A veces, los recuerdos que más permanecen no son los de los grandes logros, sino aquellos momentos sencillos donde la risa, la amistad y la inocencia llenaban las tardes sin que nos diéramos cuenta de lo valiosos que serían con el paso del tiempo. Y de pronto, regresan a la memoria como si los años nunca hubieran transcurrido.
Desde niños vamos guardando historias, enseñanzas y pequeños tesoros que nos acompañan toda la vida. Algunos conservan juguetes; otros, fotografías o lugares especiales. Pero hay algo que solemos cuidar con un cariño distinto: los amigos de la infancia. Esos amigos que, con los años, dejan de ser solo compañeros de aventuras para convertirse en hermanos del alma, porque las experiencias compartidas crearon un vínculo tan profundo que siempre nos hacen sentir en casa, en familia.

Yo he tenido el privilegio de contar con muchos de estos hermanos, cerca o a la distancia; sin embargo, hoy me referiré en especial a dos de ellos directamente: César Augusto Guzmán Benavides y Carlos José Salazar Viñoles. Con este par de personajes me tocó vivir muchas aventuras de niño. De más está decir que contamos con la misma edad, pues nacimos el mismo año, Carlos en abril, César en mayo y yo en enero. Ambos provienen de familias honorables y unidas donde los valores y principios han sido parte fundamental en la crianza y forjamiento de seres útiles a la sociedad.
Los pilares de estas familias: Ovidio Salazar (+) y Ocadencia, por parte de Carlos José; y Natividad Guzmán “Nagun” (+) y Jestine, por parte de César Augusto. Ellos estuvieron muy unidos a mis padres, Agustín García Millán (+) y Gloria (+), por ser fundadores de la Urbanización Boyacá, en Barcelona, estado Anzoátegui, Venezuela. Todos fueron emprendedores de unión y confraternidad, yendo más allá de ser simples vecinos, donde la honestidad y la honorabilidad fueron, entre otras, las características principales que regían sus actos.
Ahora bien, estos dos hermanos de la infancia poseían apodos que hoy en día siguen vigentes: Carlos «Patón» y César «Guacharaco». El porqué de los apelativos es lógico: Carlos tenía el pie muy grande para su edad y César una voz tan aguda e irritante que se asemejaba al sonido del ave guacharaca.
Cabe destacarse, además, que cuento con el privilegio de haber bautizado una niña en cada uno de ellos: Karla Rosalía Salazar León, hija mayor de Patón, y Valeria del Valle Guzmán Cedeño, hija mayor de Guacharaco. Ambas son hermosas, delicadas y honorables ahijadas.

Por otra parte, la fama de ambos en travesuras era muy notable, según los comentarios de los vecinos. Voy en orden de edad:
Carlos no era tan travieso, aunque si lo retabas a una aventura había que agarrarlo; esa característica la conserva de adulto. Es conocido además por ser muy ocurrente, oficioso, espontáneo, ingenioso y diestro a la hora de trepar, bien sea paredes o árboles.
César, muy trabajador y sagaz, tenía el verbo apuntalado en sus ambiciones y propósitos claros, reconociendo la oportunidad y aprovechándola al máximo para su ventaja. Por eso sabía la debilidad de Carlos por los retos y siempre lo andaba azuzando; es decir, se juntaron el hambre y las ganas de comer.
Dentro de este orden de ideas, este servidor, desde chico, siempre fui casero, lo que hasta el día de hoy se confunde con estar «sometido por mamá». Lo aclaro: mi difunta madre, Gloria, escuchaba que este par de bandidos (Carlos y César) me llamaban desde la calle. Ella me avisaba para que saliera a jugar, y yo le respondía que no quería salir, pues estaba distraído con los juguetes en mi habitación o viendo los programas de televisión de la época (Meteoro, Batman, Ultra 7, El Zorro, etc.). Justo ahí venía el grito —«¡Vaya con sus amigos a jugar!»—; por supuesto, ponerme los zapatos y correr era un solo acto. La verdad, hoy disfruto cuando me echan broma sobre lo de «sometido por mamá» e inventan cada cosa tanto César como Carlos.

Paso a relatar algunas de las anécdotas vividas con estos personajes, reconozco obviar algunas por ser no aptas públicamente.
— AL ENTRAR CREAMOS UN CAOS…
En una oportunidad, en vísperas de carnaval, salgo a jugar como de costumbre. Justo viene saliendo de su casa Alejandro Córdova, que vivía al frente de la mía. Lo veo con una bolsa llena de bombas de agua, el arsenal clásico de la temporada, y le pregunto:
—¿Para dónde vas? —le digo.
—Para el «conuquito» —responde— (la Unidad Educativa que estaba detrás de la Urbanización Boyacá).
A los segundos se une César «Guacharaco» Guzmán, cargando otra bolsa del mismo calibre, y me dice con tono de general de guerra:
—Vamos, tú te encargas de pasarnos las bombas.
Y me entrega una de las bolsas con la siguiente instrucción digna de película:
—Al entrar creamos un caos echándole bombas a los alumnos.
Nos dispusimos a esta aventura, como si fuéramos tres comandos de agua. Esperamos que sonara el timbre del recreo, listos para la misión. Apenas sonó, nos acercamos al recinto educativo y, al entrar, comenzó la lluvia. Lanzaban bombas de agua a todo el que se moviera, y yo, fiel asistente de artillería, repartía municiones con precisión militar.
De repente, del salón sale el director. Y César, sin medir consecuencias ni jerarquías, le lanza una bomba directo al pecho. ¡Impacto total! Hasta ahí llegó la guerra acuática. Empezó la retirada inmediata: risas, gritos y una huida que parecía una escena de acción en cámara lenta. Ya en la urbanización, nos refugiamos en mi casa. César, con la cara más pálida que el agua de las bombas, me dice:
—El director va a venir a mi casa; él conoce a mi mamá.
—Y solo a ti se te ocurre pegarle una bomba al director. ¿Qué vas a hacer? —le pregunto.
—Quedarme aquí contigo —responde.

Pasamos la tarde hablando y jugando, como si nada. Hasta que a las siete de la noche se escucharon los gritos de su papá desde la calle, y César se puso más blanco que la harina. No quería ir porque sabía lo que le esperaba. Mi mamá, sin sospechar nada, nos dio de cenar. A las nueve de la noche el sueño me vencía, así que le dije que ya era hora de que enfrentara su destino. Y así fue. Le dieron su buen regaño, mientras en mi casa jamás se enteraron de esta travesura acuática.
— YO ROMPO ESE…
En cierta ocasión teníamos ganas de tomarnos una botella de anís y no había mucho dinero. Entre varios fuimos reuniendo poco a poco la plata para comprarla y nos dirigimos a la casa de César para que él sacara la silla y la cava. César saca la primera silla y pone la botella detrás de una de las patas. Yo me dispuse a sentarme, pero tropecé con la botella, que se rompió en el acto. Con la mirada que me echaron todos, lo único que hice fue correr, si no me mataban. Después de zafarme de la persecución me volvieron a aceptar en el grupo; hicimos otra vaca y compramos otra botella.
Casi al mismo tiempo se fueron sumando más personas a la parranda y la condición para estar con nosotros era comprar una botella. César Guzmán se pone unos zapatos tejidos para estrenarlos y se pone a exhibirlos como si fuera un trofeo. Al frente de él estaba Juan Salazar Viñoles, ya pasado de tragos, que sin aviso vomita sobre dichos calzados.
—¡Juancito, tú sí eres arrecho! —exclamó César.
No le quedó más remedio a Guacharaco que cambiarse.
Avanzada la madrugada, José Alberto Hernández, «El Negro», hizo buenas interpretaciones tocando el cuatro junto a sus hermanas, deleitando a los presentes en la reunión dispuesta en plena calle. Como a las 4:00 a.m. se llevaron al Negro a su casa, dejando el instrumento. Minutos después, Guacharaco con el cuatro en la mano y Patón empiezan a conversar sobre cómo este último, trabajando en Vivex (empresa de vidrios para automóviles), rompía vidrios con su cabeza. Entonces Guacharaco le dice que el cuatro es de madera dura.
—Carajo, Guacharaco, yo rompo ese cuatro con mi cabeza —dice Patón.
—Ah, te rompo el cuatro en la cabeza, Patón —responde César.
—Dale pues, para que veas —interviene Carlos.
Sin pensarlo, César le puso el cuatro como un sombrero al Patón, rompiendo por completo todo el instrumento.
—No te dije, Guacharaco, que lo rompía —dice Carlos.
— QUÍTAMELA…
En Venezuela, por temporada de carnaval, se acostumbra a mojar a la gente.
En una oportunidad César y yo estábamos a las afueras de una bodega con un recipiente (tobo) lleno de agua. En eso, una chica entró al abasto; yo la seguí para mojarla. Ella, al darse cuenta, me empuja y caigo al piso. Lo siguiente fue recibir golpes con el mismo tobo. Yo le gritaba a César:
—¡Quítamela, quítamela!
Pero éste estaba privado de la risa, como si fuera jurado en concurso de comedia. Rato después le reclamé y César me confesó que él mismo le había dado el tobo a la chica para que me golpeara.
— TRAÍA ALGO ENVUELTO EN UNA TOALLA…
En cierto momento, César y Carlos me llaman a mi casa para salir a jugar. Luego acordamos ir a robar mangos. Llegamos a una casa y decidimos que ellos subían a la mata y yo me quedaba abajo recogiendo los mangos que iban lanzando. Todo marchaba bien hasta que se escucha un ruido.
Yo salí a la parte de afuera de la casa mientras ellos seguían arriba en la mata. De pronto sale un señor mayor arrastrando una mecedora y, en la otra mano, traía algo envuelto en una toalla. Me quedé mirándolo fijo, y los muchachos arriba, congelados, también observaban. El señor se sienta con calma en la mecedora, pone la toalla sobre las piernas y, cuando la abre… ¡era una escopeta! No esperé segunda parte: salí corriendo como alma que lleva el diablo.
Al rato, César y Carlos se lanzaron de la mata como si fueran paracaidistas y, en la caída, asustaron al pobre viejo, que casi se va de verdad con la mecedora incluida. Pasaron por mi casa buscando los mangos… pero yo ya estaba dormido, seguro soñando con una huida sin escopetas.
— TENGO QUE IRME A LA CASA RÁPIDO…
Una vez, un sábado en la noche, iba saliendo a una fiesta. Eran las 11:00 y veo a César afuera de su casa. Me llama y, cuando me acerco con el carro, me pregunta para dónde voy. Le cuento, y me dice:
—Voy contigo, espérame un momento.
Se monta en el carro y nos vamos a la fiesta. Ya eran las 5:00 de la mañana y aquello estaba terminando cuando César, de pronto, me suelta:
—Tengo que irme a la casa rápido, se me olvidó algo.
En el camino me repite, apurado, que me apure, que lo que olvidó es importante. Cuando llegamos, me dice entre nervioso y risueño:
—Anoche estaba con una chica en mi casa, solos. Y justo llegó mi mamá. Del susto la metí en el clóset del cuarto… y me fui contigo a la fiesta.
Entró corriendo a su casa, fue al cuarto y ahí estaba la muchacha… dormida dentro del clóset. La despertó con cuidado y solo alcanzó a decirle:
—Apúrate, vete para tu casa antes que mi mamá se dé cuenta.
— Y SI ME MUERO, AGUSTÍN…
En cierta ocasión, el «Patón» y yo queríamos salir en el carro de mi mamá, pero no teníamos dinero para ponerle gasolina. Entonces se le ocurrió la «brillante» idea de sacarle gasolina a otro carro. El lugar escogido fue en los estacionamientos de las Residencias Santa Eulalia, que quedaban detrás de la urbanización. Fui a buscar la pimpina y la manguera, y nos dirigimos al sitio.
Escogimos el vehículo y, como yo ya había hecho eso antes, pensé que Patón también sabía. Él, muy decidido, colocó la manguera en el orificio del tanque y comenzó a succionar. Yo estaba de vigía, cuidando que no viniera nadie, cuando escucho que escupe y empieza a toser como si se ahogara. Me acerco y lo veo rojo, llorando y con los ojos que parecían faroles. Le pregunto:
—¿Qué te pasó?
Y me responde entre arcadas:
—Tragué gasolina.
Le digo:
—¿Pero tú no sabías hacer eso?
Y me contesta:
—¡Coño, no!
—¿Y por qué carajo te pusiste a hacerlo, entonces? ¡Quítate de ahí!
Con el susto de su tos y los ruidos, escuchamos voces, así que salimos corriendo del lugar como si hubiéramos robado un camión entero. Ya al frente de su casa, todavía tosiendo, me dice con voz temblorosa:
—¿Y si me muero, Agustín? Tragué mucha gasolina…
Casi lloraba. Tuve que entrar a mi casa a buscarle un vaso de leche para que se calmara. Al final, la salida se truncó por no dejarme hacer a mí el «trabajo técnico».
— ESTE PACTO TAN PENDEJO…
Un fin de semana cualquiera de nuestra juventud, Patón y yo decidimos dejar de beber alcohol. Lo hacíamos todos los fines de semana, por cualquier excusa u ocasión, y si no la había, la inventábamos. Así que acordamos dejar de beber por dos meses. Para asegurarnos, quedamos en vernos todos los fines de semana y vigilarnos mutuamente, no fuera a ser que alguno cayera en tentación.
Les aseguro que, de esos ocho fines de semana, por lo menos seis hubo fiestas increíbles a las que no asistimos. Nos quedábamos en casa jugando cartas o dominó, imaginando cómo la gente la estaría pasando. En algún punto de la noche siempre surgía la misma pregunta:
—¿Y por qué habremos hecho este pacto tan pendejo?
Y uno de los dos, hipócritamente (lo confieso), respondía:
—Por salud, mi pana… bebíamos mucho.
Pasaron los ocho fines de semana. Justo el siguiente había unos quince años en casa de un vecino. Nos preparamos con entusiasmo: ropa, calzado, perfume… todo el kit. Desde ese viernes hasta el domingo en la mañana no paramos. De los quince años pasamos a otra fiesta el sábado en la tarde, y luego otra en la noche. El domingo, después de dormir todo el día, hicimos una promesa solemne: jamás volveríamos a tomar descanso. Si íbamos a dejar de beber, que fuera de verdad, pero solo cuando el cuerpo ya no aguantara más. Y hasta hoy lo hemos cumplido… santamente, hasta el final de la caña del cuerpo.
— MI ABUELO ESTÁ…
Me enteré de que el abuelo del Patón estaba muy enfermo. Como sabía que él siempre llegaba del trabajo más o menos a las cinco de la tarde, me dispuse a esperarlo para preguntarle por la salud de su pariente. Al momento de llegar, lo abordé junto a otros amigos, porque siempre hemos sido muy unidos y nos preocupamos por nuestras familias. Le digo:
—Patón, cuéntanos, ¿cómo está tu abuelo?
—Está hospitalizado en el Seguro Las Garzas; está muy mal… —respondió con tono triste.
Preocupado, le pregunto:
—Pero ¿qué le sucede?
Y él, muy serio, contesta:
—Coño, vale… está desintegrado.
Yo, al escucharlo, le digo alarmado:
—¿Qué le pasó? ¿Recibió un rayo láser?
Ahí fue cuando se dio cuenta de su error y trató de corregirse:
—No, no… quise decir deshidratado.
Por supuesto, la risa de todos fue estruendosa.
— CONTIGO NO JUEGO, GUACHARACO…
Una vez no pude asistir, por compromisos familiares, a una parranda en Boyacá. Era por la llegada de César «Guacharaco», que venía de Caracas, donde vivía desde hacía años. Pero quedamos en vernos al día siguiente en la playa Santa Cruz, estado Sucre, para celebrar el cumpleaños de un amigo. Iba toda la patota de los hermanos Salazar Viñoles, mis hermanas y, por supuesto, el propio Guacharaco.
Yo llegué primero. Al rato apareció el Chato Salazar. Después del saludo de rigor, me dice con aire misterioso:
—No sabes lo que pasó anoche en Boyacá…
—¿Qué pasó? —pregunto.
Acto seguido me suelta la bomba: hubo una partida de truco, y a Guacharaco le tocó jugar con José Antonio Marcano, alias «Oreja Mocha». En plena jugada, Guacharaco le reclama:
—¡No joda, estás jugando malísimo!
A los segundos, Oreja Mocha se queda quieto… y ¡zas! le dio un infarto silente y murió en el acto. Imagínate el susto de todos. Al rato, ya superado el impacto, empezaron las bromas:
—«¡Por tu culpa se murió Oreja Mocha!»
Desde ese momento, nadie quería jugar con Guacharaco, no fuera que los fulminara también. El Chato, riéndose, me dice:
—Cuando llegue César, échale broma tú, que contigo no se arrecha.
Y claro, yo no podía dejar pasar semejante oportunidad.
En plena jornada playera, cuando el ambiente estaba en su punto, le grito al Chato:
—¡Chato! ¿Trajiste las cartas?
—Sí —responde.
Todos comenzaron a escoger pareja. Yo, prudente, me mantuve alejado para que nadie me llamara, hasta que quedamos solo Guacharaco y yo. Él me mira fijo, los demás se quedan en silencio, y yo le suelto:
—No joda, compadre, contigo no juego… ¡a ver si me muero como Oreja Mocha!
Las carcajadas se oyeron hasta Cumaná. Hasta el propio César, entre risas, me dijo:
—Sabía que me ibas a joder de alguna forma…
— ¿QUÉ ANIMAL VA A SALIR?
En cierta ocasión fuimos en la camioneta del señor Natividad Guzmán a la manga de coleo Vítico Zacarías: César «Guacharaco», Carlos Alfonso «el Negro», y yo. Apenas llegamos, bajamos y nos pusimos a ver las actividades. De pronto me quedé solo mirando la competencia de coleo y, cuando volteé, vi a Guacharaco y al Negro en una mesa, gritando y apostando por cuál animal saldría según el tiro de los dados. Me acerqué para ver qué pasaba y resultó que estaban ganando las apuestas. El hombre que llevaba el juego ya estaba molesto porque no dejaban de quitarle plata. La cosa se puso buena: la gente comenzó a rodearlos para ver cómo seguían ganando una tras otra. Después de un buen rato, el tipo, desesperado, les dijo que sería la última jugada y que apostaran todo. Ellos aceptaron sin miedo… y volvieron a ganar.
El hombre, rojo de rabia, les pregunta con tono desafiante:
—¿Y ahora qué animal va a salir?
Y César, sin dudar, le responde junto con Carlos:
—¡Pollo!
El tipo frunce el ceño y dice:
—¿Pollo? ¡Si aquí no hay ninguna figura de pollo!
Y César le suelta, muerto de risa:
—¡Pollo, porque es lo que vamos a comer con lo que te ganamos!

Siendo las cosas así, resulta claro que nos criamos viviendo momentos donde la inocencia de muchachos se hacía resaltar, puesto que solo había travesuras sanas para el recuerdo. ¿Por qué ha perdurado esta amistad con el tiempo y la distancia de por medio? Pues por el cariño y el valor de reconocer que siempre hemos sido sinceros y honestos con nosotros mismos: siempre estando en momentos difíciles, acompañándonos y mostrándonos lealtad. La sinceridad al decirnos las cosas en su momento son las cualidades reales de la relación de amistad. Ambos tuvieron muchas aventuras que ofrecerme y, mientras pude, los acompañé por ser un disfrute hacerlo; me identificaba con su forma de ser justamente por el común de valores, principios y educación que había entre las tres familias, lo que ha llevado a seguir hasta estos tiempos con la hermandad.
Mirando atrás, me doy cuenta de que nuestra juventud estuvo hecha de risas, sustos, travesuras y desafíos compartidos. Cada broma, cada apuesta, cada botella rota, cada carrera loca por el barrio, fortaleció amistades y dejó recuerdos imborrables. Hoy, contarlas sigue arrancando carcajadas, pero también nos recuerda lo valioso de la amistad y la alegría de vivir sin miedo a equivocarnos; sentir desde el corazón que cada momento vivido fue testigo y sentir una hermandad con pasado, presente y futuro, mostrando a la humanidad que sí se puede perdurar en el tiempo una leal relación entre panas. Me permite dar un consejo: no importa qué tan lejos o cerca te encuentres, siempre expresa a tiempo lo que sientes por alguien, porque no sabes cuándo las manecillas del reloj se detendrán y ya no habrá otro momento para hacerlo.

