Ah, caray. Siempre en la vida se presentan situaciones complejas —o no tanto— donde cada quien toma decisiones y, a veces, las cosas no salen del todo bien. Pero lo cierto es que no siempre tienes la oportunidad de rectificar, porque ya estás hasta el cuello con el problema.
Cuando era chico, en primero de secundaria, empezando a conocer a los compañeros de clases, a uno de ellos se le ocurrió la bárbara idea de robar en la cantina del colegio, porque tenía un hueco por la parte de atrás y él ya tenía varios días sacando pan, tomate, jamón y queso. En fin, éramos cuatro en total y decidimos el momento para cometer la fechoría.
Cuando ya estábamos en posición, yo estaba de último en la fila. Al dar el aviso del comienzo de la operación, todos salieron agachados a realizar la sustracción ilegal, pero este servidor, en vez de avanzar, se fue hacia atrás sin participar para nada. Resultado: los estaban cazando y, justo cuando empezaron a robar, los tomaron por sorpresa, suspendiendo por una semana a cada uno.
Al regresar de la suspensión, me tocó enfrentar una situación bien difícil. Los tres, entre otras cosas, llegaron a decir que yo los había delatado, lo que me llevó a enfrentarlos y, al final, para quitarme el fastidio de varios días, me tuve que ir a las manos en las afueras del colegio para que se acabara por completo el acoso. Si gané o no la pelea no es el detalle, sino lo que me dijo un amigo al final: “Si no te agarra el chingo, te agarra el sin nariz”; es decir, en la cultura popular venezolana, la definición exacta de estar atrapado entre la espada y la pared.
Ahora bien, en el Perú ha llegado la hora de decidir electoralmente quién regirá los destinos del país durante los próximos cinco años. De más está decir que venimos de un largo período de cambios muy nefastos políticamente en los últimos quince años: cambiando presidentes como quien cambia calzones; incluso, con intentos de golpes de Estado, el suicidio de un expresidente, la disolución del Congreso y, para remate, cuando han sacado a un jefe de Estado, ya tiene preparada su cama en un penal.
En esta contienda electoral hubo, para la primera vuelta, 36 candidatos: un verdadero desfile de comparsas deliberantes. Por supuesto, después de acusaciones de fraude, robos, etcétera, quedan dos opciones, como es lógico, para la segunda vuelta. Justo acá aplica el dicho descrito arriba, ya que, entre dichas variantes, no sé quién es peor: la candidata de la derecha, Keiko Fujimori, o el de izquierda, Roberto Sánchez. Ambos están muy parejos en las primeras de cambio. Cualquier resbalón en esta campaña, que termina apenas en unos días —puesto que la elección es el 7 de junio—, podría inclinar la balanza.
La opción Fujimori arrastra, desde su padre, un gran rechazo del cual no ha logrado deslindarse. Además, la tildan de corrupta, mafiosa y pare usted de contar. Incluso, ha estado detenida preventivamente durante varios meses, siendo el fiscal acusador del caso el abogado José Domingo Pérez, quien, a su vez, después de retirarse de la Fiscalía, pertenece hoy en día al equipo del candidato de izquierda. ¿Raro, no?
En la otra banda está Roberto Sánchez, un político de la vieja guardia con un historial cuestionado que incluye denuncias de corrupción, excesos en sus funciones como congresista y acusaciones de deslealtad, pues, siendo ministro, abandonó al presidente Pedro Castillo cuando este intentó un golpe de Estado. Sin embargo, hoy toma sus banderas y símbolos para captar a los votantes que llevaron al expresidente al poder en 2021.
Como si esto fuera poco, está ligado políticamente a un personaje como Antauro Humala, quien alcanzó notoriedad nacional al liderar levantamientos militares de corte radical, como el “Locumbazo”, en 2000 —junto a su hermano Ollanta—, y el “Andahuaylazo”, en 2005, un asalto a una comisaría que dejó cuatro policías muertos y por el cual cumplió más de 17 años de prisión.
Lo más preocupante de todo esto es que el ciudadano común termina votando no por convicción, sino por miedo. Miedo a que vuelva un modelo político rechazado por una parte importante del país o temor a experimentar nuevamente con propuestas que ya dejaron heridas profundas en la economía y la institucionalidad democrática. Esa es quizás la tragedia más grande de la política peruana actual: la ausencia de liderazgos sólidos, renovadores y confiables. El elector no siente esperanza, sino resignación; no escoge un proyecto de nación, sino el mal que considera menos peligroso. Y mientras la política siga convertida en un campo de revancha, intereses personales y polarización extrema, el Perú continuará atrapado en el mismo círculo de inestabilidad que lo ha perseguido durante años.
En definitiva: el chingo o el sin nariz. Cómo escoger entre tan malas opciones para un pueblo que lleva años sin pegar una desde el punto de vista político. Y aunque pareciera que la contienda será reñida, lo seguro es que la incertidumbre será aún peor, con este par de tendencias tratando de llevarse el premio mayor.
Un fraterno abrazo a todos.
Corrector de estilo: Licenciada Milenka Mancilla Velásquez

