Por segunda vez en mi vida he tenido el placer de leer una encíclica papal y, por supuesto, contrastarla con los principios religiosos que me enseñó mi madre. Aunque en algunas etapas de mi vida, especialmente durante la adolescencia, tuve profundos desencuentros con Mamá, no por el fondo de sus convicciones sino por las formas y por la manera en que yo percibía que las jerarquías eclesiásticas habían desvirtuado, a lo largo del tiempo, muchas enseñanzas de la Palabra, aun así siempre prevaleció el respeto mutuo por nuestras opiniones.
Sin embargo, quedaba una sensación agridulce ante la ausencia de argumentos satisfactorios, pues aquello no dependía del poder de Dios, sino de la complacencia del hombre en el ejercicio de su poder dentro de la Iglesia. Comprendía entonces lo difícil que resulta separar la pasión de la razón.
En este contexto, voy a referirme individualmente a cada capítulo de la encíclica Magnifica Humanitas del Santo Padre León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, como la voz crítica de un ciudadano católico que necesita un panorama claro y real de la vía recorrida, incluyendo aquellos detalles erráticos que la historia ha dejado a su paso y que, sin ser plenamente reconocidos ni corregidos en muchos casos, constituyen una deuda pendiente de la Iglesia con la humanidad.
Caput Primum
“La historia es, por tanto, uno de los lugares en los que la Iglesia se deja instruir por el Espíritu sobre el alcance humanizador del Evangelio y aprende a adaptar su enseñanza al servicio de la dignidad de cada persona y del bien de los pueblos”.
La historia está llena de declaraciones y transformaciones sociales, muchas de ellas impulsadas más por la influencia de las instituciones que por su verdadera incidencia en los cambios. Sin embargo, aunque la historia nos enseña que debemos reconocer nuestros errores para evitar repetirlos, la jerarquía eclesiástica continúa mostrando resistencia a abordar con claridad hechos que durante siglos se cimentaron bajo el engaño, la imposición o el afán de conservar el poder a cualquier costo.
Muchas vidas fueron consumidas por la esperanza de un mundo mejor, mientras la Iglesia, en numerosas ocasiones, volvió la mirada hacia otro lado. El mea culpa ha terminado convirtiéndose en una fórmula recurrente que rara vez se traduce en una reflexión profunda sobre los acontecimientos. Es como si aquello que no se discute dejara automáticamente de existir.
Los grandes cambios y las reformas siempre traen consecuencias. Advertir cuáles son, asumir posiciones claras y hacerlo incluso cuando incomode al poder constituye una responsabilidad fundamental para quien dirige el catolicismo. La esperanza de quienes depositan su fe en la Iglesia exige liderazgo sin temores, sin silencios y sin rezagos históricos.
Caput Secundum
“El principio de subsidiariedad nace de la misma visión sobre la persona que ha guiado nuestra reflexión sobre la dignidad y el bien común. Si toda mujer y todo hombre están llamados a ser protagonistas de su propia vida y a participar en la construcción de la sociedad, entonces también la organización social debe respetar y favorecer esta responsabilidad”.
Me declaro un convencido amante de la tecnología cuando esta se pone al servicio del bien común y respeta la dignidad e integridad del ser humano, cualquiera sea su condición. En este punto coincido plenamente con la autoridad papal. No puede hablarse de modernidad ignorando las necesidades de los más vulnerables, ni mucho menos relegando sus aspiraciones a una vida digna.
Durante los años en que ejercí la docencia universitaria, recuerdo que en una asignatura relacionada con la tecnología comenzaba la primera clase dibujando un triángulo en la pizarra. En cada vértice escribía una palabra: “Dios”, “Google” y “Facebook”. En el centro colocaba otra: “Poder”.
Pueden imaginarse la reacción de los estudiantes al ver equiparados gigantes tecnológicos con Dios. Tras el asombro inicial comenzaba el debate. Muchos manifestaban su incomodidad ante semejante comparación, pero el propósito era precisamente cuestionar la magnitud del poder que estas plataformas habían acumulado.
Si sabían lo que pensabas, lo que hablabas, lo que deseabas y cómo actuabas, entonces disponían de una capacidad de influencia inmensa sobre millones de personas. No era una afirmación casual. Durante años participé en largas conversaciones dentro de la empresa tecnológica donde trabajé, y muchas de aquellas reflexiones nos permitieron anticipar riesgos relacionados con la intromisión de estas corporaciones en la vida privada de los individuos.
Hoy ya no se trata de una hipótesis. La influencia de estas tecnologías sobre el comportamiento humano ha sido ampliamente demostrada. Por ello considero acertada la advertencia de la encíclica cuando plantea la necesidad de establecer mecanismos que permitan integrar a toda la humanidad en estos procesos, sin excluir a nadie y recordando siempre que la familia continúa siendo el núcleo esencial de la sociedad.
Caput Tertium
“La inteligencia artificial y el progreso tecnológico son herramientas valiosas cuando están al servicio de la dignidad humana; pero se vuelven peligrosas cuando pretenden sustituir al ser humano, reducirlo a datos o convertir la eficiencia en el valor supremo de la sociedad”.
Hay algo llamativo en esta afirmación: la sensación de observar los toros desde la barrera.
¿Por qué la jerarquía de la Iglesia católica no asume un papel más protagónico en el desarrollo de las nuevas tecnologías? Quizás la respuesta sea la comodidad de opinar sobre aquello que otros hacen sin involucrarse directamente.
Observo cómo otras corrientes religiosas se atreven a ir más allá de la simple crítica o del señalamiento. Por ello me pregunto: con los recursos de que dispone el Vaticano, ¿por qué no desarrollar una inteligencia artificial propia?
Sería un paso verdaderamente innovador. No se trata de dejar que otros definan las reglas del juego para luego cuestionarlas, sino de participar activamente en su construcción. Una IA concebida bajo principios de conciencia, responsabilidad, sentido humano y acceso universal podría convertirse en un referente global.
Mediante alianzas estratégicas con empresas tecnológicas consolidadas, el Vaticano podría impulsar una plataforma sin fines lucrativos, capaz de ofrecer resultados más transparentes y menos condicionados por intereses económicos o ideológicos.
La Iglesia debe involucrarse más profundamente en los cambios de su tiempo. Resulta más útil ser protagonista que simple espectadora. Eso sí sería una verdadera evolución.
Caput Quartum
“Una economía al servicio de la persona no puede priorizar exclusivamente la eficiencia y el beneficio. El desarrollo debe medirse también por la reducción de las desigualdades, la calidad del trabajo, la inclusión social y el cuidado del medio ambiente. El progreso tecnológico no debe concentrar riqueza y poder en pocas manos, sino beneficiar al conjunto de la sociedad”.
Aquí encuentro una reiteración de la misma idea expresada anteriormente. No podemos exigir responsabilidades a los demás si no estamos dispuestos a asumirlas nosotros mismos.
Los cambios los impulsan quienes se atreven a actuar. Pretender que un inversionista renuncie a sus beneficios económicos exclusivamente por el bien colectivo es desconocer la lógica con la que funciona el mundo. La jerarquía eclesiástica parece olvidar este aspecto, quizá por ingenuidad, o quizá por una visión excesivamente idealista.
La inteligencia artificial es hoy una herramienta fundamental en la disputa por el liderazgo económico global. Ignorarla significa desaparecer del mapa de influencia. Negarse a participar equivale a renunciar a la capacidad de generar transformaciones sociales.
Es necesario invertir en iniciativas económicas con sentido humano si se desea producir cambios reales en la población. El ejemplo debe comenzar por quienes tienen la capacidad de liderarlo. Estoy convencido de que el Vaticano posee los recursos y la influencia necesarios para hacerlo, siempre que exista la voluntad política de emprender ese camino.
Caput Quintum
“La humanidad debe elegir entre dos caminos: la cultura del poder, basada en la fuerza, la guerra y el dominio, o la civilización del amor, fundada en la justicia, la solidaridad, el diálogo y la paz. La inteligencia artificial solo será un verdadero progreso si contribuye a construir esta segunda opción y permanece siempre al servicio de la dignidad humana”.
Pensar que los gigantes tecnológicos invertirán únicamente para garantizar el bienestar de la humanidad es una muestra de ingenuidad extrema.
Algunas de estas empresas han solicitado pausas en el desarrollo de la inteligencia artificial con el fin de establecer criterios comunes y límites éticos. La respuesta que han recibido ha sido, en muchos casos, un silencio ensordecedor. La razón es simple: quien alcance primero el máximo rendimiento tecnológico obtendrá una posición de poder difícilmente igualable.
Nuevamente, el Papa parece depositar su esperanza en una transformación que difícilmente ocurrirá por voluntad espontánea de los actores involucrados. Solo una disrupción significativa podría abrir el camino hacia modelos más solidarios de desarrollo tecnológico.
Hace tres décadas comenzó la revolución de las redes sociales y de la comunicación digital que hoy conecta a miles de millones de personas. Imaginemos por un momento qué habría ocurrido si la Iglesia hubiese impulsado una gran red social católica de intercomunicación. ¿Qué tan sólida sería hoy la relación entre la feligresía y sus líderes? ¿Por qué se tuvo miedo de mirar más allá de lo evidente?
Un ejemplo inspirador lo encontramos en Jesucristo. Mientras sus discípulos observaban únicamente el presente, Él los invitaba a reflexionar sobre lo transitorio de las cosas y sobre las consecuencias futuras.
Asimismo, cuando encontró a unos pescadores después de una noche sin capturas, no les habló de peces. Les dijo:
«Los haré pescadores de hombres».
Partió de una realidad que ellos conocían y les mostró un propósito mucho más grande que el que tenían delante.
Podría decirse que Jesús enseñaba a sus discípulos a pasar de la apariencia al significado, del problema a la posibilidad y del presente inmediato al propósito futuro. Esa fue una de las claves fundamentales de su pedagogía.
Tal vez esa misma mirada sea la que hoy necesita la Iglesia: menos contemplación de los cambios y más participación activa en ellos. Porque la historia no suele recordar a quienes observan el futuro desde la distancia, sino a quienes se atreven a construirlo.
Al final, más allá de los avances tecnológicos, de la inteligencia artificial y de las transformaciones que vive el mundo, la verdadera pregunta sigue siendo la misma de siempre: ¿qué estamos haciendo con nuestra humanidad? La tecnología cambiará, las herramientas evolucionarán y las sociedades seguirán transformándose, pero los grandes desafíos continuarán girando en torno a la dignidad, la justicia, la solidaridad y la capacidad de encontrarnos unos con otros. Magnifica Humanitas nos invita a pensar en ello, y mi respuesta no pretende ser una verdad absoluta, sino una invitación al diálogo. Porque, como enseñó Jesús, el futuro no se construye contemplando únicamente lo que tenemos delante, sino atreviéndonos a imaginar y a trabajar por aquello que todavía puede llegar a ser.

