La excarcelación del 14 de agosto es un paso. Venezuela no descansará hasta el último preso político libre, hasta las instituciones renovadas y hasta que haya una fecha concreta de elecciones presidenciales en el calendario.
Por: Antonio Ledezma
Las rejas de algunos centros de tortura se abrieron el 14 de agosto. Celebro ese momento junto a las familias que esperaron, que sufrieron, que jamás se rindieron. Pero que nadie confunda una llave parcialmente girada con el inicio de una transición real.
Esta mesa de diálogo puede tener un mantel muy bonito, puede tener un florero de cristal. Pero las flores que le hacen falta a ese florero son los presos políticos en libertad. Sin eso, la gente seguirá teniendo sospechas —razones fundadas, no meros recelos— de que estamos ante otra maniobra de quienes llevan dieciocho procesos de negociación usando el tiempo como su principal arma.
Cuando ya has sido víctima de una, de dos, de ocho, de dieciséis estafas, no tienes derecho a decir “me engañaron”. Tú sabes con quién juegas cartas. Y este tahúr lleva décadas poniendo naipes marcados sobre la mesa. Firmaron Barbados y lo primero que hicieron fue inhabilitar a María Corina Machado. Le prometieron al presidente Biden respetar el proceso electoral y la noche del 28 de julio Maduro anunció ante el mundo unos resultados que el mundo entero denunció como fraudulentos.
Ahora vienen a pedir el oro custodiado en Inglaterra. Una gente que no ha rendido cuentas de los más de 700.000 millones de dólares que le robaron a la nación. Una gente que en apenas siete meses de este año ha ingresado al fisco cerca de 13.000 millones de dólares, según declaró el propio ministro de Finanzas. ¿Dónde está ese dinero?
Allí están las turbinas del Guri sin reparar. Allí están las termoeléctricas de Barinas, de Mérida, de Falcón —la Pedro Camejo, la Josefa Camejo—, construidas con financiamiento venezolano y chino, convertidas en chatarra. Y nos dicen que la culpa es de las sanciones. No. La culpa es de quienes se robaron el dinero destinado a repararlas. De quienes convirtieron a Venezuela en un campamento petrolero portátil, donde todo se improvisa y nada echa raíces.
No hace falta contratar a ningún mago para saber cómo se libera a un preso político. Delcy Rodríguez tiene las llaves. Que abra las rejas y libere a todos los presos políticos. Listo.
Pienso en el general Héctor Hernández da Costa, arrancado de su casa como si fuera un delincuente. Pienso en el teniente coronel Igbert Marín Chaparro —el oficial con la calificación más alta en la historia de la Academia Militar de Venezuela—, reducido a prisionero sin poder ver a su familia. Pienso en el coronel Oswaldo García Palomo padeciendo ese calvario. Pienso en el espíritu de Fernando Albán esperando justicia. En Neomar Lander, en Juan Pablo Pernalete, en Quero Navas, en el inspector Oscar Pérez y en tantos más. No podemos hablar de justicia transicional echándole tierra a su memoria. No podemos pedirle a la viuda de Fernando Albán que vaya a pedirles perdón a quienes lo ajusticiaron.
Pero un Estado no se retrata solamente en la forma en que ejerce el poder contra sus ciudadanos. También se retrata en lo que hace cuando esos mismos ciudadanos necesitan que los proteja.
Y este año tuvimos una prueba brutal cuando el doble terremoto que nos abatió reveló a un Estado incapaz de proteger a su gente: descoordinación, opacidad en las cifras de fallecidos, lentitud en el rescate de personas atrapadas entre los escombros y un pésimo manejo de los desechos. El contraste con Colombia no puede ser más dramático: el recién posesionado presidente Abelardo de la Espriella apareció de inmediato en las zonas afectadas del Chocó y activó los planes de contingencia. Un Estado que funciona protege a su gente. Uno que ha sido saqueado termina dejándola sola, incluso entre los escombros.
Venezuela no puede seguir siendo Comala, ese pueblo de Juan Rulfo donde los muertos siguen hablando porque el pasado nunca termina de morir. Nosotros también cargamos demasiados muertos, demasiadas cuentas pendientes y demasiadas heridas. Hay que recordarlas. Hay que hacer justicia. Pero no podemos condenar a nuestros hijos a vivir dentro de ellas.
Hay quienes me preguntan si las actas que custodia la oposición aún tienen valor después de dos años. Yo les pregunto: ¿de qué sirvió el acta del 5 de julio de 1811? Le sirvió a Bolívar para escribir el Manifiesto de Cartagena, emprender la Campaña Admirable, buscar la alianza con los llaneros de Páez y llegar hasta Carabobo.
En enero de 1824 lo daban por muerto. Cuando el enviado Mosquera lo vio al borde de la muerte y le preguntó qué hacían, Bolívar sacó fuerza del alma y respondió: “Triunfar”. Y triunfó seguidamente en las batallas de Junín y de Ayacucho.
Tenemos a María Corina Machado. Tenemos a Edmundo González Urrutia. Tenemos millones de venezolanos dentro y fuera del país que no se rindieron el 28 de julio y no se rendirán ahora.
Lo que ocurrió el 14 de agosto es un paso. Lo que Venezuela exige es una fecha concreta en el calendario para unas elecciones presidenciales libres, con observación internacional robusta, con el registro electoral depurado y con las inhabilitaciones levantadas.
El futuro no se hereda. Se construye. Ya es hora de dejar que el polvo de Comala se asiente.

