Con temblores por el agudo frío de la madrugada, el achique de las piernas y el dolor por la adormecida flexión de las rodillas, producto de la incómoda postura asumida por más de 8 horas entre la poceta y el cuadrante ubicado en el piso, que separaba a esta de la regadera en el diminuto meadero.
Argimiro daba los últimos toques de afilamiento a su navaja Stainless de producción china.
Sus manos, rotas por el enloquecido y furioso trabajo, daban cuenta de un arma mortal, totalmente preparada para lograr su fin. El brillo y lo afilado de su hoja podían penetrar y cortar todo, hasta el aire.
Argimiro Contramaestre cumplía estudios y oficios en el Seminario El Buen Pastor, con la firme y decidida intención de ser parte y buen soldado del ejército de Dios. Además, en su familia, esta decisión había iluminado las esperanzas de sus padres y familiares, al punto de que anhelaban que, cuando llegara la inevitable hora de la despedida final, se cumpliese el sueño de sus ancestros: descansar en paz al lado del Santísimo.
Era un joven adolescente de 15 años, jovial, inteligente y muy disciplinado. Cumplía con todos los deberes y nunca se le increpó por alguna falta en sus responsabilidades; mantenía su cuarto ordenado, su higiene personal era casi obsesiva y, en cuanto al rendimiento intelectual, era el primero de su clase.
Pero aquel Domingo de Resurrección, Argimiro había decidido acabar con la tortura, el abuso y la miseria a los que él y un grupo de compañeros seminaristas habían sido sometidos por años.
Tenía todo fríamente calculado:
La hora de llegada a la habitación de monseñor Visitación Rivero, cerrar la habitación con seguro, apagar las luces dejando solo la lámpara de la mesa central encendida con una luz para poder ver en las penumbras, colocar la almohadilla de color rojo en las rodillas para darle confianza a monseñor de su disposición a realizarle el sexo oral, acariciarle los glúteos y los testículos, así como penetrarlo con Bobby, el consolador y su juguete sexual preferido de 9 pulgadas, que como siempre era de su gusto inicial, mientras pronunciaba su santidad el acostumbrado Padre Nuestro en latín, tener mucho cuidado con el crucifijo que colgaba en la gruesa cadena de oro en el pecho del sacerdote, aguantar las náuseas y vómitos que le producía la repugnante colonia Chicco para niños.
También tenía muy bien organizadas varias situaciones, como por ejemplo:
Cómo iban a ser los cortes del cuerpo y cuántos, dónde iban a estar colocadas las partes, las toallas para el derrame de la sangre, cómo iba a atenuar los gritos y sus características, si estos eran muy escandalosos o no, cómo se iba a sentar para hacer la tarea mucho más cómoda y fácil, ubicar la extensión y flexión del codo derecho que le permitieran mayor rapidez y efectividad, así como la distancia prudencial para que el brazo no se detuviera al iniciar el asalto y el número de cortes.
A las 10 a. m. en punto, como Argimiro planificó, el secretario de monseñor, el vicario Miguel, le llamó. Mirándole de arriba abajo, le observó las orejas, el cuello; lo olió para saber si estaba limpio para monseñor, revisó los dientes y verificó su aliento. Luego se acercó, susurrándole al oído, le dijo:
—Ya sabes, Argimiro: hazlo todo bien y, como siempre, trata bien a su santidad y recuerda que Dios está contigo y yo en mis oraciones; que la Virgen de la Buenaventuranza y todos los santos te bendigan.
Argimiro entró en la habitación, cerró herméticamente la puerta y se acercó directamente al sacerdote, que estaba sentado en la elegante poltrona.
En el rostro del joven no existía ningún ápice de compasión ni duda.
Entonces, sin darle tiempo a levantarse, colocó su mano en la boca y cortó en primera instancia el blanco cuello, que como mantequilla se abrió ante el perfecto filo de la navaja, expulsando a grandes borbotones intermitentes la sangre. Luego, como si un animal furioso se hubiese posesionado en él, dio inicio a la brutal y sangrienta tarea por todo el cuerpo.
Las noticias informaron del terrible asesinato y castración de su santidad, monseñor Visitación Rivero. La prensa catalogó el crimen como aberrante y de odio desmedido.
Esto por el número de cortes y penetraciones punzofilosas; fueron exactamente 177.
También se reflejó en las pesquisas forenses la aparición de un dispositivo rectal muy cerca del intestino grueso, en el interior del cuerpo del occiso.
De Argimiro nunca se supo absolutamente nada.

