Por: Antonio Ledezma
La reconstrucción del país exige empoderar las regiones que el centralismo asfixió y convocar la inmensa reserva de talento que más de 9 millones de venezolanos acumulan en el destierro.
La reconstrucción de Venezuela exige un doble movimiento simultáneo: liberar las energías creadoras que el centralismo asfixió dentro de nuestras regiones, y convocar la inmensa reserva de talento que más de 9 millones de venezolanos acumulan en el destierro. Quien pretenda levantar al país prescindiendo de cualquiera de esas dos fuerzas, está condenado a repetir el fracaso.
He defendido con insistencia que la diáspora dejó de ser un drama para convertirse en nuestro capital más formidable. No hablo en abstracto: lo viví aquella mañana de noviembre de 2017, cuando pisé Cúcuta tras más de mil días de injusto encierro, cargando la misma añoranza que describió Andrés Eloy Blanco cuando le escribió a Gallegos: “vete caminando de espaldas para que sientas que estás volviendo”. Millones de venezolanos se acuestan y se levantan con ese mismo dolor de patria ausente. Pero en el destierro no se esterilizaron: aquilataron conocimientos, asimilaron culturas de vanguardia, levantaron empresas prósperas en Berlín, en Santiago de Chile, o en Madrid.
Irlanda convirtió su nostalgia en el Tigre Céltico. Israel estructuró un vínculo indisoluble con sus comunidades globales. Taiwán diseñó parques tecnológicos para repatriar cerebros. Venezuela puede y debe hacer lo mismo.
Nuestro talento podrá volver para reconstruir, solo si hay un país institucional que lo reciba. Y eso pasa por devolver competencias reales a las regiones. El modelo hipercentralizado que destruyó la descentralización conquistada en 1989 convirtió a gobernadores y alcaldes en administradores subordinados, asfixiados financieramente, sometidos al chantaje presupuestario. Los llanos con su reserva agropecuaria, Guayana con sus empresas básicas paralizadas, Oriente con su vocación pesquera y turística, los Andes con sus universidades — cada rincón del territorio alberga una inteligencia colectiva que solo necesita confianza, no tutelaje.
Ahora bien, nada de esto se materializa sin una condición previa: elecciones libres con fecha cierta. Como se lo comenté esta semana al diario chileno El Mercurio, no olvido el consejo que me dio el expresidente Patricio Aylwin en mi visita a Chile en el año 2010: “Aseguren una fecha para elecciones y lo demás vendrá después”. Tenía razón don Patricio. Un diálogo opaco que excluye a María Corina Machado — ungida con el 93% de los votos en primarias celebradas en 2023 — y que recicla al mismo maromero de procesos fallidos anteriores, solo genera incertidumbre, no confianza. Justo lo que la dictadura necesita para perpetuarse.
De estos y otros temas necesarios para la reconstrucción de Venezuela, hablaremos este lunes 10 de agosto, en el foro “La Venezuela que viene” organizado por el Observatorio Geopolítico de América Latina (OGAL), allí abordaremos, junto a Humberto Calderón Berti — expresidente de la OPEP y de PDVSA —, la pregunta que nos convoca a todos: ¿cómo será posible reconstruir nuestro país? Los invito a acompañarnos en vivo por Zoom, a las 12 del mediodía hora Venezuela, 6 de la tarde hora España. Porque la Venezuela que viene se construye con ideas, con propuestas concretas y con la participación de todos los venezolanos, estén donde estén.

