El uso del despertador es una práctica extendida en la vida moderna; sin embargo, especialistas en sueño advierten que no es la herramienta en sí lo perjudicial, sino la forma en que se utiliza. En particular, la costumbre de posponer la alarma —conocida como “snooze”— puede tener efectos negativos en el rendimiento matutino y el bienestar general.
Investigaciones en cronobiología señalan que, al activar la función de “cinco minutos más”, el cerebro inicia nuevos ciclos de sueño que no logra completar. Este fenómeno, denominado “inercia del sueño”, genera una sensación de aturdimiento, fatiga y menor claridad mental durante las primeras horas del día.
El ritmo natural del cuerpo humano, regulado por el llamado reloj biológico o ritmo circadiano, está diseñado para despertar de forma progresiva. Cuando la alarma interrumpe este proceso —y peor aún, cuando lo hace repetidamente— se produce una desincronización que impacta en la concentración, el estado de ánimo y la productividad.
Especialistas recomiendan, en cambio, establecer horarios de sueño regulares y evitar el uso reiterado del botón de repetición. También sugieren optar por despertadores con luz gradual o sonidos suaves que respeten mejor las fases naturales del descanso.
Aunque el despertador no es “malo” por sí mismo, su uso inadecuado puede convertir el inicio del día en una experiencia más agotadora que reparadora. Evitar la tentación de los “cinco minutos más” podría marcar la diferencia entre una mañana pesada y un despertar realmente eficiente.

