Por: Antonio Ledezma
El acuerdo entre el régimen de Delcy Rodríguez y Washington no puede tratarse como una transacción comercial: sin democracia ni Estado de Derecho, ningún contrato petrolero tendrá legitimidad ni permanencia.
El acuerdo petrolero anunciado entre el régimen de Delcy Rodríguez y Estados Unidos, en cuyo epicentro destaca la cuestionada figura de un “boligarca”, no es un mero asunto técnico o comercial, sino un tema fundamentalmente político de primera magnitud: negociar con quienes destruyeron PDVSA y sometieron a Venezuela a la miseria es una trampa que no contribuirá a levantar al país para que vuelva andar sobre sus propias piernas.
Los venezolanos comprendemos mejor que nadie el valor estratégico de nuestras reservas. Somos el país con las mayores reservas probadas de petróleo del planeta: más de 303.000 millones de barriles. No ignoramos nuestra riqueza. No la queremos enterrada. La queremos producida, exportada, convertida en escuelas, hospitales, carreteras y empleo. Pero queremos hacerlo desde la libertad y con instituciones legítimas. No bajo la tutela de quienes convirtieron PDVSA en un instrumento de la destrucción de Venezuela.
Lo que María Corina Machado planteó en CERAWeek en Houston —y que en mis artículos de esta semana desarrollo con detalle— sigue siendo la mejor y oportuna hoja de ruta coherente: apertura al capital privado, contratos de largo plazo, régimen fiscal competitivo y, sobre todo, transición democrática como condición de legitimidad. Primero las instituciones, después la inversión. Primero la democracia, después los contratos.
No podemos olvidar lo que destruyeron. Después del paro de 2002-2003, veinte mil trabajadores especializados fueron expulsados de PDVSA. La producción cayó de 3,2 millones de barriles diarios a menos de 800.000. Las refinerías del Complejo de Paraguaná, con capacidad para casi un millón de barriles diarios, quedaron operando a una fracción ínfima por falta de mantenimiento e inversión. Chávez, Maduro y Delcy Rodríguez forman una cadena de responsabilidades políticas. No pueden presentarse ahora como los salvadores de la industria que ellos mismos arruinaron.
Aquí está el fondo político del debate: los venezolanos no aspiramos a escoger entre petróleo y democracia. Aspiramos a que el petróleo deje de usarse contra la democracia. Un barril puede generar ingresos; no puede generar legitimidad. Un contrato puede atraer capital; no puede sustituir al Estado de Derecho.
Por eso mi mensaje al presidente Trump es directo: Venezuela puede ser su mejor aliado energético en el hemisferio. Pero la garantía de ese acuerdo no es Delcy Rodríguez. Es una Venezuela democrática, soberana e institucionalizada. Ese es el verdadero acuerdo ganar-ganar. El único que puede durar.

