Los días 23, 24 y 25 de junio de este año, el presidente Donald Trump emitió unas declaraciones tan destempladas y miserables que solo la desproporción de estas se nivela y se iguala con el grado de enfermedad narcisista y psicopática que únicamente este ser tan despreciable puede transmitir.
Asumiendo ya la campaña para intentar lograr y consolidar su triunfo en las próximas elecciones de medio término, previstas para el 3 de noviembre de este año, y buscando evitar la descapitalización de su partido y de los comités políticos, por un monto superior a los 4 mil millones de dólares destinados a publicidad, el presidente Trump pronunció un discurso de una intención miserable, desmedida y, diríamos, extraordinariamente deshumana, que en la Cofradía hemos calificado como una narrativa descolocada y, fundamentalmente, llena de yuxtaposición y crueldad supina.
Delante de trabajadores en Pensilvania dijo lo siguiente:
«El país, Venezuela, es muy feliz y la gente baila en las calles. Esto porque los golpeamos muy fuerte y fue una guerra de un solo día. Hemos recuperado 28 veces el costo de la guerra mediante la extracción de millones de barriles de petróleo. Todo esto, a pesar de haber sufrido una catástrofe natural, donde ya hemos enviado ayuda logística, hospitales móviles y equipos de rescate para ayudar a nuestros nuevos y grandes amigos».
Analicemos el contenido real de esa tóxica y yuxtapuesta declaración, llena de cinismo y crueldad supina.
1. Lo primero que debemos indicar es que esta narrativa está dirigida al consumo interno de los EE. UU., utilizando a Venezuela, en plena desgracia natural producto de los terribles terremotos, como palanca propagandística dirigida al votante estadounidense para lograr su apoyo. Asimismo, busca hacer creer que la operación del 3 de enero se pagó por sí sola y con grandes dividendos económicos, beneficios que —según el discurso— van directamente a mejorar el bolsillo de los ciudadanos norteamericanos, específicamente mediante la independencia energética (caso Irán) y el acceso a combustibles más baratos.
2. Al plantear que Venezuela «es feliz y baila en las calles», pretende justificar las acciones bélicas y la invasión silenciosa, aislando a su administración de críticas y acusaciones por violaciones de derechos humanos e intervención militar. De esta manera, presenta la intervención norteamericana en nuestro país como un éxito limpio, definitivo y, además, humanitario.
3. Como sabe que un evento de tal magnitud, como los terremotos, podría generar situaciones de conflicto —saqueos, enfrentamientos entre grupos de la población o incluso la pérdida del control de la Casa Blanca sobre el Gobierno encargado, al fortalecerse este políticamente gracias a la atención de la emergencia (razón por la cual existen sectores de la oposición que apuestan al fracaso del Gobierno)—, yuxtapone inmediatamente una narrativa de solidaridad cuando afirma que ya envió logística, hospitales móviles, altos oficiales del Comando Sur y la flexibilización de las sanciones hasta el 23 de octubre de este año. Con ello busca mostrarse ante los pueblos del mundo como un hombre solidario y abierto, aunque manteniendo el control sobre todos los aportes que lleguen a Venezuela.
En pocas palabras, a la administración Trump no le interesa que la desgracia se desborde, que se generen disturbios o que se ponga en peligro la estabilidad política y, en consecuencia, se dificulte la extracción petrolera. Lo que busca es que el votante norteamericano perciba que lo que está haciendo en Venezuela beneficia directamente su bolsillo y la estabilidad económica de los Estados Unidos.
4. Esta destemplada declaración también demuestra que existe una desconexión entre el triunfalismo galopante de la Casa Blanca y la compleja realidad del control sobre el terreno, específicamente sobre la administración encargada de la presidenta Delcy Eloína, la cual muestra un chavismo denominado 3.0 que mantiene intacta la estructura del gobierno chavista original.
Podríamos afirmar, casi con certeza, que el gobierno de Trump concentra sus esfuerzos en el tutelaje energético —extracción petrolera y explotación de minerales— y en el ámbito militar, más no en la acción directa sobre la gobernanza de la administración encargada. Este tutelaje, que algunos han denominado Protectorado Transaccional (Centro Gumilla, revista SIC), contradice la idea de un control absoluto de la Casa Blanca. En este contexto, el Gobierno encargado continúa solicitando la eliminación de las severas sanciones unilaterales que afectan la economía nacional, reflejadas en el incremento acelerado del dólar, la constante devaluación del bolívar, los salarios prácticamente inexistentes, la inflación y la especulación descontrolada.
Desde la Cofradía consideramos que los devastadores terremotos del 24 de junio, que hasta la fecha han dejado más de 1.600 fallecidos, más de 3.000 heridos, más de 60.000 desaparecidos y millonarias pérdidas en infraestructura y vialidad, han puesto en evidencia las limitaciones del llamado tutelaje de Washington sobre el terreno y sobre Venezuela. Pareciera que la actitud de prudencia estratégica asumida por la presidenta encargada, al evitar confrontar directamente a Trump, comienza a dar resultados.
5. La afirmación del presidente Trump de que se está llevando millones de barriles de petróleo no se ajusta a la realidad. La industria petrolera nacional permanece profundamente deprimida, al igual que el sistema eléctrico, que constituye la base de la producción de hidrocarburos. Se requieren más de 180 mil millones de dólares de inversión para que ambos sectores comiencen a operar de manera eficiente. Solo el sistema eléctrico demanda la recuperación de entre 3.000 y 4.000 megavatios de capacidad.
En la Cofradía creemos que el verdadero control es financiero y no operativo. No está en los pozos petroleros, sino en los bancos internacionales, donde se depositan los recursos provenientes de las exportaciones de petróleo, estimadas en unos 8 mil millones de dólares. En otras palabras, el presidente Trump pareciera manejar la billetera. Todo indica que Washington controla las finanzas derivadas de las exportaciones y buena parte de la política exterior, mientras que el gobierno de Delcy Eloína conserva márgenes de autonomía en la administración interna.
Finalmente, la yuxtaposición y la crueldad supina presentes en la narrativa del presidente Trump resultan profundamente morbosas y crueles, pues utilizan el sufrimiento de una población golpeada por dos devastadores terremotos para obtener réditos electorales. Esa crueldad narcisista puede apreciarse en tres argumentos fundamentales:
1. Negación de la tragedia frente a la catástrofe real.
Cuando afirma que «Venezuela es un país feliz que baila en las calles», desconoce que la realidad es la pérdida de más de 1.600 vidas humanas, más de 3.000 heridos, decenas de miles de desaparecidos y cuantiosas pérdidas en infraestructura y vialidad.
2. El sufrimiento humano convertido en un activo financiero.
Presenta la guerra como una inversión recuperada con creces y construye un discurso triunfalista en el que los EE. UU. reducen la supervivencia de una nación a una simple transacción económica de cobro y pago. En términos sencillos, la ayuda a Venezuela aparece concebida como el mantenimiento técnico de un protectorado.
3. La subordinación de la verdad histórica a la estrategia electoral.
En definitiva, la yuxtaposición y la crueldad supina presentes en la narrativa del presidente Trump muestran cómo la empatía y la verdad histórica quedan subordinadas a un guion de campaña diseñado para influir en las elecciones de medio término.

