Existen situaciones increíblemente comprometedoras, sobre todo en lo referente a la responsabilidad contigo mismo, puesto que una lleva a la otra y no se presta a una ecuación despejada ni a un resultado simplificado de una operación lineal. Aun así, para ajustar realidades inconclusas, en matemáticas hay orden. Si lo cambias, no altera el producto. En la vida real, cuando hay un problema —bien sea en el trabajo, la familia, la pareja o la amistad—, la forma de afrontarlo, asumiendo el hecho por sí mismo, dependerá de si habrá solución o no.
Cualquier percance en la cotidianidad es innato al vivir. Por ejemplo: si estás preparado como arquero de fútbol ante cualquier disparo del jugador contrario y manejas recursos suficientes, podrás atajar ese tiro. Pero, aun sin atrapar el balón, tras de ti hay una red que le pondrá freno. Así ocurre con un problema sin resolver: debemos racionalizarlo desde diferentes perspectivas para que no se escape de nuestras manos si a la primera no lo resolvemos.
Por esto, inserto lo que a mi parecer es secuencia y decisión consciente:
DEBES → presión externa, norma u obligación →
QUIERES → motivación interna, deseo consciente →
TIENES → reconocimiento de recursos, responsabilidades o realidad →
PUEDES → percepción de capacidad y decisión de actuar.
Esta secuencia, según cómo se asuma, determinará lo sencillo o difícil que pueda resultar. No hay que pensar en lo imposible para su solución. De lo contrario, es posible caer en una vorágine que va desde la ansiedad, los ataques de pánico y la depresión, hasta la suma de todo ello, pudiendo llevar a la autodestrucción. En palabras más sencillas: pasar de “debo” a “quiero”, a “tengo” y a “puedo” mejora la motivación, reduce la resistencia interna y fortalece el sentido de autonomía. Es clave en el lenguaje motivacional y terapéutico.
A veces la ayuda no comienza con la palabra correcta ni con una solución inmediata. Comienza con la capacidad de observar distinto. Hay señales que no gritan: cambios de ánimo, silencios prolongados, aislamiento, respuestas evasivas, cansancio que no se explica. No siempre quien necesita ayuda sabe pedirla ni tiene claridad para hacerlo. Por eso, estar atentos no es invadir; es acompañar. No es resolver; es permanecer. Escuchar sin juzgar, preguntar sin presión y ofrecer presencia puede marcar la diferencia antes de que la desesperación cruce un punto del que ya no se vuelve con facilidad.
Conviene tener en cuenta que, al ver a una persona en una situación compleja donde pueda autolesionarse, es necesario reconocer un grito de silencio. Pedir ayuda o luchar para salir de ese peligro inminente es la opción. El estado de necesidad se mide de acuerdo con los recursos con que se cuenta, y la desesperación es mala consejera en cualquier fase del problema. Incluso el estado anímico y la emoción que afecten son determinantes.
En tal caso, lo primero es asumir que hay un problema y, en consecuencia, aceptarlo, reconociendo su existencia. Este proceso debe darse al interior del ser, de manera consciente. De no ser real, cualquier acción se diluye en el tiempo. Una vez aceptada y reconocida la contrariedad, comienza la ayuda a ese ser que lo necesita. Preguntar sin miedo se vuelve esencial.
¿Por qué DEBES?
Porque es la solución: ya lo aceptaste y lo reconociste. En lo exterior, tu vida parece ponerse al revés. Por ello, adquirir el compromiso es vital para avanzar en los siguientes pasos.
¿Por qué QUIERES?
Porque es el único camino posible: llenar todo el cuerpo, desde lo más íntimo, de una sensación real y justa para solucionar lo que afecta, utilizando todos los recursos disponibles, sin desperdiciar ninguno.
¿Por qué TIENES?
Porque hacerlo es la obligación asumida contigo mismo, con todas las fuerzas, sin distracciones, especialmente de quienes intenten desviar con comentarios adversos. Aquí no hay retroceso ni evasión: es necesario colocar el pecho sin sumisión, convirtiendo la energía del ser —incluso las reservas— en impulso para el cometido.

¿Por qué PUEDES?
Porque se actúa con la convicción de lograrlo, aceptando toda ayuda necesaria, apartando sin complejos aquello que se interponga a los fines y propósitos, y visualizando cada etapa superada a corto, mediano y largo plazo hasta la solución total del problema.
Este procedimiento va unido a un factor determinante: el tiempo. De él depende su durabilidad para no caer nuevamente en el círculo del que se decidió salir. No se trata de obligar los pasos, sino de darles plazos y metas que permitan visualizar resultados.
Este proceso está avalado por mi propia experiencia personal en una etapa de mi vida que dejó múltiples enseñanzas. Una de ellas es no juzgar a ninguna persona, sea cual sea su condición humana. Más bien, corresponde reflexionar sobre lo sucedido: seguramente estuvo en una condición tan vulnerable que perdió el control de su vida sin encontrar a alguien cercano que le tendiera una mano.
Todo esto implica un riesgo: llegar a un punto de no retorno que afecte tanto que no permita avanzar. Es allí donde entra la ayuda profesional, según el nivel de complejidad existente. Menospreciar esto es un grave error; confiar en los profesionales de la salud mental es fundamental.
Muchos se preguntan quién, cerca de ellos, estará atravesando un proceso así. Y ocurre con frecuencia: nadie lo sabe. Incluso la familia o las amistades lo ignoran, suponiendo que todo está bien. Como reza el dicho, “la procesión se lleva por dentro”.
En todo entorno hay alguien enfrentando problemas complejos, y todo dependerá del estado físico y emocional de quien quiera asumir una actitud resolutiva, aceptando las ayudas necesarias.
Finalmente, es importante comprender que no hay debilidad en reconocer aquello que afecta profundamente. Por el contrario, se sale fortalecido y con mayor ánimo de vivir. La premisa es clara: superar este conflicto interno fortalece para el futuro, genera expectativas positivas, engrandece como ser humano y contribuye a la felicidad propia y de la familia.
Un fraterno abrazo a todos.
Corrector de estilo: Licenciada Milenka Mancilla Velásquez

