Las formas de comunicación no son exactas, pero, dependiendo del emisor y receptor, en su nitidez se detecta de inmediato el mensaje; sin embargo, su claridad pudiera no ser la mejor debido, justamente, a lo complejo del cifrado que algunas veces —y muy a propósito— se teje para evitar que un sector entienda de una forma y otro sector entienda lo contrario. Suena complejo, pero, al desgranar todo, se verá más claro.
Es harto conocido los hechos en Venezuela a partir del tres de enero de 2026, cuando una operación militar derivó en la captura de Nicolás Maduro, y aun cuando cada grupo tiene su realidad y la asume, probablemente por conveniencia, consigue una posición a su gusto. Si escuchas al sector identificado con el chavismo, te dirá que fue secuestrado su presidente y la primera combatiente, además de la muerte de militares y civiles; por el contrario, el bando identificado como opositor te habla de que ubicaron y capturaron a unos solicitados por la justicia norteamericana por cometer presuntos delitos en contra de esa nación, y de que, si murieron militares venezolanos, pues para eso se dedicaron a esa carrera de vida; entonces, la defensa de la nación se pagó con su sacrificio.
Hasta ahora hay dos mensajes. Eso no es lo raro; lo extraño es quién rinde cuentas a quién. Eso es importante en cualquier ámbito porque, si no se sabe, el desorden está latente. Observo la declaración sobre Venezuela de los voceros del presidente Donald Trump y, con cierta variable de velocidad —lenta o inmediata—, se empiezan a ejecutar; pero, cuando escuchas a los voceros de la presidenta interina Delcy Rodríguez, ahí va el juego de palabras: pareciera que les dan una orden y pareciera que obedecen. Sin embargo, la confusión toma valor porque las autoridades venezolanas, casualmente, ya lo tenían en agenda desde hace mucho tiempo; incluso, su líder Nicolás Maduro lo tenía previsto y dejó instrucciones para la ejecución.
Ahora bien, entre muchos juegos que hacíamos de niños, está aquel del “chisme repetido”: se le decía en el oído al primero de la fila una frase y, después de ir cada quien, repitiendo a otro con el mismo procedimiento, el último terminaba contando algo totalmente distinto al original. Otro ejemplo más jocoso: en el capítulo de El Chavo del 8, donde Doña Florinda le decomisa la guitarra a Don Ramón; este le deja como orden a El Chavo que vaya a decirle que se la devuelva y, después de una serie de mensajes entre ellos, regresa a decirle: “Que dice Kiko que su mamá le dijo que me dijera a mí que le dijera a usted que dice su mamá que le dijera a usted… ya me hice bolas”. Es decir, se confundió.
Es lo mismo que yo percibo en la Venezuela de hoy: una cosa se ordena desde los Estados Unidos y se cumple, pero el discurso de la dirigencia interina a su masa es: “Que dijo Maduro que Chávez le dijo que le dijera a Delcy que les dijera a ustedes…”, y ya nos hicimos bolas. ¿Hace falta acaso un cacumen extraordinario para darse cuenta de este juego bastante infantil que se está dando? Y, de paso, no lo inventaron ellos.

Puedo entender lo comprometedor que debe ser, para quienes se identificaron con el proceso socialista en público, reclamar deliberadamente; pero ¿acaso no es preferible callar para otorgar la duda, aunque sea?
Señores, la partida está demasiado cantada: ¿quién dirige? Los gringos. ¿Quién obedece? La dirigencia interina. ¿Es de mi gusto? Por supuesto que no. Jamás, en nuestra historia contemporánea, se había llegado a tal extremo. La historia no perdonará esta situación a la que llevaron, después de 27 años en el poder, a un país que luchó por su soberanía e independencia a costo de tantas vidas.
Y, en medio de este ruido calculado, la pregunta de fondo sigue intacta: ¿hasta cuándo se aceptará como normal lo que claramente es una distorsión de la realidad? No se trata de bandos, sino de dignidad; no se trata de relatos, sino de hechos. Cuando el discurso sustituye a la verdad y la obediencia reemplaza al criterio, el ciudadano pierde su voz y el país su rumbo. Es momento de asumir una postura crítica, sin consignas prestadas ni lealtades ciegas, porque callar ante la manipulación también es una forma de rendición.
Finalmente, se debe combatir civilmente desde la base del pueblo para recuperar la decencia, la humildad y la independencia real del país; seguir nuestro propio destino, con buenas alianzas no comprometidas con ideologías, sino con obligación hacia nuestro legado por las futuras generaciones. Es lo justo, con la ayuda de Dios.
Un fraterno abrazo a todos.
Corrector de estilo: Licenciada Milenka Mancilla Velásquez.

