La guerra en desarrollo entre Israel y Estados Unidos contra Irán ya supera el mes y, lejos de que alguno se declare derrotado, todos, desde sus ópticas, parecen alcanzar sus logros y considerarse vencedores. Es algo complejo: una guerra donde se mezclan factores políticos, económicos, religiosos y existenciales, en una zona de gran valor energético mundial.
La prosperidad, estabilidad y seguridad de países que no participan en la guerra están seriamente afectadas. Además, en este conflicto queda al desnudo el papel ya inoperante de la Organización de las Naciones Unidas, sin poder desde hace mucho tiempo para frenar a gobiernos fascistas, tiránicos y opresores que se escudan en la llamada “libre autodeterminación de los pueblos”.
Con este argumento, los clérigos musulmanes de Irán establecieron un Estado islámico que viola los derechos humanos y oprime a su propio pueblo, algo que también ocurre en naciones de América Latina, Oriente Medio y Asia, en diferentes contextos.
Israel lucha por su existencia; Irán tiene como objetivo eliminar a la nación judía y, en un futuro, someter a otras naciones bajo el islam. Estados Unidos ejerce su papel como potencia imperial, algo que parece no molestar a las grandes potencias, y utiliza su poder militar para evitar que Irán desarrolle un arma nuclear, lo cual sería muy peligroso para la humanidad.

Irán también usa su poder energético, su control del estrecho de Ormuz y su resistencia espiritual como armas poderosas, lo que la hace aparecer como victoriosa entre los escombros de su nación destruida.
Algo que está claro es que los líderes de las naciones en guerra no respetan reglas ni leyes internacionales y, al no haber un organismo de orden mundial respetable, y con China y Rusia como espectadores, es impredecible hasta dónde puede escalar el conflicto. Basta recordar cuando el Imperio japonés se volvió muy agresivo en la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos encontró una manera de doblegarlo, y lo hizo.
Si algo hay que tener claro en este conflicto es que el presidente Donald Trump hace lo que dice. Esto muestra a un líder determinado, sin vacilaciones, que busca crear un nuevo orden mundial y reafirmar el papel de Estados Unidos en el mundo. Será un proceso lento y cuesta arriba, que podría llevarnos a un escenario más seguro.

