Por: Lic. Élido R. Rodríguez R.
Creo que comenzar a colaborar con este medio tocando otros temas que no sean el del señor Trump y la política norteamericana, que blande sobre los países más débiles su espada de oprobios, respaldada por la fuerza militar de “la armada invencible”, que hoy día, al igual que la otra, está siendo azotada por fuertes tormentas que ponen en entredicho su invencibilidad al tener que mantener sus portaaviones muy lejos del lugar de conflagración. Sin embargo, sigue siendo poderosa, especialmente para “torcer el brazo” a los países débiles, pero con muchos recursos naturales, que nos negamos a arrodillarnos ante el imperio decadente.
Hace un montón de años, durante la elección de Obama, mi esposa me preguntó a las 11:30 p. m.:
—¿La elección de Obama será buena para Venezuela, para Latinoamérica?
Pienso unos segundos y le respondo:
—Podría ser; es el primer negro en ser elegido presidente en ese país, pero él también es norteamericano.
En ese momento me acordé de las proféticas palabras de nuestro libertador, Simón Bolívar: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.
Desafortunadamente, mis dudas se hicieron realidad. Con la elección de Barack Obama se inicia lo que para los venezolanos ha sido una gran tragedia: las sanciones que llegaron posteriores a la designación de nuestro país como una “amenaza inusual y extraordinaria”, calificativo que se utilizó como bandera para dar inicio a lo que posteriormente sería una agresión que ha dejado como resultado más de 100 mil muertes al no poder tener las medicinas necesarias.
La precariedad de los venezolanos fue tal que se convirtió en narrativa mundial. Nuestra agricultura de puerto ya no fue posible; los repuestos para mantener en buen estado los servicios de salud, eléctricos, de agua y de transporte público ya no llegaron.
La producción petrolera de Venezuela pasó de 3 millones de barriles diarios de petróleo a menos de 500 mil, convirtiendo la economía y nuestras vidas ciudadanas en una miseria. Si a esto le agregamos la campaña para que los venezolanos se fueran a otros países, contribuyendo —dados sus altos estándares educativos— a la economía, a la salud y a la educación de naciones que no eran la suya, recibiendo en retribución solo maltratos y gestos xenofóbicos que nunca recibieron los nacionales de esas tierras cuando llegaron a nuestra patria buscando seguridad y abrigo.
Sí, la pasamos muy mal; más, nos hemos sobrepuesto. Nuestro país, además de ser uno de los más bellos del mundo, tiene unas riquezas naturales extraordinarias. Además de poseer la mayor reserva petrolera, somos segundos en oro y cuartos en gas; y, además, lo más resaltante de nuestro país es su gente maravillosa.
Mientras tanto, el señor Trump pretende dominar al mundo esgrimiendo su comportamiento egocéntrico y narcisista, propio de un hombre acostumbrado a ponerle sus patas en el cuello a la gente porque es poderoso, porque es rico.
El señor Trump utiliza como una de sus armas más mortales la política informativa establecida en Alemania durante el gobierno nazi de Adolf Hitler y su ministro de propaganda, Joseph Goebbels: “Miente, miente, que algo queda”, llenándole la cabeza a la gente de nada. Mas siempre habrá un lambiscón que, con su comportamiento supino, traicione el alma libertaria latinoamericana.

