De las coplas cajamarquinas y las comparsas ayacuchanas al carnaval en la plata forma Roblox. Una de las características de los carnavales en el Perú es su diversidad. Existen del ámbito rural y urbano. Se amalgaman a los calendarios locales, sin encorsetarse a fechas fijas de la precuaresma.
El filósofo ruso Mijaíl Bajtín definió lo carnavalesco como “una suspensión de los tabúes cotidianos”. En la misma línea, en el libro Chayraq, carnaval ayacuchano (1983), Chalena Vásquez y Abilio Vergara consideraban que el carnaval era la licencia cultural cuando los pueblos desbordaban en su tradición.

Ritual y festivo
“Y siempre lo festivo ligado en nuestras tierras al ciclo productivo”, subraya el antropólogo Kamilo Riveros Vásquez, del Centro de Investigación de las Artes Chalena Vázquez. Postula que los carnavales de estas tierras son la continuidad de las fiestas del inca, descritas por Felipe Huamán Poma y sus pares, los cronistas españoles. El caso más notorio es el carnaval Pukllay de Apurímac: pukllay significa “juego” en quechua y, a la vez, es un ritual de fertilidad.
Con el tiempo, se adhirieron nuevos fenómenos al carnaval, como la espectacularización de sus rituales y su mercantilización con fines turísticos. Para Riveros estos hechos son positivos ya que generan riqueza a los pueblos. A la vez, al masificarse diluyen su significación.

Esencia lúdica
Permanecen en el tiempo “como testimonio colectivo de la construcción de la memoria y de una visión de la historia reciente”, apunta Riveros. Tenemos música, danza, teatro, y lo lúdico. Y hoy, los organizadores utilizan las herramientas tecnológicas para maximizar la difusión de los carnavales. “Estoy seguro de que este año tendremos carnaval en Roblox. Los distintos carnavales aparecerán en esa plataforma de juegos como ya lo hizo la procesión del Señor de los Milagros, además de muchos contenidos en TikTok e Instagram”, asegura.

Coplas y contrapuntos
Con sus patrullas y comparsas, el de Cajamarca es el más hispanizado de todos los carnavales del Perú. Una de sus tradiciones son las coplas (la primera copla en suelo americano la escribió el soldado Juan de Saravia en la isla del Gallo, en el año 1527).
Anualmente, en los centros poblados y distritos de Cajamarca se dan concursos de coplas, con participación de niños y jóvenes. El género está vigente en Cajabamba, San Marcos, Celendín y San Pablo. Menos en la capital cajamarquina. Es su sino. Sus melodías y temáticas se ven opacadas “por lo vistoso de las reinas, los carros alegóricos y otros elementos que van ‘desconfigurando’ el carnaval tradicional”, opina Spencer Herrera, presidente de Kallpa Cultural Cajamarca.

“Quienes ganan en los concursos de coplas, se los premia y desaparecen de la escena carnavalera y cultural. Eso no sucede en otras provincias y distritos de Cajamarca, donde la copla tiene más presencia”, lamenta.
Así, las novedades de coplas y contrapuntos no repercuten en el repertorio popular. Se diluyen. Y Cajamarca hace bis en las coplas sempiternas. “El creador de coplas y los carnavaleros caminan por cuerdas separadas. Incluso la canción oficial del carnaval cada año pasa desapercibida”.
La otra tradición son las silbadoras. Pertenece a las mujeres de los centros poblados del distrito de Pariamarca. Esta sí tiene asegurada su vigencia: las niñas la practican y ayuda a la cohesión social local.

Esencia comunal e inversión
En Ayacucho la realidad carnavalesca es harina de otro costal. Cada año, las comparsas de Huamanga, San Miguel, Cangallo, Huanta, etc., renuevan sus cantos. Clark Asto, investigador asociado del Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA), recuerda que para el ayacuchano no basta con echarse agua y pintura.
“Quien quiera divertirse en el carnaval ayacuchano tiene que invertir no solo en vestuario o joyería, sino su tiempo para desarrollar pasos y coreografías, repasar las letras en quechua y castellano”. Las comparsas difunden las nuevas canciones por las redes sociales. “La visión del carnaval ayacuchano es desde ‘la industria cultural’ sin perder su esencia comunal”, acota.
Sin embargo, Ayacucho también adolece del centralismo. Tiene varios carnavales fuera de su capital. En el valle de Sondondo, en la provincia de Lucanas, el chimaicha se baila y se compone colectivamente en ayllus, barrios y comunidades. Y la Federación Departamental de Instituciones Provinciales de Ayacucho (Fedipa) desarrolla cada verano en Lima un encuentro que resume la riqueza carnavalera de los distritos y provincias. El carnaval como identidad del migrante y espacio de reencuentro entre paisanos.

Yunza y ecología
La desaparecida cantante ayacuchana Nelly Munguía fue precursora del movimiento ecológico. Promovió la siembra de árboles o “plantamonte” a contracorriente con la yunza o “cortamonte”. A pesar del calentamiento global, su propuesta no cuajó.
“Muchos jóvenes vuelven una vez al año a sus pueblos a divertirse, a encontrarse con sus padres, tíos, abuelos. Hacen la yunza, con molles que cortan y no los vuelven a sembrar. Hay una expectativa del consumo festivo. Se genera una deforestación: en un día pueden tumbarse cinco árboles, que demoran 10 a 15 años en crecer”.
Clark Asto recuerda que el calor se ha intensificado en la tierra de las 33 iglesias. Ya no se vive el “loco febrero”, del cual hablaban los abuelos, con lluvias, truenos y el cielo nublado. Hay sequía y el calor se intensifica en las mañanas. Es la nueva realidad carnavalera.
Datos:
20 años celebra el carnaval originario Pukllay de Andahuaylas, en Apurímac.
Los carnavales llegaron a Perú alrededor del siglo XVII. A lo largo de los siglos tomaron características del mundo andino, afroperuano y amazónico.
El contrapunto cajamarquino es una copla cantada por un hombre y una mujer de manera alternada. Tiene un carácter de rivalidad y, otros, de complemento, dependiendo de la temática.

