Anastasia, su esposa, le tomó la mano. En esta ocasión lo hizo con arraigado sentimiento; sabía que Federico, el hombre que la acompañó por más de 40 años, se le iba.
Luego acarició la frente encendida en fiebre y retiró los augustos mechones de canas con cariñoso cuidado. Le miró fijamente, como buscando detalles.
Era un hombre buenmozo, a pesar de sus 90 años y de su larga y terrible lucha contra el cáncer de colon. Su rostro, ahora enjuto, se combinaba con la permanencia de las huellas del entrecejo fruncido; los labios muy finos y la nariz alargada producían una sensación de hundimiento en sus ya añejos pómulos. La respiración entrecortada daba cuenta de los estertores y sibilancias sintomáticos de las postrimerías del desenlace final.
Con cuidado se separó de Federico y, agachándose, buscó por debajo del camastro la bacinilla y el orinal.
Los vapores de la excreta y los meados, aunque nauseabundos, ya no le molestaban. Durante más de 60 años, Federico le había enseñado a diagnosticar las enfermedades por los olores, la espuma y el color de los orines, así como por las texturas, colores y formas de las heces fecales.
Al llegar al retrete, los volvió a oler y observó lo que ahora era una pasta blanca y muy líquida de La Merde. Entonces, mirando al techo, asintió de manera convencida ante la cercanía ineludible de la muerte.
Antonio Federico Pinzón Garcés había estudiado el antiguo arte de diagnosticar enfermedades oliendo y observando la orina y las heces fecales. Era ofresólogo, y su principal texto era el Papiro de Ebers, además de muchos escritos alquímicos de Paracelso.
Lo miasmático era su fuerte; su oficio era atávico. Su padre y su abuelo fueron notables oledores de orina y heces.
Federico había cultivado una gran reputación curativa debido a la impresionante atención y curación de su majestad dentro de la realeza borbónica.
Cuentan que un viernes por la noche, después de comer medio puerco en salsa, aderezado con pimientos verdes, tomates manzanos y picantes con zapallo, así como papas hervidas con cilantro y perejil, acompañadas con cinco patas de res en almíbar agridulce como primer plato; y de segundo, frijoles con chorizos ahumados y jamón serrano. Para libar, 18 botellas de vino tinto y blanco, de preferencia alemán, de las regiones de Rheingau y Mosela, de gran riesling.
Su majestad el rey sintió un ligero malestar estomacal, así como una pequeña pero creciente inflamación del lado derecho de su ya muy abultado estómago.
Muchos especialistas de gran renombre le habían visto, y ningún tratamiento ni medicamento había sido efectivo. Le habían indicado té de menta, boldo y verónica; bicarbonato con agua tibia; extracto de jugo de limón y manzana; plátanos guisados rallados con agua y sal; té de granada tierna, así como ungüentos de mentol y aceite de ricino aplicados en la impresionante barriga y nariz.
Pero, por el contrario, su majestad se complicaba más. El color de su piel era ya amarillento, casi verde; el sudor, grueso y pegajoso, y expedía un olor a aserrín viejo combinado con azufre. Ya se notaba una coloración violeta que avanzaba desde el tórax hasta su vientre, dando esta una sensación de un gigantesco globo a punto de explotar.
A ocho días de total estreñimiento, la angustia de su majestad era insostenible e insoportable.
Cuando Federico llegó a palacio, el olor nauseabundo del enfermo revoloteaba a kilómetros.
Al ver al rey, inmediatamente notó la gravedad del asunto. Entonces tomó una pera para lavativa anal, inclinó al paciente de lado e introdujo el enema en el recto, aplicándole todo el líquido contenido en el instrumento. Repitió el procedimiento tres veces consecutivas.
Al finalizar la tercera aplicación, se escuchó un crujido estomacal ensordecedor y, casi de inmediato, entre retorcijones y gritos de su majestad, una explosión muy potente se abrió paso, dando lugar a una serie de expulsiones de material pastoso, de color negro y marrón, combinado con líquido biliar, que impactó paredes, pisos y techo.
Toda la habitación real apestaba y las descargas eran imparables y cada vez con más fuerza.
Cuatro horas duraron las descargas. La habitación en su totalidad era un desastre: había excrementos, orines y líquidos biliares por doquier. Los olores eran insoportables. La ropa de Federico y las cortinas de los ventanales de palacio eran verdaderos chiqueros. Cuando miró hacia el techo fue que se dio cuenta de la potencia de las descargas.
En ese momento recordó la ocasión en que atendió a su santidad Benedicto XVI; era muy similar, solo que en aquella ocasión a su eminencia se le escapó una fuerte flatulencia o ventosidad, acompañada de sustancias entre sólidas y líquidas, que fueron a impactar directamente contra el Sagrado Corazón de Jesús crucificado, ubicado en la parte trasera del púlpito.
Todo esto ocurrió en presencia de miles de feligreses asistentes a la homilía referida a la limpieza espiritual, que cada 15 días dictaba el Vaticano.
Estos, sorprendidos por el chispeo excretor, corrían despavoridos cubriéndose la nariz ante lo insoportable de la fetidez.
De vuelta a palacio, los gritos de la servidumbre lo sacaron de su cavilación. Rápidamente sacó dos recipientes de vidrio de su maletín: en uno colocó una muestra de excremento de color marrón y negro, y en el otro, la orina espumosa y turbia. Empezó a olerlos, a observarlos y a tomar nota en su cuaderno.
Siete días fueron necesarios para perfumar y utilizar esencias aromáticas en la limpieza de palacio. El diagnóstico sobre el padecimiento de su majestad no era muy bueno: tenía hígado graso, irritación de colon y piedras en la vesícula. Le indicó una dieta rica en frutas y verduras, mucho líquido y, durante 60 días, un ponche de sábila.
Anastasia le escuchó quejarse y un grito desgarrador estremeció la habitación. Depositó los fluidos y sólidos en la poceta, bajó el agua y rápidamente corrió en su auxilio.
Entonces, con extraordinaria dificultad para respirar y abriendo desorbitadamente los ojos, Federico le preguntó:
—¿Cómo están las descargas?
Ella, su mujer, le tomó la mano y, sin emitir ninguna palabra, afirmó de manera negativa con la cabeza, mirándolo fijamente a los ojos.
Federico cerró los ojos y se dijo en silencio:
—Me estoy muriendo…

