Ya habían transcurrido más de 70 años desde que la señora de la guadaña había decidido tomarse unas merecidas vacaciones; más de diez mil años y algunos meses de manera ininterrumpida, así como billones de víctimas, daban fe de su extraordinaria vocación laboral.
Esto, según dictamen de puño y letra de su propia autoría, plasmado en la solicitud del permiso entregado por esta al departamento de desempeño laboral del Santísimo. Decenas de miles de vacaciones tenía suspendidas y, entre la búsqueda del sustituto, los entramados burocráticos, las peleas del sindicato y el real y claro estado de deterioro en sus habilidades físicas, así como las ya repetitivas estrategias para seducir a los seres humanos para acabar lentamente con su vida, la muerte había decidido detener el agotamiento y estrés que, según su psiquiatra, era una combinación de patologías como: depresión, paranoia, trastorno obsesivo-compulsivo y diferentes y agudos rasgos esquizofrénicos que le producían extraordinarios delirios y mucho miedo y ansiedad a dejar de existir y no disfrutar intensamente de su vida.
Varios especialistas de la salud mental y otros en diferentes campos acusaron de manera casi al unísono que todo este complejo sistema de males y patologías que aquejaban a la pelona se debía fundamentalmente a lo terrible, brutal y despiadado con lo cual se habían desarrollado los sucesos ocurridos en las últimas terribles guerras, especialmente la de Rusia/OTAN y las del Oriente Medio entre los pueblos gringos/sionistas contra musulmanes, que terminaron en un gran conflicto mundial y que puso a toda la humanidad en un verdadero peligro de extinción. Lo cierto del caso es que la ahora agotada y envejecida muerte había decidido irse a disfrutar de los placeres veraniegos de la vida.
Cansada de mentir, de engañar, de traicionar, de seducir a los seres humanos a los placeres superficiales para desarrollar millones de enfermedades y pandemias, donde el patrón oro era su fundamental medio de convencimiento para construir guerras y crímenes de lesa humanidad, así como aplastar y suprimir cualquier síntoma de amor entre cualquier ser viviente, esta entregó todos los documentos exigidos en el ministerio del trabajo y, sin esperar respuesta, se marchó bien larga de vacaciones.
Al principio nadie notó la absoluta ausencia de la susodicha, pero en ciernes los especialistas de salud del mundo observaban con aguda preocupación el hecho de que los sujetos no se morían, a pesar de tener enfermedades terminales terribles; que los ancianos de más de 100 años, aunque postrados en sus muy hediondas habitaciones por años, no se morían; y que las últimas estadísticas, por cierto las más serias, hablaban de un incremento en la reproducción de insectos, bacterias, bichos, eso sin contar el incremento en la natalidad en los seres humanos y animales en general.
Luego empezaron a ocurrir fenómenos verdaderamente extraños y difíciles de comprender. Por ejemplo, el número de suicidios había desaparecido por completo y las personas que, por alguna razón de brote psicótico o de malestar en su estado anímico, habían llevado a cabo la desaparición voluntaria (suicidio), como lo definía la OMS, aparecían caminando indignados por la acción fallida, llevando en su cuerpo las consecuencias de la misma. Por ejemplo: Los que se dieron un tiro en el güiro caminaban tapándose el orificio con el dedo en el lugar donde les brotaba el chorro de sangre; otros caminaban con la cuerda o soga bien apretada al cuello; los espacios de impacto en los abismales viaductos daban cuenta de miles de cuerpos destrozados que se arrastraban buscando sus extremidades, intentando erguirse.
Los hospitales ya no daban abasto, así como el cierre de las morgues, esto porque nadie fallecía. La emergencia ahora estaba inscrita en la atención de los pacientes que permanecían allí pudriéndose y sufriendo terriblemente de dolor, rodeados de millones de moscas gordas, grandes y verdes. La OMS definió y calificó el fenómeno como la pandemia de la vida. Fue tan extrema la situación que el poderoso Comité del Rifle Norteamericano y el sistema industrial-militar mundial se declararon en quiebra, así como el gran sistema farmacéutico mundial. El mundo se estaba nutriendo de vida: las enfermedades aumentaban, pero nadie, absolutamente ningún ser viviente, fallecía.
Las religiones del mundo, judío-cristianas, protestantes, musulmanas, budistas, ortodoxas, etcétera, habían decidido aceptar el pecado en todos sus sentidos, definiciones y características. El portarse de buena voluntad queriendo al prójimo era inexistente y se buscaba a como diera lugar la forma de disminuir la vida, que ganaba espacios de manera acelerada. Se motivaba y estimulaba con impresionantes campañas televisivas y medios de comunicación a los vicios, al comer hasta obtener terribles niveles de obesidad.
En las redes sociales, especialmente TikTok, Instagram, Facebook y WhatsApp, los mensajes constantemente estaban dirigidos a exigir y solicitar formas o mecanismos para suprimir la vida, esto porque el algoritmo de contenus dentro del software de creación de los mismos ya no tenía más narrativas y eran prácticamente obsoletos. En algún momento de la gran depresión de vida, los más grandes científicos y académicos del mundo plantearon la incineración como acción remedial, esto aplicado a las personas que, por estar en estado terminal, padecían de mucho dolor.
En consecuencia, se organizaron impresionantes hogueras que expedían gigantescas llamaradas y ceniza, contaminando el ambiente a tal porcentaje de oscuridad y opacidad, que finalmente dieron como resultado el incremento en el crecimiento de gigantescos árboles extraordinariamente robustos, frutos y vegetales a gran escala, que, por cierto, casi nadie comía porque el hambre había desaparecido en su totalidad y la gente deseaba morir. Era un verdadero caos y terrible desastre lo que ocurría en la Tierra.
Nadie quería tener el poder de nada ni poseer toda la riqueza del mundo; la explotación de las energías fósiles, eléctricas y nucleares del planeta eran casi obsoletas y se estaba planificando un Armagedón total como salida a esta terrible epidemia de vida. Mientras todo esto ocurría en el planeta, la Muerte disfrutaba a todo coleto de las divinidades de la vida, se sentía como pez en agua, bebía como un verdadero cosaco y comía en abundancia cual modesto sibarita. Fumaba a destajo y buscaba satisfacer sus más oscuros deseos. Disfrutaba a sus anchas y no tenía reparo en gastos.
Realmente la Muerte estaba profundamente llena de vida y era feliz. Su lema era: «Vive el presente intensamente, porque no sabes cuándo llegará la muerte». Nadie supo el porqué del fenómeno; por lo menos los gobiernos del mundo nunca lo entendieron. Solo la administración del Santísimo, que, ante las súplicas del Santo Padre desde el Vaticano, después de acaloradas discusiones en los departamentos administrativos del gobierno celestial, se limitó a publicar un pequeño texto de gran elocuencia jurídico-legal, donde medianamente explicaba: «…Por respetar los derechos de los trabajadores y el beneficio que produce el disfrute del tiempo libre sin interrupción ni coacción alguna, donde el objetivo fundamental sea preservar el derecho a la vida, hemos decidido otorgar el beneficio de las vacaciones a la Muerte, beneficio definido en todos los convenios laborales del universo, caracterizado en razón al respeto y derecho a la vida, así como su merecido disfrute.
Además, dicho funcionario presentó docenas de miles de vacaciones vencidas que inexorablemente obligó a esta administración a otorgarle a este ilustre y disciplinado funcionario sus totales y vencidas vacaciones.
Firmado y sellado en los salones del Santísimo».

