El pasaje desde su habitación hasta la muy ordenada sala siempre le recordaba aquella dura y terrible discusión con Beatriz, su exesposa, que provocó la destrucción de más de 15 años de matrimonio.
Fue un 1 de enero de 2024, después de las fiestas de finales de año y en plena crisis, acompañados de gritos y ofensas mutuas, cuando Beatriz tomó la hermosa taza de porcelana de manufactura japonesa y la estrelló contra la pared, convirtiéndola en miles de diminutos trozos.
Este era el único obsequio que conservaba después de su hermoso matrimonio.
En esta linda taza se podía apreciar una fotografía impresa con un bello collar de flores y estampados alegóricos a la boda.
Luego del estremecimiento y estruendo producido por el fuerte impacto de la puerta al cerrarse, quedó solo en la sala.
Casi de manera automática, empezó a recolectar uno a uno los diminutos pedazos y los fue ubicando en una bolsa plástica. Luego construyó una repisa que daba a la entrada de su cuarto, con la alevosa y precisa intención de verla siempre, para nunca olvidar lo ocurrido y odiar a Beatriz eternamente.
Así ocurrió durante varios años. Todas las mañanas, al salir de su habitación y abrir la puerta para recorrer el pasillo hacia la sala, observaba la bolsa plástica y recordaba con repugnante obsesión y rabia aquel terrible momento.
Una mañana, después de una noche de total insomnio, completamente irritado y sin parpadear, se detuvo ante la bolsa proscrita, la tomó, bajó las escaleras y salió a la calle decidido a deshacerse de aquel objeto miserable que constantemente le hacía sufrir. Llegó hasta los recipientes de basura, levantó la tapa del contenedor y, sin pensarlo, la dejó caer.
Al día siguiente, muy temprano, alguien tocaba el timbre de su apartamento.
Sobresaltado, salió de su cuarto, atravesó nuevamente la distancia hasta la sala y, mirando por el ojo mágico de la puerta, observó a una persona que luego identificó como el anciano japonés de la tienda de ramen. Separó la pequeña cadena dorada y abrió.
Este extraño, venerable y tempranero visitante traía en sus manos dos bolsas de plástico, muy parecidas en color y tamaño.
Después de una respetuosa reverencia, inclinando la cabeza, le saludó y le preguntó si podía pasar.
Rolando, atraído por una inmensa curiosidad, asintió con la cabeza en un sí involuntario y, sin quitarle la mirada a las bolsas, le señaló al viejo que entrara.
Este se quitó los zapatos y, trasladándose al interior, le dijo:
«Ayer, desde mi tienda, lo observé y me llamó muchísimo la atención que usted dejara con tanta rapidez una pequeña bolsa azul en la basura. Me tomé la indiscreción de husmear cuál era la razón y descubrí que contenía pedazos rotos de lo que fue una taza. Entonces intuí lo importante que era para usted la misma».
«En mi país, cuando hemos sufrido una circunstancia o pena muy dolorosa que nos ha dejado una profunda huella, realizamos lo que llamamos Kintsugi. Es la técnica de unir las partes rotas de ese evento doloroso, luego abrir esas partes para profundizar en ellas y finalmente mostrarlas con orgullo, resaltando sus huellas y recuperación. En el caso particular del Kintsugi, se refleja directamente en la recuperación de un objeto muy querido, uniendo y pegando sus partes, mostrando sus roturas y reparaciones, para luego rellenarlas con oro u otro material, de manera que todo el mundo vea la aceptación de lo roto, caracterizando con orgullo el haberlo superado».
«Le suplico me perdone por el atrevimiento y acepte la entrega de estas dos bolsas: la primera contiene los trozos de su muy querida taza y la segunda tiene todo el material necesario, incluyendo el oro, para recuperarla y, de esta manera, profundizar en su curación y dejar atrás el dolor y el sufrimiento».
El diminuto anciano se despidió inclinando nuevamente la cabeza y lo dejó solo con la tarea asignada.
Durante varias semanas hizo caso omiso de las bolsas, hasta que una mañana, obstinado por la curiosidad y el reto, decidió reconstruir la taza.
Al principio, y durante varias semanas, todo parecía no tener sentido. Muchas veces las lágrimas brotaban como ríos desbordados; sus pensamientos lo retorcían entre una mezcla de dolor, pena y mucho sufrimiento.
Al concluir la difícil tarea, varias semanas después de compactar y unir todas las partes de la taza, inició con un pequeño taladro la apertura de los gruesos pegamentos, ampliando los surcos con meticuloso cuidado para no romper lo reconstruido.
Finalmente, calentó el oro y lo distribuyó por todos los cauces, rellenando lo viejo y reconstruyendo la hermosa taza.
Al finalizar la tarea, la colocó en la repisa donde antes permanecía la antigua bolsa, para observarla siempre y recordar el perdón, la superación del duelo y la experiencia como aprendizaje.

