La contaminación electromagnética generada por móviles, WiFi y antenas 5G se encuentra en el centro del debate científico: ¿constituye un riesgo real para la salud o se trata de una alarma exagerada? Organismos como la OMS afirman que no hay evidencia consistente de efectos adversos dentro de los límites establecidos, aunque clasifican las radiofrecuencias como «posiblemente cancerígenas» (grupo 2B).
Expertos como la doctora Magda Havas alertan sobre efectos no térmicos, como arritmias cardíacas, interferencias en el sistema inmune y problemas neurológicos (migrañas, insomnio), especialmente en niños vulnerables por su mayor absorción de radiación. Estudios señalan síntomas como taquicardia, fatiga y alteraciones del sueño en personas sensibles (hipersensibilidad electromagnética), vinculados a la exposición crónica de fuentes cotidianas como routers y contadores inteligentes.
Por el contrario, revisiones de la Unión Europea y la ICNIRP descartan causalidad directa con cáncer o enfermedades graves bajo exposición regulada, atribuyendo muchos casos a factores psicosomáticos o no ionizantes (sin capacidad de romper ADN). Sin embargo, piden más investigación sobre efectos a largo plazo del 5G y exposición acumulada, recomendando reducirla mediante distancia y horarios libres de dispositivos.
La controversia persiste: mientras algunos ven un «estrés celular» por disrupción de campos biológicos internos, la mayoría científica exige datos robustos antes de cambios regulatorios.

