La camioneta Explorer Eddie Bauer, color negro, de placas institucionales, se detuvo en el aparcadero de emergencias del Hospital Universitario. Al instante, a prudente distancia, otros dos vehículos blindados hicieron lo mismo; de inmediato, del interior de estos, doce agentes bien trajeados y fuertemente armados emergieron como hormigas, tomando con sigiloso pero hermético cuidado toda la entrada de la moderna unidad hospitalaria.
La operación fue impresionantemente rápida, limpia y efectiva.
En el interior de su camioneta, el comisario en jefe Valladares estudiaba el informe que Gutiérrez, su escolta y jefe de Operaciones en Casos Especiales, le había suministrado; leía acuciosamente. Sus ojos parecían péndulos fijos que, sin detenerse, buscaban detalles; cada línea parecía ser tragada por un sabueso hambriento. Su entrecejo se fruncía con más dureza al pasar las páginas y, en ocasiones, se detenía, respiraba profundamente, emitía algunos murmullos y continuaba con la página siguiente.
Después de profundas cavilaciones, cerró el expediente, miró a su derecha, luego a Gutiérrez y le dijo:
—Bueno, vamos.
Al bajar del vehículo, Valladares señaló con el dedo índice a la detective Espinoza, quien se acercó al trote, se detuvo a prudente distancia y, en posición erguida y de manera suave pero firme, le dijo:
—Ordene, mi comisario en jefe.
Este, sin mirarla, se despojó de la faja que contenía la funda de su vieja Beretta 92A1 Full Size, calibre 9 milímetros, de quince tiros y dos cacerinas; se la entregó y, colocándole su mano derecha en el hombro, le comentó:
—Te encargo la niña.
La entrada al hospital fue rápida, austera y sin miramientos. Nadie le impidió el paso ni le hizo preguntas. Él mismo se detuvo en Información y le preguntó a la señorita de guardia:
—¿Dónde está el piso de cuidados intensivos?
Esta le indicó:
—Tome el ascensor, llegue al pasillo del piso tres y busque a su derecha la habitación 3CI de cuidados intensivos.
Valladares observó el tumulto de gente alrededor del ascensor y decidió buscar las escaleras.
Su paso era acelerado y enérgico. A pesar de sus ya 65 años, era un verdadero héroe y veterano de la investigación policial en su país. Había sido condecorado con los más altos honores y prácticamente estaba de salida. Tres matrimonios se habían tragado la carrera policial de más de cuarenta años de servicio activo. Cuatro hijos y seis nietos quedaron de aquellas relaciones; a estos, por razones obvias, los veía muy poco. Desde hacía más de veinticinco años vivía solo y ahora solo le faltaban escasos días para que por fin le firmaran su solicitud de jubilación, que durante años él mismo había rechazado.
El presidente de la República le suplicó en muchas ocasiones que se fuera de la institución a descansar, y también lo rechazó; pero ya estaba bueno. La decisión estaba tomada. Se iba en días.
Solo que cuando Gutiérrez, esa mañana, le mostró el expediente de Flor Carolina Fernández Espinoza, la niña de doce años violada por su abuelo y su padre de la manera más bestial y salvaje, a tal punto de producirle casi la muerte, decidió tomar el caso él mismo, por cierto, a regañadientes de toda la delegación policial, que lo quería y respetaba.
Todos sabían muy bien lo dolorosos que eran estos casos para él y lo duro que ejercía la ley, así como la forma en que se ensañaba contra el agresor.
Al llegar al pasillo, se detuvo al frente de la habitación 3CI. De soslayo miró a Gutiérrez, asintiendo con la cabeza de manera afirmativa, y de inmediato el jefe de operaciones le señaló a la tropa de agentes que se distribuyera en el pasillo tomando todos los puntos estratégicos.
Se colocó el tapabocas y entró a la habitación.
Entonces la vio.
Era un minúsculo cuerpecito casi cadáver, producto de meses de cautiverio y hambre. La oreja izquierda había sido totalmente lacerada; parecían guedejas de piel colgando de color rojizo profundo. En la parte frontal de la cabeza, un horrible hueco rodeado de un impresionante hematoma violáceo mostraba el brutal salvajismo. El pequeño y enclenque cuello exhibía claramente los dedos de las manos de los agresores al intentar asfixiarla. El pecho era irreconocible por efecto de las innumerables mordeduras; era como si unos perros furiosos se hubieran concentrado en ese sitio como en el más gustoso festín.
Todavía de sus entrepiernas y primaveral órgano goteaba la sangre que sobresalía de su interior. Observó con cuidado las muy delgadas manos, con algunos dedos fracturados, así como sus uñas moradas y negras. En ellas detectó trozos de cabello de color cano.
Se dio la vuelta para ver el rostro de la niña y entonces comprendió exactamente y de inmediato lo que debía y tenía que hacer.
Los ojos de la niña, entreabiertos, mantenían una mirada sin luz. Parecía como si lentamente su alma se estuviese desprendiendo en un vacío profundo.
El veterano comisario no escuchaba ningún tipo de ruido. La mirada de la niña lo había arrastrado a lo más profundo de la crueldad. Un dolor insoportable le cercenaba el alma. Oía claramente la pena terrible del sufrimiento contenido. Era como si estuviera en presencia de un espectro, un fantasma que le pedía que la dejara ir.
La muerte misma, en carne viva, que se acercaba y le coqueteaba, retándolo, recordándole con una sola pregunta:
—¿Y ahora qué vas a hacer, policía?
El doctor Ramírez, añejo patólogo, entró a la habitación. Le saludó ofreciéndole su mano derecha y, mirándolo a los ojos, observó el rostro del comisario y notó algo extraño en su mirada.
Se conocían desde hacía años y sabía lo preciso y fuerte que Valladares era para castigar a los agresores en estos casos. Solo atinó a decirle:
—Ten cuidado con lo que estás pensando. Recuerda que estás de salida. No vayas a desgraciar tu vida. Esa mirada tuya no me gusta; me trae muy malos presagios.
Valladares le colocó su mano derecha en el hombro y, sin pronunciar palabra, le guiñó el ojo derecho y se retiró.
Al salir de la habitación miró rápidamente a Gutiérrez. Este, sin mediar palabras, le indicó:
—Los tenemos en custodia, jefe. Todavía están en la comisaría y la prensa no sabe nada. Por ahora, sus familiares no saben qué fuerza los tiene detenidos. Nadie quiere saber de ellos. Dígame usted a quién se los damos.
Entonces se detuvo. Miró al piso como si algo se le hubiese perdido. Levantó la cara y llamó a la detective Espinoza, que rápidamente se acercó. Le entregó la Beretta y le dijo:
—Ordene, mi comisario.
Este la miró fijamente. Su mirada era rara, pétrea, insensible. Parecía que todos los odios del universo se concentraban en sus ojos. Era una impresionante rabia que no lo inmutaba. No había temblor en sus manos. Esta rabia no le permitía reflexionar ni pensar. Era el sabueso que tenía a su presa y la iba a destrozar; la iba a devorar salvajemente.
Espinoza tuvo que bajar la cara al sentir que su piel se erizaba, como de gallina, ante aquella penetrante mirada.
Entonces ordenó a Gutiérrez:
—Busquen al Catire, donde quiera que esté, y que se ocupe de estos dos. Que sea lento y con mucho dolor. Que se arrepientan de haber nacido y que los cuerpos nunca los encuentren. Si alguien les pregunta, díganle que yo lo ordené y que es mi total responsabilidad. Sin tribunales, ni testigos ni jueces.

