Por: Antonio Ledezma
El destino de las naciones no está tallado en piedra ni determinado por la fatalidad de sus crisis. Los pueblos que logran levantarse con fuerza y caminar hacia la prosperidad lo hacen porque entienden una verdad fundamental: el verdadero éxito de un país se construye sobre la base de instituciones sólidas, solventes y transparentes, conducidas por líderes preparados, decentes e íntegros. Cuando el respeto a la ética y al Estado de derecho se convierten en los pilares de la República, se abre de par en par el camino hacia un desarrollo humano y económico sin precedentes.
Este renacer requiere, antes que nada, de la formación de buenos ciudadanos. El gran motor del cambio está en nuestras escuelas y universidades, espacios que deben poblarse de estudiantes brillantes guiados por los mejores educadores. Hoy en día, la educación no puede quedarse en el pasado; nos encontramos en una era donde debemos fusionar con audacia la tradición y la vanguardia. Los pizarrones y los libros de siempre deben convivir armoniosamente con la inteligencia artificial, la digitalización y las herramientas derivadas del despegue tecnológico. Dotar a nuestros centros educativos con estos recursos es una prioridad urgente. Si enseñamos a utilizarlos con criterio y visión, moldearemos un talento humano de altísimo nivel.
No soy de los que suelen evocar el pasado exclamando que «todo tiempo pasado fue mejor». Provengo de aquellas escuelas en las que solo contábamos con el aula, el pizarrón, la tiza y la maestra. Ese era mi caso en la escuela Vicente Peña, en mi natal San Juan de los Morros, Venezuela. Fue la realidad en la que fui tallado desde mi infancia y adolescencia. Sin embargo, hoy en día vivimos un ciclo con una enorme diversidad de oportunidades y prolíficos recursos tecnológicos. La conclusión a la que llego es que el futuro que tenemos por delante será superior, siempre y cuando los ciudadanos nos propongamos ser mejores en todos los sentidos.
Será precisamente ese caudal de hombres y mujeres bien formados el que hará de cualquier país una potencia rica, incluso si careciera de recursos naturales; o el que sabrá explotar, con absoluta responsabilidad y sabiduría, sus dotaciones de petróleo, gas, oro y minerales estratégicos como las tierras raras. Todo esto es posible si garantizamos un entorno de plenas libertades individuales y un sistema educativo que forje de manera continua el futuro de la infancia y de la juventud.
Ya sabemos que no es suficiente, ni basta, con gritarle al mundo «tenemos petróleo». Lo indispensable es contar con instituciones solventes; poderes públicos que actúen con independencia de ataduras partidistas, ajenos al nepotismo o al amiguismo corruptor. Tiene que primar la meritocracia, pues solo con los mejores servidores públicos se edifica un gran país. Para ello, hay que contar con planes bien articulados que sean fruto de debates abiertos, con la participación de todos aquellos que estén ganados a proponer ideas positivas, dejando de lado las improvisaciones u ocurrencias populistas. Finalmente, hay que rendir cuentas de forma rigurosa para que resplandezca la transparencia.
Un solo ejemplo reafirma esta convicción: Singapur cuenta con un territorio geográficamente más pequeño que el de la isla de Margarita, ubicada en mi país. Singapur tampoco posee los recursos naturales que abundan en Venezuela. Sin embargo, al apostar de forma radical por la educación de excelencia, el mérito, la planificación y la seguridad jurídica, se transformó en una de las economías más prósperas y avanzadas del planeta. La riqueza moderna ya no se extrae únicamente del suelo; se cultiva en las aulas de clase y en la solidez de sus instituciones.
Necesitamos un país de emprendedores, de mujeres y hombres educados para el trabajo creador, capaces de generar riquezas legítimas para sí mismos, para el bienestar de sus familias y para el engrandecimiento de la nación. Apostamos por personas que aprendan a emprender sin miedo al porvenir, que miren al mañana con fe y que construyan una sociedad unida, libre de racismos, discriminaciones, odios, rencores, fobias o violencia. Soñamos y trabajamos por una ciudadanía distinguida por la solidaridad, decidida a hacer valer sus derechos con la misma firmeza con la que cumple con sus obligaciones.

