El anuncio de bloqueo y la fuerte reducción del tráfico en el estrecho de Ormuz por la tensión militar entre Irán, Estados Unidos e Israel ha encendido las alarmas sobre la estabilidad del comercio global, especialmente en el sector energético. Este angosto paso marítimo entre Irán y Omán canaliza cerca del 20% del petróleo que se comercia en el mundo y una parte similar del gas natural licuado (GNL), por lo que cualquier interrupción prolongada impacta de inmediato en precios, suministro y cadenas logísticas.
Un cierre efectivo o un bloqueo de facto del estrecho obligaría a las grandes navieras y a los países exportadores a desviar sus buques por rutas alternativas, como el cabo de Buena Esperanza, lo que añade hasta 15 días de navegación y eleva drásticamente los costos de transporte. Analistas citados por medios especializados advierten que la percepción de riesgo ya ha encarecido los seguros marítimos, ha limitado coberturas en la zona y ha provocado un salto en las cotizaciones del crudo y del gas, con el Brent avanzando en torno al 8% y el gas europeo registrando subidas cercanas al 20% tras los últimos ataques en la región.
Según estimaciones de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y de casas de análisis, una interrupción severa en Ormuz podría desatar un “shock energético y financiero global” de primer orden, con un aumento potencial del 30 al 50% en los precios del petróleo y efectos en cascada sobre combustibles, transporte, alimentos y bienes de consumo. El encarecimiento sostenido de la energía presionaría la inflación, golpearía la renta disponible de los hogares y obligaría a bancos centrales a replantear sus políticas, mientras empresas de todo el mundo verían afectadas sus cadenas de suministro y planes de inversión, comprometiendo la frágil recuperación económica global.

