Anaís corrió al escuchar los categóricos y fuertes golpes en la frágil puerta entamborada. La abrió rápidamente y en total desespero; entonces, en la angosta entrada apareció la silueta de don Nikolái Kamanin, El Patrón, como le llamaban en el vecindario al bizarro bisabuelo. Este le miró fijamente y, con paso lento pero firme, penetró en la humilde sala. Observó todo a su alrededor; parecía que buscaba algo del recuerdo, tal vez un objeto añorado por años o finalmente perdido. Después de girar toda su vieja humanidad en trescientos sesenta grados exactos, con meticulosa e incisiva mirada, se despojó con delicada habilidad de la vieja levita kaukasada de lana fría, muy bien cuidada, que junto con el bastón de puño Derby, de madera de cínaro, y el grueso gorro frigio, también de lana roja, un muy querido regalo de los fieros combatientes turcos, puso a disposición de Anaís Campoamor, la mujer de su nieto y ahora agresor, Ismael Antonio Kamanin Carrasco.
Nikolái era oriundo de Stalingrado, hombre alto, caucásico, de tez macerada, entrecejo fruncido y rostro granítico, de noventa y siete años de edad, que después de la llamada Guerra Madre contra la despiadada invasión alemana, entre el victorioso Ejército Rojo —como él, con orgullo, decía— y la Wehrmacht de Hitler, buscó empresa y destino en las ahora hermosas tierras de la Capea, fascinante y embriagador lugar del municipio Santos Marquina del estado Mérida.
De nuevo miró a Anaís y, echando de manera momentánea, rápida y firme la cabeza hacia atrás, colocó casi al unísono sus dos manos en señal de pregunta, indicando con este imperativo gesto el lugar donde estaban los futuros interpelados. Esta, muy temblorosa, le condujo a la cocina donde, sentados frente a frente sobre una pulida mesa de madera, se encontraban Ismael Antonio, su nieto, y Paula Carmiña Kamanin, su bisnieta.
El rostro de Carmiña daba muestra de la violencia desmedida de su padre. Un gran círculo entre violáceo y rojo hacía juego con un hematoma visible que iniciaba en el ojo derecho y terminaba cerca del labio, produciendo un abultamiento grotesco que deformaba el bello y blanco rostro de la parturienta. Tenía diecinueve años cumplidos y apenas hoy los padres habían notado el vientre crecido y la barriga avanzada, con sus venas moradas distribuidas por doquier, característica de una preñez indudable y en ascenso.
Nikolái tomó asiento. Miró con detenimiento el rostro de Carmiña; con su mano de oso gigante la auscultó. Como sabueso, dirigió el rostro de esta a la derecha y luego a la izquierda, buscando detalles, y después, moviendo su cabeza en forma negativa, se dirigió a su nieto indicándole con el dedo índice su rechazo a la golpiza.
Entonces dijo:
—El primer hijo que engendré lo perdí en la guerra. Tenía yo dieciocho años. Enterré a ese muchacho junto a su madre; las metralletas alemanas le destrozaron el cuerpo, impidiendo que este naciera. Por allá los dejé, en una fría e inhóspita llanura del frente oriental, en la batalla de Kursk. Allí quedaron sus restos…
—Luego incineré, por órdenes superiores, a miles de cuerpos despedazados de combatientes alemanes menores en edad que Carmiña, tu hija, así como sembré a valerosos jóvenes rusos, nuestra juventud, en inmensas fosas comunes; trabajo nada agradable… También enterré hace muchos años a tu abuela, la hermosa Paula, y luego a tu padre y a sus hermanos. Fíjate que todos mis seres queridos se han muerto, ¡hijos! —dijo, refiriéndose a los dos interpelados—. Solo me quedan los nietos y los bisnietos, y he aprendido, estando muy cerca de la muerte, que la vida es la mayor bendición que podemos tener.
Golpeó con suprema fuerza la mesa y, mirando a Ismael Antonio, le dijo:
—Así que este embarazo no es problema, y basta de golpes a la niña, ahora mujer, hijo, porque ella trae en su vientre la vida y es lo más hermoso que podemos tener.
Anaís le colocó la taza de café negro espeso, sin azúcar, al viejo Patrón. Este le echó tres grandes sorbos; luego colocó el platillo sobre la taza cubriéndola y le dio la vuelta, quedando esta boca abajo. Inmediatamente la tomó por los lados y, mirando al interior, les dijo:
—La lectura del café dice que veo a una hija y a un padre gruñón abrazados en este momento, festejando el nacimiento de mi primer tataranieto… Que Dios me los bendiga.
Les volvió a mirar de forma pétrea y fría y les ordenó:
—Y ahora se abrazan, y no es una súplica… es una orden directa, soldados.

