Aunque las cosquillas parecen un gesto inocente y casi infantil, la neurociencia aún no logra ponerse de acuerdo sobre por qué existen, qué función cumplen y por qué algunas zonas del cuerpo son más sensibles que otras. Lo que sí saben los investigadores es que no hay una sola “cosquilla”: se distinguen dos tipos principales, la knismesis y la gargalesis, que activan mecanismos distintos en el cerebro y en el comportamiento.
Knismesis: el cosquilleo de alerta
La knismesis es la sensación de picor o cosquilleo leve que se produce ante un roce suave en la piel, como el paso de un pelo, una pluma o incluso una araña. Esta respuesta se observa en muchos animales y se interpreta como un mecanismo de defensa: el cuerpo reacciona para alejar posibles parásitos, insectos o estímulos potencialmente dañinos. No suele provocar risa, sino más bien el impulso de rascarse o apartar la zona estimulada.
Gargalesis: el cosquilleo que hace reír
La gargalesis, en cambio, es la que todos reconocemos como “cosquillas” clásicas: una presión repetida y algo más fuerte en zonas sensibles como las axilas, las costillas o las plantas de los pies, que desencadena una risa casi incontrolable, aunque a veces sea incómoda. Este tipo de cosquillas parece ser más característico de humanos y primates, y está estrechamente ligado al contexto social: nos reímos más cuando el contacto proviene de alguien de confianza y puede resultar molesto o incluso agresivo si lo hace un extraño.
¿Por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos?
Un fenómeno curioso es que casi nadie puede hacerse cosquillas a sí mismo de forma efectiva. La explicación más aceptada es que el cerebro anticipa y filtra las sensaciones que uno mismo genera, por lo que las “suprime” y no las registra como una amenaza o estímulo sorpresa. Esto refuerza la idea de que la gargalesis no es solo un reflejo mecánico, sino una respuesta que mezcla percepción sensorial, emoción y relación interpersonal.
Teorías en conflicto
Entre las hipótesis que circulan en la comunidad científica están la de que la gargalesis podría ser un mecanismo de defensa: una risa intensa podría desorientar a un posible atacante o disuadirlo de seguir tocando zonas vulnerables. Otra línea de investigación la vincula al juego y al vínculo social, especialmente en la infancia, donde las cosquillas forman parte de interacciones lúdicas que refuerzan la confianza y la conexión afectiva. Sin embargo, estudios recientes advierten que estas explicaciones aún son parciales y que la gargalesis sigue siendo un fenómeno neurocientífico sin consenso claro, en el que se mezclan reflejos, emociones y códigos sociales.
