Ante el profundo silencio del emperador Hirohito:
El llamado:
… “Silencio del Dios viviente” …
Un soldado japonés comenta:
… “El pueblo en su totalidad ya no cree en la guerra y menos en la victoria; entonces nos preguntamos: ¿por qué peleamos?, ¿qué defendemos?” …
Un oficial japonés le responde:
… “Peleamos por el honor y la dignidad de nuestro inmenso emperador Hirohito, soldado, y pelearemos a toda costa, inclusive hasta la última gota de sangre del último ciudadano japonés” …
En consecuencia, el primer ministro Hideki Tojo, comandante general del Ejército nipón, al percibir ya la aplastante y terrible derrota, ordenó a los pilotos kamikaze morir con honor.
Miles de aviadores hicieron el sacrificio supremo.
Un piloto kamikaze, antes de morir, comentó:
… “Se han dado las órdenes para ejecutar el ataque del que nunca volveremos. No me arrepiento de absolutamente nada; lo único que he de hacer es cumplir la misión para la que he sido adiestrado y obedecer la voluntad imperial” …
Entonces, el 17 de julio de 1945, en la conferencia de Potsdam, el presidente Harry S. Truman informó a Iósif Stalin sobre el desarrollo de una bomba con características nucleares y una capacidad de destrucción masiva nunca antes vista. Este guardó silencio, ya que tenía información del proyecto, al contrario de Winston Churchill, que no estaba plenamente al tanto.
Al día siguiente, Stalin se moviliza para lograr el control de Japón antes que los norteamericanos, con:
- Un millón y medio de hombres.
- 86 mil vehículos de guerra.
- 30 mil piezas de artillería.
- 5.500 tanques.
- 3.800 aviones.
Ante el ultimátum de Truman pidiendo la rendición del ejército japonés, estos buscaron negociar con Stalin, sin saber lo que este les tenía preparado. En consecuencia, el ejército norteamericano, al ver esto, aceleró el lanzamiento de las dos bombas de Nagasaki e Hiroshima desde el 6 de agosto de 1945, destruyendo así al Imperio nipón e intentando impedir la entrada soviética por Manchuria.
El copiloto del Enola Gay, Robert Lewis, al ver el resplandor intenso de la explosión, exclamó:
… “Dios mío, ¿qué hemos hecho?” …
Luego del bombardeo nuclear, el ejército japonés siguió peleando sin capitular y, como si Hiroshima —con más de 80 mil víctimas instantáneas— fuera poco, arreciaron los combates.
Entonces Stalin invade Manchuria y declara la guerra a Japón.
La ofensiva soviética fue brutal y aplastante; al ejército japonés solo le quedó gritar banzai y atacar con bayoneta calada, cuerpo a cuerpo contra el enemigo, pero la matanza fue demoledora.
Ante la acción soviética, el ejército norteamericano atacó de nuevo el 9 de agosto del mismo año, lanzando la segunda bomba nuclear, “Fat Man”, planificada sobre Kokura, pero que, por problemas climáticos, fue desviada a Nagasaki.
Ese mismo día, 9 de agosto, el “Dios viviente”, Hirohito, rompió su silencio y aceptó la rendición.
Ahora solo restaba decidir ante cuál de las dos potencias rendirse y bajo qué condiciones. El principal obstáculo, para sorpresa de todos, fue la permanencia o no de Hirohito.
La Unión Soviética no aceptaba su continuidad, mientras que los norteamericanos sí estaban dispuestos a negociar su permanencia. En consecuencia, el ejército japonés se rindió ante Estados Unidos el 12 de agosto de 1945.
El 15 de agosto de ese mismo año, el pueblo japonés escuchó por primera vez la voz del emperador, arrodillándose ante los radios que transmitían el mensaje:
… “Debemos soportar lo insoportable: la rendición” …
Luego se produjeron miles de suicidios entre los ciudadanos japoneses; la población se hundió en la depresión y la humillación, los generales cometieron harakiri, y el país se sumergió en un silencio doloroso y sepulcral.
Nadie habla de la invasión ni del control soviético, ni de Stalin como figura dominante en parte de Asia.
Más tarde, todos los oficiales japoneses serían enjuiciados al estilo de los juicios de Núremberg, menos el emperador Hirohito, a quien el ejército invasor norteamericano y la nueva potencia nuclear protegieron.

