Hubo una frase que se me quedó clavada como una flecha. No atravesó la piel, pero sí algo más profundo: la conciencia. La dijo Alejandra Oliveras, “La Locomotora”, en una entrevista, mucho antes de su lecho de muerte.
Le preguntaron algo simple, casi ingenuo:
¿Cuál es el momento más bonito de tu vida?
Ella no habló del pasado, no nombró títulos, victorias ni glorias. Tampoco proyectó el futuro. Dijo algo mucho más incómodo y verdadero:
“Hoy. Ahora mismo.”
No lo dijo con nostalgia.
No lo dijo con resignación.
Lo dijo con fuego.
Con esa voz que no duda, con esa certeza que solo tiene quien ha entendido algo esencial: que la vida no se posterga, no se negocia, no se guarda para después. Se vive.
Oliveras hablaba de la pasión como un descubrimiento diario, como una decisión constante. Decía que cada día, cada minuto, valía la pena vivirse con intensidad porque, al final, solo tenemos una vida. Y no sabemos cuánto dura la mecha.
Pienso en eso y no puedo evitar estar de acuerdo.
La vida es dura. Frustrante. Salvaje. A veces parece una selva sin mapa ni refugio. Nos golpea, nos quita, nos cansa. Pero incluso así —o quizá por eso mismo— tiene un valor inmenso. No por lo fácil, sino por lo viva.
Creo profundamente que la resiliencia no es solo resistir, sino responder con ética; que mejorar no es endurecerse, sino afinar el carácter; que la actitud, cuando nace de valores y no del rencor, puede cambiar por completo la manera en que habitamos el tiempo que nos toca.
La vida es una fuga de luz.
Una luz frágil, breve, pero intensamente caliente.
Una llama que puede apagarse en cualquier momento, pero que, mientras arde, ilumina todo.
Tal vez no podamos elegir cuánto dura la llama.
Pero sí podemos decidir cómo arde.
Y si algo nos enseñó aquella respuesta —tan simple y tan brutalmente honesta— es que el mejor momento no siempre está atrás ni adelante. A veces está justo aquí, esperando que tengamos el valor de mirarlo de frente y decir, sin miedo:
Este es el momento.
Esta es la vida.
Ahora.
Por: Jesús Ronaldo Ojeda Valero

