El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, convocó para el próximo 7 de marzo una cumbre presidencial en el hotel Doral de Miami con un grupo de mandatarios aliados de América Latina, con el objetivo de articular un bloque regional que contrarreste la creciente influencia económica y política de China en el hemisferio. A la cita fueron invitados, por distintos canales diplomáticos, los presidentes Javier Milei (Argentina), Santiago Peña (Paraguay), Rodrigo Paz (Bolivia), Nayib Bukele (El Salvador), Daniel Noboa (Ecuador) y Tito Asfura (Honduras), todos alineados con la agenda geopolítica de la Casa Blanca.
La cumbre tiene un propósito declarado: “quebrar” el plan diseñado por Xi Jinping para consolidar la presencia de Beijing en sectores clave como los minerales críticos, la producción de alimentos, la infraestructura estratégica y las principales rutas de comercialización en América Latina. Según fuentes de la administración republicana, la reunión será el primer intento formal de coordinar posiciones, revisar contratos vigentes y explorar mecanismos para bloquear o renegociar acuerdos que, a juicio de Washington, refuerzan la dependencia de la región hacia China.
Esta iniciativa se inscribe en la Estrategia de Seguridad Nacional que Trump presentó a fines de 2025, en la que incorporó el llamado “corolario Trump” a la Doctrina Monroe, orientado a limitar la injerencia de potencias extrarregionales en el hemisferio occidental. Bajo ese marco, la Casa Blanca sostiene que ningún actor externo debería controlar activos estratégicos en América Latina, en especial aquellos vinculados a energía, puertos, telecomunicaciones y minerales como el litio y el cobre.
La Cumbre de Miami también dejará en evidencia la fractura ideológica del mapa regional. De un lado se alinean gobiernos como los de Argentina, Paraguay, Bolivia, El Salvador, Honduras y Ecuador, que se muestran cómodos con la visión internacional de Trump y dispuestos a estrechar la cooperación en materia de seguridad, comercio e inversiones occidentales. Del otro, potencias como Brasil, Colombia y México mantienen lazos económicos profundos con China y no comparten la lógica de contención impulsada desde Washington.
Funcionarios estadounidenses no descartan que, en las semanas previas al encuentro, se sumen nuevos invitados de la región que mantengan buena sintonía con la Casa Blanca. La reunión del 7 de marzo será, según analistas, una prueba de la capacidad de Trump para traducir su discurso de “América primero” y su renovado interés por América Latina en una arquitectura diplomática capaz de disputarle espacio a China en un territorio donde Beijing ya ha construido redes de comercio, crédito e inversión de enorme magnitud.
