Las impresionantes imágenes que dan cuenta de una Francia en llamas, especialmente su capital, París, revelan la crudeza de la situación política, económica y, especialmente, social que vive este país y, por qué no decirlo, Europa, donde para nadie es un secreto que está muy, pero muy cerca de una guerra, muy buscada, diríamos, anhelada contra Rusia.
Esta violencia generalizada, protagonizada por los sectores populares más vulnerables de la sociedad francesa, que tiende a expandirse por todo el Viejo Continente, parece ser la salida más objetiva, clara y radical contra toda la dirección política europea, subsidiada por el Deep State norteamericano, que, en lugar de atender las necesidades más puntuales de la población europea, en nuestro caso, Francia, solo busca que la OTAN active, de manera definitiva, acciones militares directas contra Moscú.
Los reclamos iniciales de sectores estudiantiles de secundaria y universidad están basados, de manera general, en:
Más presupuesto y contratación de personal docente, así como de psicólogos y personal especializado; mejoramiento de la infraestructura educativa; aulas donde hay más de 35 estudiantes, con temperaturas superiores a los 40 grados centígrados, sin aire acondicionado, y cambios estructurales en las obsoletas plataformas digitales.
Estas demandas fueron el detonante para que, rápidamente, se sumaran los reclamos de trabajadores y sindicatos, referidos a los necesarios ajustes salariales, el freno a los recortes públicos y la protección frente a la precarización.
Asimismo, se produjo la participación del fuerte movimiento de los Chalecos Amarillos, cuyos integrantes exigen subsidios a la gasolina, mayor democracia directa, una participación ciudadana más amplia y protección para los jóvenes estudiantes, bajo su lema: «Amarillos y jóvenes».
También se unieron a las protestas los sectores agrícolas y transportistas, que rechazan los acuerdos internacionales entre la Unión Europea y Mercosur.
Finalmente, la participación de los movimientos y activistas climáticos, con su eslogan «La justicia climática es inseparable de la justicia social», conformó un cóctel extraordinariamente explosivo que detonó en las añejas calles de París, ante los ojos del mundo, descubriendo, finalmente, que «el rey está desnudo».
Más acá del charco, como dicen algunos amigos, específicamente en Venezuela, aunque tenemos problemas similares y, diríamos, hasta peores, empezando porque la protesta popular prácticamente no existe, se realiza una extraordinaria jornada de votación electoral —hay que decirlo—, donde la población organizada en sus consejos comunales va a las urnas a seleccionar sus proyectos, discutidos por las comunidades de estos sectores populares, de manera pacífica, democrática y, fundamentalmente, soberana.
El Estado venezolano, a través de sus instituciones, Fuerzas Armadas y Consejo Electoral, se sumó a la tarea de colaborar e impulsar, de manera muy bien organizada, este evento que, en momentos de transformaciones y cambios, en la «resistencia contra el imperio» y la búsqueda de alianzas energéticas peligrosas, pero necesarias para el nuevo «por ahora», según el PSUV, presenta la acción electoral casi de manera extraña.
Esta situación nos retrotrae y ubica en un muy añejo y agradable pasado chavista, como un motivador raro de un «SÍ SE PUEDE», con mucha opacidad y oscurantismo.
Algunos expertos, al comparar estos comportamientos de los movimientos y colectivos franceses frente a los consejos comunales venezolanos, indican lo siguiente:
1. Tradición histórica de la protesta frente al voto.
En Francia existe una muy arraigada cultura de confrontación en las calles como mecanismo legítimo de presión política para resolver los asuntos, tradición que se remonta a la Revolución francesa y al Mayo francés.
En Venezuela se ha constituido, a través de los años, una fuerte y amplia cultura electoral. Acá todo lo arreglamos con el voto. En consecuencia, este se ha convertido, con el tiempo, en el principal canal para dirimir los conflictos, expresar el descontento y elegir proyectos, priorizando la vía pacífica. Bueno… para mal o para bien.
2. Impacto de la crisis económica en las movilizaciones (la llamada paradoja de la privación).
En países donde existe una mayor estabilidad económica, cuando el poder adquisitivo se reduce o se ve amenazado, la clase media y trabajadora tiene tiempo para organizar los movimientos de protesta.
En el caso de Venezuela, no hay tiempo para organizar la protesta. La población está sujeta a resolver los problemas derivados de fallas muy severas en servicios como el eléctrico, la fuerte inflación y la escasez.
La población se concentra en resolver sus necesidades, conseguir alimentos y medicinas, y buscar mayores ingresos mediante múltiples trabajos.
3. Percepción del control extranjero frente a la identidad nacional.
El ejercicio del voto es un acto de soberanía e independencia.
4. Estructuras de organización comunitaria.
Desarrollo de un denso tejido de organización de consejos comunales y comunas.

