Investigadores de Mayo Clinic identificaron patrones específicos en las bacterias intestinales de pacientes menores de 50 años con determinados tipos de cáncer, un hallazgo que abre nuevas líneas de investigación sobre el diagnóstico, la evolución de la enfermedad y la respuesta a los tratamientos.
Un amplio estudio realizado por investigadores de Mayo Clinic, en Estados Unidos, encontró diferencias en el microbioma intestinal de adultos de 50 años o menos diagnosticados con cáncer colorrectal y de mama frente a pacientes que desarrollaron estas enfermedades a edades más avanzadas.
El trabajo analizó muestras de heces de 1.364 pacientes con cáncer, correspondientes a diferentes tipos de tumores, estadios y tratamientos. Los resultados fueron publicados en la revista científica Cell y forman parte de la cohorte del Microbioma del Cáncer de Mayo Clinic.
Las muestras fueron recogidas antes del inicio de los tratamientos y posteriormente relacionadas con información clínica sobre evolución de la enfermedad, efectos secundarios y supervivencia. Los investigadores también compararon los resultados con muestras correspondientes a 287 personas sin cáncer.
En los pacientes jóvenes con cáncer colorrectal se detectaron mayores concentraciones de lactato y una presencia superior de Veillonella parvula, una bacteria intestinal capaz de alimentarse de esta sustancia. Los especialistas consideran que esta relación merece una investigación más profunda para determinar cuál puede ser su papel en los tumores de aparición temprana.
En los casos de cáncer de mama diagnosticados antes de los 50 años, los científicos encontraron alteraciones en 64 especies bacterianas, además de niveles inferiores de determinados ácidos biliares primarios. Entre las bacterias identificadas figura Clostridium scindens, relacionada con el metabolismo de los ácidos biliares y los esteroides.
La investigación no encontró diferencias equivalentes relacionadas con la edad entre los pacientes analizados con cáncer cerebral.
PATRONES DIFERENTES SEGÚN EL TIPO DE CÁNCER
Al ampliar la investigación a otras enfermedades oncológicas, el equipo identificó 341 especies bacterianas asociadas con cinco grupos de cáncer, una evidencia que refuerza la posibilidad de que determinados tumores presenten una especie de huella particular dentro del microbioma intestinal.
Los tumores neuroendocrinos mostraron una reducción generalizada de bacterias habitualmente relacionadas con un intestino saludable. En los cánceres de hígado y de las vías biliares intrahepáticas se detectaron mayores niveles de distintas bacterias, entre ellas Enterococcus faecalis.
En el cáncer de esófago también fueron identificadas seis especies bacterianas con niveles elevados, mientras que se encontraron asociaciones particulares en pacientes con leucemia linfoide, mieloma múltiple y otros cánceres relacionados con células plasmáticas.
El estudio también detectó posibles vínculos entre algunas bacterias y la supervivencia de pacientes con cáncer colorrectal, hepático, de ovario, próstata y melanoma.
POSIBLE RELACIÓN CON LA QUIMIOTERAPIA
Otro de los aspectos investigados fue la relación entre el microbioma intestinal y los efectos secundarios producidos por determinados medicamentos contra el cáncer.
Entre los pacientes tratados con 5-fluorouracilo (5-FU), aquellos que posteriormente desarrollaron diarrea presentaban menores niveles de genes bacterianos capaces de metabolizar el medicamento. Parte importante de esta función estaba relacionada con la bacteria Anaerostipes hadrus.
Esta asociación no apareció en pacientes tratados con carboplatino, lo que lleva a los investigadores a considerar que el fenómeno podría estar relacionado específicamente con el 5-FU.
Los científicos advierten, sin embargo, que los resultados no demuestran que las alteraciones del microbioma sean responsables de provocar cáncer en personas jóvenes. Por el momento se trata de asociaciones biológicas que deberán ser confirmadas mediante investigaciones adicionales.
El siguiente paso será determinar si algunas de estas señales microbianas intervienen directamente en el desarrollo de determinados tumores y evaluar si en el futuro pueden utilizarse para anticipar efectos adversos de los tratamientos o convertirse en nuevos biomarcadores clínicos.

