A veces la vida nos recuerda que cada persona es un universo complejo, con virtudes, contradicciones, luchas y pasiones que la convierten en un relato digno de ser contado. Quien observa con atención descubre que detrás de cada voz firme hay una historia de coherencia, de batallas libradas en silencio y de aprendizajes que otros pueden aprovechar. Reconocer esas huellas —las que deja quien vive con propósito— es también una invitación a revisarnos, a valorar lo que hacemos por los demás y a comprender que la verdadera trascendencia nace de la autenticidad con que enfrentamos nuestros días.
Existen muchos escenarios, cada quien elige para sí el más conveniente, según sus intereses y expectativas, que pueden cambiar con los resultados que obtenga. De ello depende el éxito en los propósitos, y esto lo tenía muy claro el Dr. Orlando Millán Molina —irreverente y cuestionador—. Pudieras estar de acuerdo o no, pero dentro de su contexto de vida él sentía que sus argumentos poseían peso, además luchaba en su propia trinchera para validarlos y hacerlos públicos.
Por ejemplo, llamaba a programas de radio en Puerto la Cruz, estado Anzoátegui, Venezuela, donde exponía sus opiniones sobre políticas públicas o denunciaba medidas erradas, sin importar el responsable. Aunque sabía que eso podía generarle enemigos, Orlando asumía con hidalguía las consecuencias.


Por su valentía al tratar casos delicados, se ganaba el respeto. Sabía que algunos temas debían hacerse públicos por el bien de la sociedad. Luchaba por los más necesitados, a quienes tendía la mano como médico y como luchador social, buscando el bienestar colectivo.
En lo personal, era un combatiente de ideas. Se entregaba con vehemencia en cada debate. En varias ocasiones fui testigo de esas tertulias, lo escuchaba con atención y respetaba sus argumentos. Explicaba cada exposición en detalle, pero no faltaban las bromas para darle frescura a la conversación. Nos reíamos por cualquier cosa, demostrando el afecto mutuo.


Por nuestra cercanía —éramos primos— compartimos juegos en la infancia junto a sus hermanos Marianela y Alejandro. Ya adultos, tuve muchas ocasiones de jugarle bromas. Una vez, el presidente del país apareció en televisión nacional vestido como médico y dijo:
—Ya operé.
Esto molestó mucho a Orlando, defensor de la carrera y el esfuerzo de ser médico. Me enteré después y se me ocurrió llamarle durante varios días usando voces distintas para decir solo:
—Ya operé.
En aquellos tiempos los celulares no identificaban las llamadas entrantes. Hasta que no aguanté más y le confesé que era yo. Sus gritos iracundos (que no repetiré aquí por respeto al lector) fueron tan altos que tuve que alejar el celular de mi oído para no quedarme sordo. Días después, nuestro primo Omar Joaquín Millán me llamó para decirme que Orlando le había comentado lo molesto que estaba por la broma. Sin embargo, el enfado no le duró mucho.
Como médico era abnegado y persistente, siempre buscando que sus pacientes siguieran sus indicaciones. Entre las muchas veces que me trató, hubo una que, a mi parecer, fue exagerada —así era él—. Una noche de fiesta me excedí en la bebida y, tras sentirme mal, fui a la clínica donde él estaba de guardia. Me atendió, me dejó hospitalizado con suero hasta la mañana siguiente y, al darme de alta, recomendó reposo por tres días. Era viernes y le dije:
—Justo el domingo hay una corrida de toros en la Maestranza de Barcelona.
Él me respondía con seriedad:
—No se te ocurra ir y menos beber alcohol.
Mantuve reposo ambos días y Orlando llamó para preguntar cómo seguía, insistiéndome que no fuera a la corrida. Mi única respuesta fue:
—Ya me siento mejor.
Llegado el domingo, fui directo a la corrida. En la plaza, la sorpresa fue ver llegar a Orlando con ganas de armarme un lío. Me adelanté diciéndole que conocía el riesgo y no estaba tomando licor. Respondió:
—No te preocupes, yo me tomo tu parte, dedícate a ver la corrida.
Por supuesto, me dio rabia andar de grande con chaperona cuidándome.
Otra oportunidad fue en el Hato Paradero, en Urica. Después de la jornada de feria, Alejandro y yo decidimos tomarnos un trago, “el estribo”. Le pregunté:
—¿Por qué no ha llegado Orlando?
—Probablemente está de guardia, pero quizás llegue más tarde.
Eran las once de la noche y yo dudé, pero Alejandro insistía:
—Tranquilo, él acostumbra a llegar a esta hora.
Media hora después, escuchamos cómo abrían el portón. Alejandro me señala:
—Mira el papel en la tierra que está tirado allá. A que el loco (Orlando), antes de acostarse, va y lo tira a la basura.
—¿En esa oscuridad? —le pregunté.
—Vas a ver que se devuelve —me insistió.
Apostamos una botella de whisky para el día siguiente: si lo agarraba, yo pagaba; si no, lo pagaba Alejandro. Tras saludarnos y conversar, Orlando se dispuso a dormir, pero justo al entrar a la casa vio el papel, protestó por lo sucio, lo tomó y lo botó en el cesto. No me quedó más que reír y pagar la botella.
En familia, una anécdota fue cuando Orlando sufrió un infarto en el año 2002 trabajando en la Policlínica Puerto la Cruz. Al enterarnos, acudimos todos. Gracias a la atención inmediata de sus colegas, logró sobrevivir. Por la tarde nos reunimos para apoyar en ese difícil momento. Alguien comentó:
—Hace mucho calor, ¿hay algún sitio cerca para tomar algo?
—Por acá, en la calle Arismendi hay un local —dijo otra voz.
Al llegar, alguien pidió refresco, pero otro prefirió cerveza.
—¿No será mejor una cerveza? —dijo.
Todos estuvimos de acuerdo; la ronda pasó de cervezas a whisky y la cantidad de gente creció tanto que ocupamos cinco mesas juntas. Tarde en la noche hubo una llamada telefónica, alguien gritó:
—¡Es Orlando!
Y todos, al unísono:
—Saluuuuuuud, estamos celebrando que no te moriste.
Así es esta familia, siempre unida y llena de amor.
Orlando fue un primo, hermano, amigo, luchador social, médico, esposo y padre ejemplar, servicial y combativo hasta el final, con un humor negro que pocos entendían. Dejó huellas por el amor a su país; lo digo en presente porque, luego de su fallecimiento, su entrañable esposa Denisse Hernández de Millán me compartió un audio donde él cantaba a su bella Venezuela, haciéndome sentir que seguía mostrando ese amor por su tierra.


Un abrazo fraterno para Alejandra Del Valle Millán Hernández, sus hermanos y primos, Alejandro, Marianela, Rafael Alejandro, Silvita y su querida tía Silvia Millán.
El partió de este mundo terrenal hacia el infinito, donde sus pensamientos fluirán eternamente cobijándonos con amor, legado de lucha y constancia. No dudamos de tu firmeza y espíritu combativo; lo mostraste hasta el último día. Te fuiste como eras: un luchador, mi querido primo. Te echamos de menos.
Nadie parte en sí mismo, porque sigue sembrado eternamente con buenas raíces…
Un fraterno abrazo a todos.
Corrector de estilo: Licenciada Milenka Mancilla Velásquez.


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