Desde muy tempranas horas de la madrugada, y antes de que el gallo cantara, Nicol se había dedicado a las innumerables actividades domésticas.
Ya había concluido la limpieza de los dos baños, su habitación y la modesta sala. Se encontraba luchando, al despuntar el alba, con los trastes y el hollín, impregnados por el humo y el calor de la vieja cocina de leña. Solo le faltaba barrer el amplio patio, donde las gallinas, perros, gatos y patos esperaban, a la expectativa, los acostumbrados restos de comida.
Era viernes 23 de agosto y el acuerdo en la espera ya había llegado a término. Había transcurrido un mes, siete días, veintidós horas y exactamente treinta y cinco minutos, según sus cuentas, llevadas a lápiz en el viejo cuaderno, desde que su hombre se había ido en búsqueda de la vida, como él mismo le decía.
Todavía llevaba el cabello recogido en moños y la corta falda del vestido enterizo se mantenía arremangada sobre la ropa interior por los laterales, mostrando de manera muy provocativa sus hermosos y fuertes muslos. El escote de hombros caídos daba paso a un pecho maravilloso, apretado, firme, brillante y graso. Sus amplias caderas definían una marcada cintura que mostraba la presión ejercida por sus notables y grandes glúteos sobre el traje.
Era realmente bella. Tenía un cuello estilizado, frente amplia, pocas cejas y una nariz griega casi perfecta, que geométricamente daban un notable equilibrio a todo su hermoso rostro. Su sonrisa era amplia y la dentadura, blanca y fuerte; esta hacía preciso juego con su alargada y puntiaguda quijada.
El ladrar y corretear enloquecido de los perros, así como el alegre cantar de las gallinas, la hicieron mirar hacia la maltratada puerta. Entonces corrió hacia ella, la abrió rápidamente y, conteniendo la respiración, divisó en el horizonte una figura masculina que se acercaba lentamente. Iba cubierta con una especie de piel de oso descolorida entre marrón y plata, acompañada de utensilios, sartenes y ollas que colgaban a su alrededor y que, al caminar, producían un sonido desordenado y continuo.
Mientras corría desesperada hacia él, sentía que los hongos en el estómago crecían de manera acelerada. Sus piernas se convertían en veloces motores y un inmenso frenesí se apoderaba de su espíritu y de su cuerpo. Sus ojos se llenaban de lágrimas y su corazón ya no tenía consuelo: era su hombre y estaba de vuelta.
No tuvo tiempo para saludos ni cortesías. Se abalanzó sobre él de manera desbordada. Lo besaba por todo el rostro, le acariciaba el cabello con locura y le apretaba el cuerpo con el suyo, buscando ser uno solo. En un asalto perfecto lo desnudó totalmente; con habilidad felina se despojó de sus ropas interiores y solo levantó el vestido, buscando el órgano viril deseado. Cabalgó sobre él como jinete heroica. Sus hermosos senos jugaban entre los límites del escote y la insinuación del pezón. Sus glúteos y el arqueo de su fina cintura se veían a leguas, y la hierba alrededor parecía arder.
Lo atacó por todos los flancos, sin consideración alguna y sin miedo a perecer en el intento.
Durante más de ocho horas, y sin descanso, se sucedieron los encuentros amorosos.
Al final, y ya caída la noche, dos cuerpos sudorosos yacían en la cómplice montaña.
En tres ocasiones los pájaros huyeron de él y, más de quince veces, los espasmos y torbellinos la inundaron a ella.

