La inflamación de bajo grado se ha convertido en uno de los focos principales de la investigación médica debido a su relación con enfermedades metabólicas, cardiovasculares y digestivas. En este escenario, científicos vienen centrando su atención en el denominado “eje intestino-hígado”, una conexión biológica que podría explicar cómo alteraciones intestinales desencadena daños hepáticos y procesos inflamatorios crónicos.
Estudios recientes señalan que un microbiota intestinal desequilibrada puede favorecer el paso de sustancias inflamatorias hacia el hígado a través de la circulación sanguínea, provocando una respuesta inflamatoria persistente, aunque silenciosa. Investigadores del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga identificaron que niveles bajos de butirato —una sustancia producida por bacterias intestinales— están asociados con formas más graves de hígado graso metabólico.
La comunidad científica también analiza cómo factores como el estrés, la mala alimentación, el alcohol y el sedentarismo alteran la microbiota y favorecen la inflamación sistémica. Un estudio liderado por la Universidad Complutense de Madrid concluyó que la combinación de alcohol y dietas ricas en grasas multiplica el daño hepático al afectar directamente el equilibrio entre intestino y hígado.
Por su parte, investigadores de la Mayo Clinic descubrieron recientemente que las llamadas “células zombi” o células envejecidas podrían desencadenar procesos inflamatorios relacionados con enfermedades hepáticas avanzadas, incluida la esteatohepatitis asociada a disfunción metabólica (MASH).
Especialistas advierten que esta inflamación silenciosa suele pasar desapercibida durante años, pero puede estar relacionada con fatiga, resistencia a la insulina, obesidad, enfermedades cardiovasculares y trastornos digestivos. Por ello, recomiendan mantener hábitos saludables, alimentación balanceada, actividad física y controles médicos periódicos para prevenir daños progresivos en el organismo.

