Después de varios intentos fallidos y más de cinco horas de supremos esfuerzos, el quinto relevo de 16 hombres formidablemente robustos y fuertes apenas logró levantar y llevar sobre sus hombros el macizo ataúd de madera de pino, con más de 1,90 metros de longitud.
En su interior yacía el cuerpo estirado y frío del general Pinzón.
Desde que el cura Rigoberto Pernía le había echado las últimas salpicadas de agua bendita para iniciar el cortejo fúnebre y retirarlo de la hermosa capilla de Santa Filomena, el ataúd blanco, limpio y exageradamente pulido se había convertido en una monumental carga de extraordinario peso.
El rigor y la tensión en las piernas y brazos del grupo de hombres que tenía como misión integrar el cortejo fúnebre —ya transpirados, desaliñados y descorbatados— eran evidentes y visibles en la aguda presión dibujada en el entrecejo fruncido de las frentes mojadas y saladas de los participantes; característica definitiva del agotador y monumental esfuerzo.
Cinco viudas reconocidas oficialmente fueron llamadas, junto con sus más de 25 hijos, 37 nietos y 15 bisnietos, para que le hablaran y rogaran al finado militar que facilitara la carga y permitiera conducirlo en su último viaje a Dios, en el Campo Santo del Sarpullido.
Pero el efecto fue contrario: el cajón aumentaba de peso con cada ruego y lágrima de las exconcubinas.
Luego llamaron a Saturnino Márquez, quien en vida fue su mayor, más despiadado y terrible enemigo.
Saturnino llegó completamente borracho, con un frasco de miche claro en la mano, y gritándole decía:
—Te perdono, Pinzón. Ya deja de ser necio; vete ya, deja de molestar al pueblo.
Casi de inmediato, el cielo se tornó gris y un trueno ensordecedor se hizo sentir, silenciando los gritos del emblemático bebedor.
Luego sobrevino un frío extraño, acompañado de una brisa gruesa y punzante.
El efecto del escándalo de Saturnino fue tan devastador que el peso del ataúd aumentó de tal manera que resultaba imposible moverlo y, en consecuencia, para resolver el asunto llegaron a pensar en la gigantesca grúa de construcción italiana del mecánico Geovani.
Ya agotados por la larga y extenuante rutina mortuoria, decidieron hablar con el alcalde y el cura para no avanzar más y enterrarlo allí, en el jardín de la iglesia, entre rosas, tulipanes, girasoles, margaritas y begonias.
Las asambleas y deliberaciones sobre el especial entierro en terrenos públicos pertenecientes al municipio y, por supuesto, a la capilla de Santa Filomena se extendieron por más de un año y seis meses. Mientras tanto, allí dejaron abandonado el blanco ataúd; más tarde, alguien —de quien nunca se supo— colocó un inmenso plástico negro con la intención de proteger el impresionante cajón de la intemperie.
Al pasar los días, meses y años, mucha gente fue a ver el cajón solitario. Inclusive, se organizaron viajes turísticos al pueblo de San Andrés, donde el principal atractivo era contemplar el ya desmerecido féretro incoloro.
Se hizo tan popular el cajón que, alrededor de este, aparecieron las populares ventas de café y agua de panela, algodón azucarado, deliciosas barquillas, paletas de helado de múltiples colores y posicles. Como si fuera poco, se organizaron festivales musicales y culturales de todo tipo. Músicos y cantantes de todas las regiones se presentaron frente al cajón entonando las más tristes y alegres canciones; juglares con zancos hicieron maravillas con su equilibrio, y los saltimbanquis y payasos se robaron las sonrisas de los extasiados presentes.
También se organizaron exquisitos encuentros de comida popular, donde los olores de las carnes a la parrilla con ensalada de repollo y rusa, marrano frito con papas y yuca, empanadas de queso, así como pasteles de yuca y carne molida, agradaban el paladar provinciano.
También se le colocaban ofrendas como pago por milagros o promesas: curar el vitíligo, orzuelos, piojos, sarpullido inglés o sarna, lombrices, sabañones, pecueca y mal olor en las axilas. Inclusive, muchas parejas se unieron en matrimonio usando el viejo féretro como púlpito y consagración del privado sacramento.
A los dos años, seis meses y 29 días exactos, un domingo por la mañana, día de San Profano, una mujer sombría, tuerta, vestida con harapos negros y sin zapatos, acompañada por una bella adolescente de escasas 17 primaveras, se acercó al cajón maloliente y ya nauseabundo. Colocó la mano derecha sobre la resistente madera y, en susurro, dijo:
—Vete tranquilo, Pinzón. Acá está tu hija Esmeralda; vino a despedirse y a pedirte la bendición. Y, como te lo prometí, nadie sabe de ella y todavía está bajo mi resguardo.
Esmeralda colocó su mano sobre la ya roída caja, pidió la bendición y se marchó en silencio.
Aquella noche llovió incesantemente. Las calles se inundaron y los truenos y relámpagos hacían correr a los perros. Las crecidas de las quebradas se llevaron todo a su paso: sillas, mesas, licuadoras, tortugas y pare de contar, obligando a los habitantes de San Andrés a buscar refugio. Las calles eran impresionantes ríos caudalosos. Tres días duraron las crecidas y hubo muchos desaparecidos y heridos.
Al finalizar la catástrofe, las evaluaciones de los organismos de seguridad y saneamiento eran terribles: la desgracia se había llevado todo.
Entonces recordaron al muerto y fueron a ver el viejo cajón del general Pinzón, pero no lo encontraron. Buscaron por todos lados y en diferentes lugares, y no lograron ubicar el impresionante ataúd; sencillamente ya no estaba. Nadie supo dar explicación ni razón alguna sobre la desaparición de la Caja Blanca, como popularmente la llamaban.
Lo cierto es que una anciana tuerta, en profundo silencio, acompañada de una hermosa mujer, iba todas las mañanas a las orillas del río llevando y arrojando margaritas, begonias y tulipanes cortados del jardín de la capilla.

