En la vida política de un país, los hechos son los que terminan contando la historia contemporánea de su existencia. El juicio final, como casi siempre, lo dicta la memoria, porque en el corto plazo nadie sabe con certeza qué fue acierto y qué fue desastre. Sin embargo, hay señales que no requieren décadas para entenderse: la afectación inmediata, el deterioro institucional y, en ocasiones, el espectáculo público de ver cómo la moral política pasa a mejor vida… sin ceremonia y casi sin dolientes.
Desde el punto de vista de los récords, existe un personaje insigne cuya vida ha estado dedicada a acumular logros en el fútbol internacional. Su disciplina y constancia lo han llevado a convertirse en un referente casi imposible de ignorar para las generaciones actuales y seguramente también para las futuras. Hablo, por supuesto, de Cristiano Ronaldo, el astro portugués que parece haber decidido que, si se trata de romper marcas, lo mejor es no dejar categoría sin intentar.
Pero, aunque resulte difícil de creer —y más difícil aún de explicar con seriedad—, este extraordinario futbolista aparentemente ha puesto sus ojos en un nuevo desafío: la política peruana. Según mis muy bien informadas y absolutamente irreprochables fuentes, Ronaldo estaría interesado en romper un récord que ningún otro país ha logrado institucionalizar con tanto entusiasmo: llegar a la presidencia… solo para ser destituido poco después y así ingresar al exclusivo club de mandatarios removidos del poder ejecutivo.
Revisemos brevemente las marcas de Cristiano en los últimos 15 años:
Máximo anotador mundial con 550 goles en partidos oficiales; máximo goleador internacional masculino de la historia; máximo goleador histórico (140) y en una sola temporada; máximo goleador histórico en Eurocopa (14 goles) y único jugador en disputar seis ediciones; único jugador en marcar más de 100 goles con tres clubes distintos (Real Madrid, Juventus, Manchester United) y con su selección; longevidad goleadora: único jugador en marcar 40+ goles en 13 años naturales distintos (club y selección); primer jugador en marcar en cinco Mundiales consecutivos (2006-2022); récord histórico con más de 442 goles anotados después de cumplir 30 años.
Ahora vea el récord del Perú:
Nueve presidentes en los últimos quince años, cuando normalmente serían solo tres, ya que el período normal establecido en su Constitución es un quinquenio.
Ollanta Humala 2011-2016
Pedro Pablo Kuczynski 2016-2018
Martín Vizcarra 2018-2020
Manuel Merino 2020 (5 días)
Francisco Sagasti 2020-2021
Pedro Castillo 2021-2022
Dina Boluarte 2022-2025
José Jeri 2025-2026
José María Balcázar 2026 (actual)
Es necesario recurrir al sarcasmo para escribir estas líneas, porque, de otro modo, resultaría difícil explicar lo que ocurre sin caer en el desaliento. Da la impresión de que buena parte de la clase política peruana no alcanza a dimensionar lo peligroso de esta forma de actuar. Con una tranquilidad casi pedagógica repiten que la economía está estable, como si eso fuera prueba suficiente de que todo está bajo control.
El razonamiento parece ser el siguiente: si se le entrega una hojilla a un mono y todavía no ha cortado a nadie, entonces el objeto no es peligroso. Bajo esa lógica, el riesgo bien vale la pena. Total, mientras la sangre no aparezca en el piso, el experimento puede continuar.
El problema es que cuando las sociedades pagan el precio de esa ligereza, no lo hacen por un día ni por una semana. Lo pagan durante años, a veces durante décadas. La historia está llena de ejemplos donde la inestabilidad política terminó arrastrando a la economía hacia el suelo.
Y si alguien piensa que se trata de una exageración retórica, basta mirar alrededor. No hace falta viajar demasiado lejos para encontrar países donde la política decidió jugar con fuego… y terminó incendiando toda la casa. Venezuela es, quizá, el recordatorio más cercano de lo que ocurre cuando la irresponsabilidad institucional se convierte en costumbre.
Quizá por eso el verdadero récord que el Perú debería proponerse romper no es el de acumular presidentes destituidos, sino el de recuperar algo mucho más escaso y valioso: la responsabilidad política. Porque los países no se destruyen de un día para otro, se desgastan lentamente cuando la frivolidad sustituye al sentido de Estado y cuando quienes toman decisiones olvidan que detrás de cada crisis institucional hay millones de ciudadanos que no pueden cambiar de país como se cambia de camiseta. Y cuando finalmente la factura llega —porque siempre llega— ya no se trata de sarcasmo ni de estadísticas curiosas, sino del futuro de toda una nación.
Un fraterno abrazo a todos
Corrector de estilo: Licenciada Milenka Mancilla Velásquez.

