La semana pasada, el presidente Trump envió y ordenó a los señores Steve Witkoff y Jared Kushner visitar Moscú, capital de la Federación Rusa, y Kiev, capital de la República de Ucrania, con la decidida intención —pareciera— de, de una vez por todas, acordar los términos que permitan lograr la paz de una guerra de largo alcance, que ya roza los cinco años, con más de tres millones de muertos y que ha puesto a la OTAN, y especialmente a los EE. UU., a inyectar ingentes presupuestos para las operaciones militares, así como armamento que definitivamente ha generado una insuficiencia, en términos de piezas militares, en sus almacenes.
Al producirse la guerra entre estos —EE. UU.— y la República Islámica de Irán, se muestra a todas luces el desabastecimiento de las mismas, la pérdida de poderío militar directo norteamericano y, por supuesto, una derrota casi total en el Golfo Pérsico y sus zonas de influencia.
En palabras sencillas, la orden directa de Trump, intuimos y especulamos nosotros, fue:
«Vamos a congelar esta guerra, porque el gran negocio y el verdadero enemigo está en otro lado».
Además, el Ejército norteamericano, a través de la OTAN, está consumiendo mucho dinero y balas que necesita en otras partes del mundo.
Estamos casi convencidos de que los emisarios de Trump, al visitar Moscú, le indicaron a Putin:
«Te dejamos conservar el territorio que ya ocupas, pero detén el avance militar».
Y a Zelensky le dirían:
«Acepta congelar la frontera actual, determinada por el avance ruso; renuncia a tu solicitud de ser parte de la OTAN y de Europa, porque, si no lo haces, te cortaremos toda ayuda militar y económica».
Y, finalmente:
«Montaremos una zona desmilitarizada controlada por tropas europeas, no norteamericanas».
Esto, con la intención específica de salirse del conflicto ucraniano-ruso.
Washington necesita urgentemente reforzar el frente en Irán y necesita todo el armamento puesto en Ucrania para trasladarlo al Medio Oriente, porque está totalmente embarrado en la zona y sus derrotas cada día son más evidentes, mientras que la fortaleza de la nación persa es mucho mayor.
Ya el problema no es el petróleo, porque acaba de negociar casi todo el petróleo del mundo con Venezuela.
Ahora el problema es cómo moverlo, y el estrecho de Ormuz es el espacio geopolítico ideal. Solo que, en estos momentos, está manejado estrictamente y militarmente por la República Islámica de Irán, y eso sí es un gran y terrible problema. En consecuencia, Trump está obligado a neutralizar a Irán y a expandir el dominio económico norteamericano, tomando como base la imposición del dólar.
Por extensión, es muy importante y obligatorio cerrar el conflicto ucraniano lo más rápido posible, ya que la competencia contra Rusia y China no es especialmente el petróleo, sino la producción de alta tecnología. En función de eso, el Pentágono acaba de intervenir como socio en el convenio petrolífero Venezuela-EE. UU. Con las ganancias producto de este convenio o contrato, se busca desarrollar inteligencia artificial aplicada al combate, constelaciones de satélites militares, armas hipersónicas y chips de última generación.
En conclusión, con el nuevo convenio Venezuela-EE. UU., desde la mirada militar y con el Pentágono como actor fundamental, la administración norteamericana del presidente Trump busca encontrar distancia en el conflicto ucraniano para enfocarse en la lucha tecnológica contra China y lograr el control del estrecho de Ormuz.
Amanecerá y veremos.

