Por: Economista Silvia Aular Soto / Analista del sector energético

Volumen por encima de todo
La nueva fase petrolera en Venezuela plantea un dilema que va más allá de lo económico: ¿será una oportunidad de oro para reconstruir el país o la antesala de la destrucción del valor de su crudo?
Con miras a maximizar el control y el flujo de recursos por actores estratégicos, y reviviendo una doctrina que Estados Unidos había mantenido en reserva durante años, Venezuela se enfrenta a un escenario donde cada decisión sobre el petróleo tiene implicaciones profundas para su soberanía, su economía y su posición en la política energética regional y mundial.
Donald Trump, durante su conferencia con los presidentes de las compañías petroleras más poderosas del planeta (Chevron, ConocoPhillips, ExxonMobil, ENI, Repsol, Shell, entre otras), dejó claro que la prioridad será la rentabilidad inmediata. La lógica es simple: extraer mucho y rápido, incluso si esto implica presionar a la baja los precios globales del crudo.
La señal Trump: fósil sobre transición
Trump no oculta su estrategia. Su lema de campaña, “drill, baby, drill”, resuena hoy como guía de acción política y económica: prioridad absoluta al petróleo, rechazo explícito a nuevas inversiones en energías renovables y enfoque en el crudo venezolano como fuente inmediata de flujo de caja.
Esto choca con la tendencia global: muchos países avanzan en la transición energética, diversificando matrices y estableciendo estándares de eficiencia y responsabilidad ambiental, áreas que la industria fósil tradicional dejó de lado durante años, generando externalidades y pasivos ambientales. La estrategia de extracción acelerada podría ignorar esta nueva era, privilegiando el flujo y el control sobre la sostenibilidad y el desarrollo a largo plazo.
En este contexto, Venezuela no actuará como un agente completamente soberano que decide su propia transición energética, sino que se incorporará como proveedor intensivo de crudo. Estas declaraciones forman parte de una narrativa política donde el manejo del petróleo venezolano tendrá un papel central en la política regional y global. La extracción de grandes volúmenes de manera agresiva podría generar presión a la baja sobre los precios del crudo, afectando a economías que dependen de sus ingresos petroleros y que se verían vulnerables frente a caídas de precios.
Algunos analistas minimizan la relevancia de Venezuela, argumentando que no representa ni el 1 % de la producción mundial, y tienen razón… por ahora. Sin embargo, los volúmenes propuestos por Trump —gestionados de forma directa por empresas y la administración estadounidense— podrían convertirse en un factor disruptor en el mercado petrolero global a mediano plazo, afectando precios, oferta y equilibrios de poder. Trump también sugirió que, con las vastas reservas venezolanas combinadas con las de Estados Unidos, el país podría consolidar una base de recursos petroleros significativa, reforzando su influencia energética mundial.
Sistema petrolero global y tensiones regionales
La estrategia impactará también a la OPEP y a otros productores, que podrían verse forzados a ajustar su producción frente a dilemas de coordinación y posibles conflictos. El crudo venezolano dejará de ser solo un activo nacional para convertirse en una herramienta de consolidación de influencia regional, mientras el control estratégico sobre los recursos se ve afectado.
Volumen sobre valor: riesgo y oportunidad histórica
La pregunta puede ser incómoda, pero es inevitable: ¿se extrae crudo para ayudar a desarrollar Venezuela y fortalecer una doctrina que prioriza el control de recursos en la región y el acceso a rentabilidad inmediata, o para limitar el acceso de potencias rivales y afectar sus posiciones geopolíticas? La respuesta condicionará no solo la economía del país, sino su capacidad de desarrollarse, así como la sostenibilidad ambiental y social, tan necesaria y merecida para las próximas décadas.
La estrategia de volumen sobre valor revela cómo los recursos estratégicos se usan como instrumentos de poder, y el país productor corre el riesgo de quedarse con los costos, mientras los beneficios se concentran en quienes dominan los recursos.
Para los venezolanos, este momento también puede verse como una oportunidad histórica. Las condiciones actuales son críticas, pero la posibilidad de construir el país que nos enseñaban los catedráticos en las universidades —con economías productivas, emprendimiento y desarrollo sostenible— está más que latente. Tras décadas de retrocesos, es hora de replantear nuestro legado petrolero y nuestra historia económica, aprendiendo de nuevo a explotar y administrar los recursos con visión propia. Ojalá la administración estadounidense permita que Venezuela deje de ver su patrimonio nacional como el “excremento del diablo” y lo reconozca como un regalo que los dioses nos dejaron, digno de cuidado y gestión estratégica, para impulsar el futuro del país, en procura de un desarrollo igualitario y estable que consolide un gobierno democrático.

