Acompañar a los padres durante el envejecimiento implica ayudarlos cuando lo necesitan sin quitarles su capacidad de decidir. El respeto a su autonomía, la comunicación y el reparto de responsabilidades dentro de la familia son fundamentales para evitar conflictos y sobrecarga.
El envejecimiento de los padres suele modificar progresivamente la relación familiar. Los hijos comienzan a asumir tareas que antes correspondían a sus progenitores y, en determinadas circunstancias, terminan convirtiéndose en sus principales cuidadores. Sin embargo, especialistas advierten que prestar ayuda no significa sustituirlos en todas sus decisiones ni tratarlos como si fueran niños.
Feliciano Villar, catedrático de Psicología del Desarrollo de la Universidad de Barcelona y director del máster en Psicogerontología de esa institución, sostiene que una de las principales dificultades aparece cuando la preocupación por proteger al adulto mayor termina limitando innecesariamente su independencia.
Villar, autor del libro Mis padres se hacen mayores. Cómo cuidar cuando los roles cambian, plantea cuatro aspectos fundamentales para mantener una relación saludable entre los hijos que cuidan y los padres que envejecen.
RESPETAR SU AUTONOMÍA
La primera clave consiste en reconocer que una persona continúa siendo adulta independientemente de que necesite ayuda para determinadas actividades. El acompañamiento debe buscar preservar su capacidad de elección durante el mayor tiempo posible.
Incluso cuando existen procesos de dependencia o deterioro cognitivo, pueden mantenerse espacios en los que el adulto mayor participe en las decisiones relacionadas con su vida cotidiana. La protección, por tanto, no debería convertirse automáticamente en sustitución.
CONVERSAR Y CONOCER SU HISTORIA
El envejecimiento también puede convertirse en una oportunidad para fortalecer los vínculos familiares. Escuchar las experiencias de los padres, conocer episodios de su vida y comprender las razones que han formado su manera de pensar permite a los hijos acercarse a su propia historia familiar.
Estas conversaciones adquieren especial importancia cuando comienzan a producirse cambios relacionados con la salud, la vivienda, la economía o los cuidados que podrían necesitar en el futuro.
REPARTIR LOS CUIDADOS
Otro punto fundamental es evitar que toda la responsabilidad recaiga sobre un solo integrante de la familia. Cuando las necesidades aumentan, la carga física y emocional del cuidador puede afectar su trabajo, relaciones personales y bienestar.
Por ello, las responsabilidades deben conversarse entre hermanos y otros familiares, estableciendo acuerdos realistas sobre quién puede encargarse de determinadas tareas. El especialista también señala que históricamente gran parte de estos cuidados ha recaído sobre las mujeres, aunque considera que hombres y mujeres deben participar en igualdad de condiciones.
COMUNICARSE PARA LLEGAR A ACUERDOS
Los desacuerdos pueden aparecer cuando hijos y padres tienen distintas opiniones sobre asuntos como tratamientos médicos, vivienda, manejo del dinero o actividades cotidianas.
La recomendación es expresar claramente las preocupaciones y escuchar también la posición del adulto mayor. El objetivo no debería ser imponer una decisión, sino alcanzar soluciones que puedan ser asumidas razonablemente por todos.
El cambio de roles que produce el envejecimiento puede ser complejo para cualquier familia. Mantener el respeto por la dignidad y la capacidad de decisión de los padres permite que el cuidado sea entendido como acompañamiento y no como pérdida automática de autonomía.

