El “extraño hábito” del que hablan los expertos no es un gesto raro ni una manía aislada, sino un conjunto de conductas de autosabotaje y autolesión leves —como procrastinar, evitar una conversación difícil, hablarte con dureza o incluso hacerte pequeños daños físicos— que perjudican tu bienestar, pero que tu cerebro utiliza como una estrategia de supervivencia para sentir que controla la amenaza. Aunque parecen irracionales, estas conductas responden a un mismo mecanismo: prefieres un daño conocido y predecible antes que exponerte a un daño mayor, incierto e incontrolable.
El psicólogo clínico Charlie Heriot Maitland explica que el cerebro prioriza la supervivencia por encima de la felicidad, y por eso valora más la previsibilidad que el bienestar inmediato. Desde esa lógica, el sistema de alarma acepta “microdaños” que entiende y anticipa (postergar, autosabotearte, castigarte) para evitar algo que percibe como potencialmente más devastador, como el rechazo, el fracaso o la humillación pública.
Ante una amenaza vaga (“¿y si fallo?”, “¿y si se ríen de mí?”), el cerebro detesta la incertidumbre y busca recuperar el control a cualquier precio. Así, boicotear una oportunidad, no presentarse, llegar tarde o no prepararse bien se convierten en formas de decidir tú mismo cómo y cuándo “caer”, en lugar de esperar el golpe desde fuera.
Qué formas toma este autosabotaje
Entre las conductas más frecuentes que señala Heriot Maitland están:
• Procrastinar tareas importantes, sobre todo aquellas que implican evaluación externa (exámenes, proyectos, entrevistas).
• Evitar personas o situaciones que activan miedo al juicio, al conflicto o al rechazo.
• Ser extremadamente autocrítico, hablarte con dureza o ridiculizar tus propios logros antes de que lo haga otro.
• Rifarte “microdaños” físicos o conductas de riesgo leve (por ejemplo, ignorar el descanso, comer o beber de forma compulsiva) para aliviar tensión a corto plazo.
En todos los casos, la persona siente que pierde algo (tiempo, salud, oportunidades), pero a la vez experimenta un cierto alivio inmediato: se posterga el miedo más profundo o se transforma en un dolor conocido y manejable.
Por qué parece que “tú mismo te haces daño”
Desde fuera, el patrón se ve como irracional: alguien que quiere aprobar un examen no estudia; quien desea una relación sana se aleja; quien sueña con un ascenso se sabotea. Desde dentro, sin embargo, el cerebro está intentando minimizar lo que percibe como riesgo máximo: “si no lo intento, no puedo fracasar”, “si me rechazo primero, no podrán rechazarme”.
Ese juego de protección termina atrapando a la persona en una especie de jaula: las decisiones que toma para no sufrir empeoran exactamente aquello que más teme. La consecuencia es un círculo de culpa y vergüenza (“otra vez fallé, no sirvo para nada”) que refuerza el patrón y alimenta aún más la sensación de amenaza.
Profecías autocumplidas y desgaste emocional
Los especialistas advierten que estos hábitos acaban convirtiéndose en profecías autocumplidas. Si crees que no eres capaz, estudias menos, rindes peor y confirmas tu idea de incapacidad; si temes que nadie te quiera, te aíslas, te muestras frío o defensivo y la gente se aleja, reforzando la creencia de que estás solo.
Además, el constante estado de alerta y autocrítica lleva a un desgaste emocional importante: aumenta el estrés, empeora el sueño, se disparan la ansiedad y los pensamientos rumiantes. Lo que empezó como una táctica de “controlar el daño” termina generando más sufrimiento del que pretendía evitar.
Cómo romper el ciclo y dejar de sabotearte
Heriot Maitland sostiene que no se trata de “luchar contra el cerebro”, sino de entender qué está intentando proteger y ofrecerle vías más sanas para hacerlo. Propone dos ejes de trabajo:
• Crear seguridad alrededor de la situación temida: preparar mejor, pedir apoyo, ensayar conversaciones, acotar riesgos reales, en lugar de evitarlos por completo.
• Procesar el duelo de necesidades emocionales no satisfechas: muchas de estas reacciones vienen de experiencias pasadas de rechazo, crítica o humillación que nunca se digirieron del todo.
En este proceso, la autocompasión se vuelve una herramienta central. No significa justificar el daño que te haces, sino reconocer que tu cerebro está haciendo “lo mejor que puede” con lo que aprendió y enseñarle, poco a poco, que ya no está en el mismo peligro y que puede arriesgarse a vivir sin seguir dañándote para sobrevivir.
