Nos encontramos en el último mes del año, diciembre; para muchos, mes de cierres económicos, vacaciones y celebración de la Navidad. Hoy, cristianos y seculares, religiosos y no religiosos celebran esta gran tradición religiosa. Es sorprendente cómo esta fiesta ha crecido y cómo los más reacios a celebrarla, los cristianos protestantes, se han unido al festejo.
Vamos a hacer un breve recuento del porqué de esta fiesta. Resulta que, en el año 325 d. C., en el Concilio de Nicea —una reunión de líderes cristianos presidida por el emperador Constantino— se tomaron decisiones importantes, como la conformación de la Biblia y la fijación del 25 de diciembre como fecha para conmemorar el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios. En ese día, en el Imperio romano, se celebraba el Sol Invictus, jornada en la que el sol aparecía más brillante en el cielo. Fue así como una fiesta pagana se transformó en la más grande del cristianismo. Los cristianos celebramos en este tiempo la venida de Jesús al mundo, el nacimiento del Hijo de Dios, suceso mencionado en los evangelios de Mateo y Lucas.

En la noche del 24 de diciembre, las familias se reúnen en el hogar para celebrar este acontecimiento con oraciones y compartir una cena con platos gastronómicos especiales y bebidas seleccionadas. También se intercambian regalos entre los familiares y amigos presentes. Los niños, a la medianoche, esperan la llegada del Niño Jesús, en Latinoamérica, y de San Nicolás, en Europa y Norteamérica; en el árbol navideño encuentran los regalos que pidieron en sus cartas. Los hogares, adornados con luces multicolores, árbol de Navidad, pesebres y decoraciones navideñas, crean un ambiente único y especial.
La Navidad es un tiempo de amor, paz, reconciliación y armonía. Hay muchas anécdotas de tiempos de guerra en las que los ejércitos se daban una tregua el día de Navidad.
Les deseo una feliz Navidad y un maravilloso 2026 a mis lectores, que sea un tiempo de reflexión y descanso para enfrentar con fe los retos por venir.


