cada persona, aun cuando no seamos plenamente conscientes de ello.
