El día de ayer, el canciller de la Federación Rusa, Serguéi Lavrov, exigió ante la 81.ª Asamblea General de la ONU la liberación inmediata del presidente Nicolás Maduro y su señora esposa. El discurso, sensiblemente acalorado y de confrontación, del representante de Rusia contrasta totalmente con el discurso anterior expresado por la presidenta encargada, Delcy Eloína, quien, por el contrario, prefirió no emitir opinión alguna sobre el secuestro de la pareja presidencial, sus consecuencias desde su legitimidad a partir del 3 de enero, así como el estado actual de la situación interna y geopolítica de Venezuela, sus intereses y sus deudas económicas y energéticas con Rusia y China.
Consideramos que la intención de esta narrativa directamente confrontativa de la Federación Rusa hacia los EE. UU. obedece a exigir el respeto a los acuerdos energéticos firmados por Moscú y Caracas, a la defensa del derecho internacional, totalmente violentado por la administración Trump, y a mantener un canal de comunicación con sectores del chavismo. En pocas palabras:
«Piaste tarde, pollito».
Tal vez, si el apoyo se hubiese dado antes del 3 de enero y el mismo día 3, con tecnología satelital para ubicar y neutralizar las naves agresoras y producir una defensa mucho más firme, la situación fuese otra.
Lo anterior es mío.
Lo cierto del asunto es que la presidenta Delcy Eloína, por razones más que obvias de abandono y distanciamiento por parte de sus principales aliados —China y Rusia—, observando un país dividido, golpeado por años de sanciones y por un terrible doblete sísmico, prefiere mostrarse desligada del pasado, con una presencia llena de autonomía en sus decisiones y con un pragmatismo galopante y puro. Ofrece al mundo una Venezuela abierta al desarrollo con todo aquel que desee mantener relaciones diplomáticas y, especialmente, energéticas, haciendo una especie de magia de borrón y cuenta nueva, donde la expectativa y la esperanza de crecimiento sean el imán para consolidar lo que ella ha denominado el:
«Renacer de Venezuela».
Mientras Rusia exige la libertad de Maduro y su esposa en la ONU, Delcy Eloína omite hablar de Maduro, pero resalta su propio liderazgo y busca consolidarlo a nivel internacional. Ratifica los impresionantes acuerdos petroleros con el mundo, especialmente con los EE. UU.; el mejoramiento o restablecimiento de las relaciones diplomáticas internacionales, así como con los organismos multilaterales —el Banco Mundial, el FMI y el Banco de Desarrollo—; los acuerdos con el Gobierno inglés para el traslado del oro y, por último, anuncia un proceso de elecciones en el ámbito interno del país, buscando consolidar su crecimiento y desarrollo.
Pudiésemos estar en presencia de un elemento común —Nicolás Maduro— para dos discursos diferentes:
El primero, el de Delcy Eloína, busca la supervivencia económica y política del país, así como consolidar un liderazgo propio, distanciado del pasado, que genere mayor credibilidad para las inversiones aguas abajo en Venezuela. El segundo, el de Lavrov, mantiene la retórica de confrontación entre las dos potencias, recuerda los intereses y acuerdos energéticos de Venezuela con la Federación Rusa y procura mantener una base política militante dentro del chavismo.
Aunque es innegable que la línea de sucesión constitucional ordenada por el TSJ y la continuidad del mandato dispuesta por este órgano del Estado venezolano fueron apoyadas por todos los entes públicos, incluyendo a las Fuerzas Armadas Bolivarianas, lo que dio como resultado su encargaduría en sustitución del presidente legítimo Nicolás Maduro, la propia presidenta encargada, Delcy Eloína, juró ante la Asamblea Nacional actuar en resguardo de la soberanía nacional frente a lo que ella calificó inicialmente como un secuestro y exigió, también inicialmente, pruebas de vida.
Finalmente, creemos que omitir los nombres de Maduro y Chávez obedece a una muy calculada estrategia de supervivencia y legitimidad internacional, que busca consolidar una autoridad propia, con criterios autonómicos y mostrando fortaleza, de manera que esto inyecte certidumbre a los mercados energéticos internacionales que desean invertir en el país.
Claro está, y como es normal, esto genera un alto costo en el ámbito interno, donde sectores del país interpretan esta omisión como una claudicación y una invisibilización de la figura de Maduro, bien sea por orden o por temor a Washington.

