Siempre hay comparaciones para todo y en cualquier momento; solo basta algo para provocarlo. De niño vi una película que me llenó de emoción por su aventura; con el tiempo asumí, como un símil, que ser héroe no era aquel con capa, espada, martillo o escudo, sino por acciones que perduran y generan sentimientos hermosos hasta las lágrimas.
En el filme Los Siete Magníficos (1960), protagonizado por Yul Brynner, la premisa era la historia de siete pistoleros contratados para defender a un pequeño pueblo que sufre los abusos de una banda de forajidos. A cambio de poco dinero, aceptan más por honor y justicia que por recompensa. Lo estupendo de la magia del cine es cómo la ficción es capaz de brotar lo mejor del ser humano cuando hay identificación con los personajes y se ve su reflejo en el interior del ser mismo.
En mi experiencia y aventura conocí a los Siete Magníficos, seres capaces de mostrar lo mejor del sentimiento, lo esencial del amor, lo cuantioso del sacrificio y lo maravilloso de la unión; en fin, un verdadero sentido de admiración que generaban a su paso.
Estos siete hermanos, mis héroes, tenían fascinantes virtudes, además del valeroso apellido “Gutiérrez”: los protagonistas, por orden de antigüedad: Benjamín (1922–2003), Pablo “Pabucho” (1924–2015), Carmen “Camucha” (1925–2006), Gloria “Yoyo” (1927–2016), Ascensión “Chon Chon” (1931–1997), Vicente “Chente” (1933–2020) y Cruz Teresa “Teresita” (1938–2025). Todos tenían un magnetismo especial, bien sea para hacerte reír, reflexionar, inspirar o simplemente soñar.
Las habilidades de “Pabucho”, “Chon Chon” y “Chente”, entre muchas había una en especial: irrumpir con ocurrencias, haciendo reír de inmediato, aunque fuera en un momento no propicio; con increíble puntería acertaban en el comentario jocoso para romper cualquier situación, por muy seria que fuera. Benjamín era el reflexivo: siempre había un consejo para toda situación y muy asertivo en sus comentarios. “Camucha”, la tierna tía, entre sus muchas cualidades estaba la inocencia de sus sentimientos y la capacidad para la comprensión. “Yoyo” y “Teresita” eran la personificación misma de la unión a toda costa; en cualquier ocasión hacían una alianza para ayudar, y esos esfuerzos lograban romper cualquier adversidad.
Estos Siete Magníficos nos enseñaron que siempre la familia debía buscarse y unirla, sin importar la distancia o la poca información de ubicación. Fui testigo de esa acción cuando, en la isla de Margarita, estado Nueva Esparta, Venezuela, durante unas vacaciones, los tíos Vicente y Ascensión, junto a mi padre, un día domingo recorrimos pueblo a pueblo buscando familiares para visitarlos, porque la consigna era: “Donde hay un Gutiérrez habrá unidad”, y al final del día se cumplió el objetivo a cabalidad.
Ver la alegría ese día de muchos familiares al sentir ese reencuentro fue estupendo, quedando en mí una bonita lección, la cual muchas veces he puesto en práctica a lo largo de mi vida; por ejemplo, cuando busqué y conocí a la tía Clarilda en Yaguaraparo, estado Sucre, y al primo Gabriel en Maracaibo, estado Zulia.
Entre muchas cosas, siempre recuerdo una aspiración que me contaba mi tío y además padrino, Pablo Gutiérrez:
—Ahijado —me decía—, quiero que todos los descendientes Gutiérrez se unan en un gran proyecto para trabajarlo cada quien, en su profesión, levantando una gran empresa familiar.
Pienso que los sueños se pueden cumplir en la medida en que todos pongamos un granito de arena para realizarlo.
A continuación, relataré anécdotas de los siete, bien en las que yo estuve presente o contadas por sus hijos.
Con Benjamín nos pasó una de esas escenas que solo se cuentan con risa. Ya entrada la noche, en el famoso conuco de Vicente, decidieron que, por su edad y el notable entusiasmo etílico, lo mejor era escoltarlo hasta su casa, que quedaba “al ladito”. La misión fue clara: mi primo José Vicente y yo, uno por cada brazo; Junior Muñoz, como jefe de logística, encargado de abrir puertas y dar instrucciones. Todo marchaba bien hasta que apareció el gran obstáculo: una puerta tan angosta que parecía diseñada para poner a prueba la solidaridad humana. Yo entré primero y solté a Benjamín, convencido de que mi primo lo tenía firme. Mi primo, por su parte, estaba igual de convencido… pero de que lo tenía yo. El resultado fue inmediato y democrático: Benjamín al piso. No quedó más que levantarlo, sacudirle la tierra con dignidad, recomponer la formación y continuar la misión como si nada hubiera pasado, bajo el pacto silencioso de que nadie —absolutamente nadie— se había dado cuenta.
Pablo tenía una letra tan indescifrable que, más que cartas de amor, parecía que enviaba informes secretos en clave. De joven le escribía extensas y apasionadas misivas a Delia Campos, su futura compañera de vida… pero el problema no era la intensidad del sentimiento, sino la traducción. Delia recibía aquellas cartas con ilusión, las miraba con ternura… y luego con desconcierto. Descifrar una línea podía tomar más tiempo que aceptar una propuesta de matrimonio. Como buen abogado y hombre práctico, “Pabucho” encontró la solución perfecta: redactaba la carta romántica a mano —para que quedara constancia “auténtica” de su puño y letra— y, acto seguido, la transcribía cuidadosamente en máquina de escribir. Así, Delia podía entender el mensaje… y él podía probar, en caso de apelación sentimental, la autoría legal del amor declarado. Romántico, sí. Previsor, también. Porque en asuntos del corazón, Pablo no dejaba cabos sueltos… ni pruebas sin firmar.
Carmen tenía un talento muy particular: disfrutaba triturar los huesitos de pollo con una dedicación casi profesional. Después del almuerzo podía quedarse largo rato concentrada en esa noble tarea, como si se tratara de un ritual gastronómico.
Un día, almorzando con su hermano “Chente” al lado, dejó estratégicamente un muslo de pollo en el borde del plato. No era abandono, era planificación: pensaba guardarlo para el final, como quien reserva el mejor bocado para el cierre. Pero Vicente interpretó mal la jugada. Vio el muslo, asumió que no era del agrado de “Camucha” y, sin mayor trámite, lo tomó para sí. Justo entonces estalló el reclamo:
—¿Por qué tomaste mi muslo, si era para comérmelo al final?
La respuesta fue tan lógica como irreversible:
—Yo creí que no te gustaba y por eso lo agarré.
No hubo apelación posible. El muslo se dio por oficialmente perdido y quedó claro, una vez más, que en la mesa familiar no solo se come: también se negocia… y a veces se pierde.
Gloria tenía una cualidad muy particular: no podía ver a alguien caerse —ni siquiera resbalar— sin soltar una risa incontenible. Era automática, intensa y, para rematar, la dejaba roja como tomate.
En una ocasión, durante una fiesta matrimonial en un club, ella y yo estábamos sentados en los extremos de una mesa larguísima, de unas diez personas, viéndonos de frente. Todo transcurría normal hasta que uno de los invitados regresó de bailar, calculó mal la maniobra de aterrizaje y, al intentar sentarse, se fue de espaldas. Lo único visible fueron las piernas apuntando al techo.
A mí la caída no me causó mayor cosa… hasta que miré de frente a mi mamá. Su cara estaba tan roja por la carcajada que era imposible no contagiarse. Ahí fue cuando perdí toda compostura.
El hombre se levantó, se sacudió con dignidad y, en tono jocoso, le dijo a “Yoyo”:
—¿Y eso te da risa?
Mi mamá, sin pestañear, respondió:
—¿Y qué más podía hacer… llorar?
Ascensión tenía como hobby ser gallero y, como todo profesional serio, se disponía un día a hacer el descrestado. Para la faena pidió ayuda a su hijo, Geovanni, detalle menor que pasó por alto: el muchacho sufría de hematofobia.
Todo iba “bien” hasta que Geovanni sostuvo el gallo y “Chon Chon” hizo el primer corte. Apenas apareció la sangre, al ayudante le dio el veri veri: se puso blanco, le temblaron las piernas y empezó a irse de este mundo lentamente.
—¡Aguanta ahí! —le gritaba el papá, más concentrado en el gallo que en el drama humano.
Pero ya era tarde. Geovanni iba directo al piso; entonces “Chon Chon”, resignado, gritó:
—¡Suelta el gallo, carajo, y métete pa’ la casa a acostarte!
Así, Geovanni quedó oficialmente despedido del trabajo… antes de haber empezado.
A Vicente le fascinaba el cambur (banana). Pero no era un gusto cualquiera: era una relación estratégica. Existía un pacto solemne con su hija Elvia: un cambur al día. Ni uno más. Ni uno menos. El problema era que, para “Chente”, ese acuerdo era más una sugerencia que una norma. Siempre andaba explorando la posibilidad de una “ampliación presupuestaria” frutal. Como los cambures estaban contados con precisión casi notarial, cualquier desaparición encendía las alarmas.
Un día notaron el faltante. Sospechoso principal: “Chente”. Lo buscaron… y lo encontraron atrincherado en el baño. Tocaron la puerta:
—¡Papá! ¡Ya merendaste! ¡Te estás comiendo otro cambur!
Del otro lado solo se escucharon ruidos guturales, una tos apurada y el inconfundible sonido de alguien intentando tragar evidencia a velocidad récord. No podía ni responder.
Cuando salió, se procedió a la requisa. No había conchas en la basura.
—¿Dónde las botaste?
—Yo no he comido nada —respondía con dignidad tambaleante.
Hasta que Elvia descubrió la jugada maestra: las conchas habían sido lanzadas al wáter (poceta), convencido de haber ejecutado el crimen perfecto.
Desde ese día hubo que reforzar la seguridad del suministro. Porque cuando se trata de cambures… Vicente no negociaba: operaba en la clandestinidad.
Mi mamá había iniciado una cruzada educativa en casa: enseñarme a usar correctamente el baño. Pero, como buen alumno rebelde y desobediente, yo no lograba fijar el aprendizaje de manera sostenida.
Un día, siendo un niño de 6 años, estando en la residencia de la tía “Teresita”, me dieron ganas de orinar. Fui con total confianza… pero sin levantar la tapa y, para completar la hazaña, sin mucha puntería. Operación rápida, cero protocolos.
Justo al salir, entró la tía Cruz Teresa: silencio, observación técnica del área y luego el llamado:
—¡Ven acá! ¡Acabo de limpiar el baño! ¿Por qué mojaste la poceta?
Su indignación fue proporcional al brillo reciente de la limpieza. Acto seguido, me aplicó tres nalgadas pedagógicas que valieron más que cualquier charla formativa.
Mensaje recibido, archivado y aplicado de por vida. Desde ese día levanté la tapa con disciplina militar… en mi casa y en cualquier parte del planeta.
Darme cuenta de que todos mis tíos fueron superespeciales fue una lección de vida que ha caracterizado mi proceder. Muchas horas de tertulias con cada uno me sirvieron para entender y comprender lecciones de vida que me sirvieron de mucho. He tenido la virtud de conocer a cada descendiente de estos magníficos y, con propiedad, les digo que gran trabajo en educación y formación ciudadana hicieron estos fabulosos siete.
Si algo nos enseñan estas historias es que nadie debería dar por sentada a su gente. La vida no avisa cuándo será la última sobremesa, la última carcajada o la última corrección a tiempo. No espere a que el silencio ocupe el lugar de las voces para valorar lo que hoy tiene cerca. Busque a los suyos, honre su apellido, construya puentes y no muros. Porque el verdadero legado no se hereda: se cultiva en cada gesto, en cada visita, en cada acto de unidad. Y cuando llegue el momento de mirar atrás, que no haya remordimiento por lo que pudo hacerse y no se hizo, sino gratitud por haber amado sin reservas.
Un fraterno abrazo a todos.
Corrector de estilos:
Licenciada Milenka Mancilla Velásquez.

