En la plaza, el calor era insoportable y metálico; les hacía transpirar a chorros y casi sentir asfixia.
Los cuerpos se estremecían en un bamboleo extraño y raro, pero en perfecto equilibrio. Era como si una fuerza mágica los llevara de un lado a otro sin desprenderse, manteniendo de alguna manera la estática de sus partes.
El chupinazo ya estaba encendido y los gaiteros, con sus boinas rojas y bien trajeados, eran cautivos, casi a la fuerza, de la muchedumbre que, embriagada, los rodeaba en acecho, sin contemplación ni firmeza.
Al escucharse la explosión del petardo e inicio de los Sanfermines, la locura se apoderó de toda la plaza del ayuntamiento pamplonés, que, entre saltos, cantos y gritos, configuraba una masa humana de ruido ensordecedor que, desesperada y esquizofrénica, exigía la sangre de las bestias.
La franela rosa de Rodrigo era una combinación entre sudor y pañuelo rojo descompuesto, al igual que la de Andrés. Apretados al máximo entre miles de cuerpos, generaban una respiración dificultosa e hirviente que obligaba a bañarse con el agua de una pequeña botella de plástico e intentar mirar hacia arriba para facilitar el consumo del poco oxígeno existente.
El segundo petardo anunció el inicio del primer encierro de los toros y, casi de inmediato, en una locura desenfrenada, la multitud se dirigió al callejón de diez metros de ancho, instalándose allí con la firme intención de recorrerlo y enfrentar a las fieras, que desbordadas se llevaban por delante todo lo que encontraban.
Los toros, en carrera, se agrupaban en manada, creando un inmenso bloque corpulento de doce animales que presionaba a los fanáticos enardecidos por la adrenalina contra las paredes. Algunos se acurrucaban como cucarachas pegajosas en las orillas de los maderos, impidiendo de alguna manera el brutal impacto.
Otros, por el contrario, eran arrastrados como muñecos de trapo, arrollados y demolidos por la fuerza de las patas musculosas de las fieras, que, con menor suerte, dejaban a algunos bajo las graníticas pezuñas y cascos.
Las innumerables salpicaduras de sangre se mezclaban con el sudor de los enérgicos corredores, y los gritos de dolor y terror se apoderaban de los Sanfermines, convirtiendo la bárbara fiesta en una sangrienta revuelta de brazos rotos, piernas destrozadas, cabezas aplastadas y cuerpos que, como títeres, eran arrojados por los aires.
Rodrigo intentó mirar atrás y se percató de que la demoledora maquinaria animal estaba prácticamente a su espalda. No tuvo tiempo de mirar al frente; en ese momento sintió que algo agudo y firme le penetró la pierna, expulsándolo por los aires varios metros, hasta terminar estrellándose seis metros más adelante contra el piso y rebotando de manera impresionante contra una vivienda que, por el impacto seco con la puerta, se abrió de par en par. Quedó inconsciente entre el interior de la misma y el callejón de la puja.
En tres horribles ocasiones, el toro le corneó con sus roídos pitones, ocasionándole graves heridas. Luego se alejó, gracias al auxilio inmediato de la muchedumbre y de los dueños de la casa.
Andrés, por su parte, corría desesperadamente unos dos metros delante de los feroces animales. En su terror solo pensaba en correr y correr. Veía cómo la gente volaba por los aires, cómo la sangre ajena le pintaba la franela y cómo los firmes pitones se clavaban en los cuerpos de aquel desigual pugilato.
En su desesperación, Andrés solo escuchaba los gritos de dolor de los asustados y atrevidos corredores, y se repetía:
—Debo correr, solo correr y no pensar…
Entonces, de la nada y como un hada salvadora, una fuerza extraña le sujetó por la franela y lo levantó, lanzándolo fuera del callejón, donde un grupo de acólitos adoloridos, muy golpeados y desquebrajados, entre risas y llantos, se miraban y le ayudaban a levantarse, prestándole auxilio.

